Hace unos días hablaba yo sobre las dos Españas y especulaba sobre cuáles eran las líneas de fractura más profundas entre los españoles. Vista la experiencia del pasado martes en TVE, con los ciudadanos tirando lamentablemente a la basura la oportunidad que tenían de interrogar al Presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero sobre cuestiones políticas de calado para emplear su oportunidad en el tan reciamente español recurso al “¿qué ha de lo mío?, no puedo sino reconocer que me equivoqué. Puestos a hacer el cabestro, todos quedaron más o menos igual de mal, los viejos y jóvenes, los hombres y las mujeres, los progres y los fachas, los letrados y los iletrados. Las únicas excepciones, confirmatorias del hecho de que hay una identidad española que nos une, las protagonizaron los extranjeros: la mujer sexualmente más interesante era una serbia, la sonrisa más ingenuamente sincera acompañada de una pregunta de fondo con una alegría que saltaba a la vista la hizo eso que ahora se llama un subsahariano y la expresión de preocupación más sincera por un colectivo distinto al suyo y que le puede hacer la competencia (los inmimgrantes sin papeles) la hizo un ucraniano que está en España de forma legal. Lo demás, en general, fue un espectáculo lamentable. Al menos, y a falta de que alguien analice desde su competencia profesional el asunto con una óptica más informada, a ojos de quien esto escribe, que asistió al espectáculo como mero ciudadano interesadísimo. Aprovecho desde aquí para solicitar a nuestro experto que se ponga a ello, joder, que estamos todos ansiosos.
Mientras tanto, empezaré por poner un poco a caldo a Rodríguez Zapatero, que a fin de cuentas es lo que distingue a una mente independiente y amueblada en este país. Para que no se diga. Y no enfilo también a Don Jesús de Polanco porque se me hace difícil en este contexto, pero conste que no es por falta de ganas. Con todo, no me parece que vaya a ser necesario porque con las yoyah que le van a caer, con toda justicia, a ZP creo que cubro el cupo de ejercicio de independencia.
No es difícil hacerlo hoy. Porque más acartonado y alejado de lo que un programa como el del otro día exige es difícil estar. Cuando un político se pone a responder a preguntas de 100 ciudadanos, ¡qué menos que les escuche y les responda! ¡O al menos que disimule un poco! Lo más sorprendente de las respuestas prefabricadas y llenas de generalidades y datos estadísticos con las que Rodríguez Zapatero martirizó a quienes preguntaban y a quienes veían el programa es que haya algún asesor que pueda de veras creer que sirven de algo. La gilipollez del precio del café (sobre la que estamos leyendo análisis sesudísimos) en realidad tiene su importancia porque de alguna forma es la cristalización de todo lo que demostró el Presidente: que su relación con la vida real y cotidiana se hace a través de discursos prefabricadísimos, dispuesto a soltarlos donde sea menester. Un formato que no sólo aconseja, sino que obliga a mostrarse cercano (y mostrarse cercano no es sólo hablar de tú a la gente) es demoledor para quien se parapeta en discursos autistas. ZP lo único que pretendía era “clavar” sus pildoritas, trabajosamente memorizadas, preparadas por su asesores y endilgadas sin anestesia a troche y moche en cuanto veía ocasión. Lo que mejor simbolizó el “diálogo”, por así llamarlo, entre ciudadanos y Presidente es el momento en que alguien en vez de preguntar se pone a hablar de su vida y sus problemas como autónomo. El presentador, inquieto, harto, le inquiere que cuál es la pregunta. Y ZP sale al quite, perplejo de que el presentador no lo comprenda. ¡Si la pregunta está clara!: autónomos. Como el tío habla de que es autónomo, obvio es para el modelo de respuestas planteadas por el Presidente que va a poder soltar su rollo preparado sobre autónomos.
Una persona con los problemas de expresión oral de Rodíguez Zapatero tendría que haber aprovechado más una versión de sí mismo más cercana y natural. Lo que han hecho minimiza daños, deben de pensar, pero es un rollo. Probablemente, de hecho, es uno de los problemas del formato, que fomenta esa actitud “defensiva” de los políticos, la mejor manera de evitar riesgos. Aunque esperemos que Mariano Rajoy aprenda de los errores de ZP y aproveche para mostrarse natural. Como su oratoria, por comparación, recuerda a la de Demóstenes (aunque en un estadio en que todavía le queda alguna piedra en la boca), a poco que aplique inteligencia y se sitúe en un plano más accesible y socarrón, puede dar una buena tunda, por comparación, al Presidente. Eso sí, siempre y cuando la prestación de Rodríguez Zapatero no haya sido suficiente para ahuyentar a una gran masa de espectadores de cara a la cita con el líder de la oposición.
El formato, la verdad, no ayuda. Los políticos aparecen acartonados y cohibidos. Sólo pueden responder en positivo a los ciudadanos. Es un poco como si se trasladara a la política el espectáculo de las teles locales y sus echadoras de cartas. Las respuestas son siempre del mismo tono. “Te veo muy bien”, “hay algunos problemillas pero los superarás con tesón, porque tú eres una luchadora, lo veo en el tres de oros”. La única alternativa viable para darle vidilla al formato es que el entrevistado sea alguien que ya no se juega los garbanzos ante el severísimo tribunal de la opinión pública. Yo, a los diez minutos, estaba echando de menos a Aznar. ¿Imaginan el juego que daría en un programa así, ahora que está de vuelta de todo y sólo preocupado por salvar lo que de decente queda en este mundo de la morisma, dando consejos de estilismo y abroncando a quienes le preguntaran?
Como de momento el programa lo tiene TVE (que, por cierto, manda cojones que para tener la idea de que unos ciudadanos pregunten a políticos haya que “comprar el formato” a una tele extranjera) y no la Fox tendremos que esperar. Pero no con demasiada confianza en que haya verdaderas posibilidades de mejora. Porque, en el fondo, y más allá del ridículo dialéctico protagonizado por el Presidente, la culpa de que la cosa fuera un peñazo la tienen, como decíamos desde el principio, los ciudadanos que preguntaron o quienes les dejaron hacer esas preguntas.
Señor Presidente, ¿qué hay de lo mío? Es que soy jubilado, ¿qué hay de las pagas, las van a subir? Es que soy autónomo, ¿me van a aumentar las prestaciones de la Seguridad Social? Es que soy minusválida, ¿me van a cuidar más? Es que soy de Melilla, ¿cómo me arreglan los viajes a la península? Es que cultivo remolacha, ¿cómo va a actuar para que sea rentable?
Hasta cierto punto uno entiende a Rodríguez Zapatero si el pasotismo y desinterés del que hacía gala era consecuencia de la reacción normal de cualquier persona sensata ante tal batería de preguntas: ¿Oiga, y a mí que me cuenta? Cultive otra cosa si las remolachas ya no son rentables, joder. Y el chaval de 19 años que quiere vivienda que se lo curre y trabaje. ¿Acaso se supone que el Jefe de Gobierno ha de prometerle una vivienda pagada por todos para ser un político como Dios manda? Pero, de verdad, ¿de qué estamos hablando?
Un Gobierno está para aplicar políticas generales y adoptar decisiones políticas sobre cómo asignar recursos de forma prioritaria sobre otras esferas y sobre cómo organizar la convivencia. Sobre dónde poner límites en beneficio de la colectividad y dónde reconocer derechos individuales y garantías de autodeterminación. Sobre dónde dejar que la sociedad y el mercado funcionen libremente y dónde, en cambio, intervenir públicamente con los costes de todo tipo que ello supone, porque entendemos que los beneficios son superiores o porque hay razones para hacerlo. Son cuestiones del suficiente calado como para exigir que se discuta sobre eso. Y no sobre una sucesión de temas concretos en los que el Presidente siempre va a decir que hay que hacer un gran esfuerzo y que cada vez haremos más, a pesar de lo mucho que ya hemos avanzado. Pues no. Las cosas no son así. Porque o se pone más pasta en un sitio o se pone en otro. Y habrá que explicar por qué se entienden unos ámbitos prioritarios sobre otros. Porque o se opta por dejar más ámbito a la libertad de mercado o se incrementan las intervenciones públicas. Y habrá que explicar los motivos y razonar el tipo de intervención.
Nada de eso se discutió en las dos horas de programa. Porque al presidente del Gobierno le daba igual pero, peor todavia, porque parecía que a la mayoría de los ciudadanos también. A cada uno de ellos le interesaba sólo lo suyo y punto. Con contadas excepciones. Que coincidieron, claro, con los momentos más interesantes del debate, con las pocas preguntas reales que se colaron en el programa y que, claro, ZP esquivó todo lo que pudo:
- ¿Cree el Presidente del Gobierno que es justo que la gente que vive aquí, con independencia de su nacionalidad, pueda elegir a quienes gobiernan dado que a fin de cuentas están tomando decisiones que también afectan a sus vidas?
- ¿Cree el Presidente del Gobierno que la Monarquía sigue teniendo sentido? Y más importante todavía, ¿cree el Presidente del Gobierno que es importante en estos momentos que los ciudadanos tenemos cierto derecho a poder expresarnos sobre el particular o, por el contrario, lo ve una cuestión menor?
- ¿Cree el Presidente de nuestro Gobierno que la lucha contra la pobreza y la exclusión haya de ser una proridad en nuestras sociedades que justifque el desvío de recursos a esos fines que se detraerán de otras políticas más centradas en la atención a las personas que están en situación diferente y, como consecuencia, sí contribuyen en mayor o menor medida a “sacar adelante” esta sociedad?
- ¿Cree el Presidente del Gobierno que Aznar ha de ser perseguido por crímenes contra la humanidad?
- ¿Cree el Presidente del Gobierno que para solucionar el problema del terrorismo vasco se ha de dar prioridad a la búsqueda del fin de la violencia futura sobre la justa retribución por sus delitos a los terroristas? ¿Por qué? ¿Con qué límites?
Las preguntas de este estilo, cuando surgieron, lo fueron casi de casualidad. Y Rodríguez Zapatero las ignoró de forma soberbia. Porque no se habló de política, en realidad, en el programita de marras. En una charla de café, al menos, eso sí suele hacerse. Pero es que esto no fue ni siquiera eso, fue una sucesión de agravios y problemas expuestos al Presidente que deja en muy mal lugar a una ciudadanía que sólo aprovecha la oportunidad de tenerlo delante para preguntarle “¿qué hay de lo mío?”. Es, la verdad, bastante patético.
Asqueroso, incluso, en algunos casos. Como cuando, en hasta tres ocasiones a cargo de distintas personas, la queja se completaba con alegatos en favor de la exclusión o preterición de los no nacionales en el disfrute de ciertos servicios o derechos que, según el sentir que allí se pulsaba, por lo visto, han de ser prioritariamente para españoles. Pero tampoco podemos cebarnos demasiado en el sentir ultraderechista latente en tales manifestaciones cuando el mismo Presidente del Gobierno, en varias ocasiones, realizó la habitual loa de la inmigración según impone la corrección política actual: a los inmigrantes conviene no maltratarlos demasiado, joder, que nos están pagando parte de la Seguridad Social y haciendo los trabajos más ingratos. Madre mía.
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Habrá que actualizar el grito de guerra, digo yo. Porque siempre me ha extrañado lo de “España Una y no Cincuenta y una”. ¿De dónde viene? No puede ser de cuando Javier de Burgos acomete la división provincial. Es cierto que en esa época teníamos 49 (y no 50) provincias (vamos, si no recuerdo mal, dado que inicialmente las Canarias conformaban una sola provincia), pero también teníamos parte de las Indias (todavía). Y nuestro raquítico Imperio norteafricano no se reducía a Ceuta y Melilla.
Puestos a hablar de divisiones en España, Ex-paña o los restos del naufragio Españaza-2000, mejor apelar a las 8.000 Españas de la lógica inherente al cantón independiente de Almodóvar de los Infantes (y eso, como mínimo, que siempre podemos ir más allá del municipio y declarar la identidad propia de parroquias y todo tipo de entidades locales menores), a las 52 que señalan las provincias más Ceuta y Melilla si nos atenemos a un indeseable cartesianismo aritmético o a las 16 Comunidades Autónomas + 1 regalito foral que nos legó el constituyente. Incluso, puestos a jugar, cabe la posibilidad de atender a las reclamaciones de las antiespañas varias, que persiguen dividir la cosa en Castilla y el entramado Galeuzca con el nefando apoyo de la Constitución española y Herrero de Miñón. Pero lo que no se sostiene es lo de “España una y no cincuenta y una”. O sí, ¿quién sabe? Nuestra magna y docta audiencia tiene ocasión de demostrar su enciclopédico saber con una exhibición de conocimiento sobre los orígenes de la simbología más freak del nacionalismo español: el gritito de marras. Ya puestos, si alguien sabe de dónde proviene la moda Ultra-Sur de sustituir al simpático e inofensivo pollo de la rojigualda por el toro de Osborne, más allá de las borracheras Erasmus al grito del “Asturias patria querida”, por favor, que se manifieste.
El caso es que, puestos a gritar algo así, mejor hacer un favor a las matemáticas de nuestro mapa provincial y pasar a eso de “España 2 (y no 52)”, que tiene la ventaja de invocar la eterna cuestión de las dos Españas. Ésas tan famosas que andan pegándose de hostias, se supone, por motivos futbolístico-patrióticos. O, en realidad, creemos, otras…
Porque las manifestaciones del PP, más allá de que estén más o menos amortizadas políticamente a estas alturas y de que copen la agenda de la mitad de los altos cargos de la nación (es lo que tiene vivir en el único país del mundo donde las manifestaciones las suelen montar desde las instituciones, que acaban ocupando mucho esfuerzo de las buenas gentes de bien que nos representan; otro daño colateral es que, claro, históricamente hemos sido malacostumbrados a cifras hinchadísimas de participación, dado que quienes mandaban y contaban solían ser los mismos que se manifestaban para brindar al sol con manzanilla, lo que ha acabado provocando el absurdo de que una manifestación con apenas un par de cientos de miles de personas sea considerada una cosilla de nada por todo el mundo, un fracaso en términos de movilización), sí son un termómetro fiable de la existencia de dos Españas netamente diferenciadas.
Hay una España que nació antes de 1960-1965-1970, más o menos, que está políticamente educada en las manifestaciones convocadas desde el poder político, en los dogmas de España… (”…una y no cincuenta y una”; “…Una, Grande, y Libre”; “…, España, España, ra, ra, ra”) y en el grato recuerdo que la política “Europa-años 30″ dejó en sus conciencias. Ya saben, masas movilizadas, un par de muertos de vez en cuando, partidos militarizados, agit-prop, buenos y malos… Me decía hoy un amigo que lo más alucinante de la política opositora del PP son las fuentes estéticas y estratégicas en que bebe, por anacrónicas. Tiene razón, pero es que, joder, no es el PP sólo: hay toda una España, enterita, que sigue instalada en eso. En la política de la movilización no para convencer o hacerse oír sino en la iteración de la misma para “demostrar la fuerza con que se cuenta”.
Para bien o para mal, esa España, tenga una sensibilidad-filiación-afición (o como queramos llamarlo) u otra, se encuentra encantada y comodísima con el chapapote de esta legislatura. Por eso, más allá de su efecto político, lo que está ocurriendo es interesante en términos sociológicos. Todos los medios de comunicación y señores y señoras respetables, incluyendo a quienes están en el Gobierno y en la oposición, son todavía hijos de esa cultura, tan extraña a lo que ocurre en el resto del mundo civilizado. Las manifestaciones de más de dos millones de personas en cualquier país europeo o en los Estados Unidos hace décadas que no se ven. En España tenemos una cada mes. Pero los medios de comunicación, los gabinetes de comunicación y de crisis de los partidos políticos, mis padres y probablemente los tuyos, se toman muy a pecho todo esto. Máxime cuando, joder, todos ellos creen ser conscientes de que en el envite nos jugamos, ni más ni menos, algo tan crucial como la propia esencia y definición de la patria y su dignidad. Quienes sonríen, alucinan o simplemente pasan cuando alguien muy alterado les menciona la dignidad de la patria es que son, para los parámetros en que se se mueve este discurso político, de otro planeta. O de otra España.
Por debajo del radar, por debajo de los 35-40 años de edad, circulan estos extraespañoles. Es la España que veía “Crónicas Marcianas” mientras la opinión publicada no entendía nada de lo que pasaba en el guirigay que se montaba allí. La de la LOGSE, tan vilipendiada por los abuelos entrañables que copan todas las tribunas públicas. La que no se entiende muy bien ni sabemos cómo es porque, entre otras razones, no hay manera dado que no tiene demasiada presencia. Pero la que, también, vive con un despego tremendo el espectáculo, para ellos tan lejano como un Kabarett berlinés. Por buena que sea la gresca montada por la vieja clase política. Estamos hablando de gente educada en otros cánones estéticos, de comunicación e, incluso, vamos a decirlo, morales.
La generación LOGSE coincide con la generación educada en democracia. Son niños a los que en el cole desde pequeñitos les han hablado de paz, de entendimiento, de derechos humanos, de solidaridad. Pasan un poco de todo, van a su bola, pero fruto de ese ¡impresentable adoctrinamiento! sus resortes son diferentes. Ya no saltan al grito de “España” ni temen a Dios, sino que se sobresaltan al grito de “injusticia” y les acojona que les cancelen las fiestas populares. Les mueve el rollo ecológico siempre y cuando no les suponga demasiados sacrificios, son consumistas y hedonistas, pero comparten un cierto sentimiento de desdramatización de la contienda política y de puesta en relieve de valores más globales como cosas importantes (pero sin agobiar, ¿eh?): el Tercer Mundo, la Liga de las Estrellas, bajarse series de televisión… Es una generación que no se compra el Interviú para hacerse pajas ni ve con buenos ojos a los fumadores. ¡¡Es otro mundo, joder!! Otra España. El otro día iba en el autobús y dos chavalas cedieron su asiento a dos abuelos más o menos inestables que antes de iniciar el trayecto habían escupido al suelo en clásico ademán. Mientras soltaban pestes, claro, sobre la juventud de hoy en día. Tan ignorantes, tan maleducados. Y es normal, no saben de qué va la historia, no es fácil entender a esa otra España cuando se ha vivido 70 años en el reducto espiritual que constituía la otra. Estamos hablando de gente que programa sus vacaciones con antelación y que no es capaz de decir el nombre de un solo matador de toros. Así de rápido y de profundamente ha cambiado el país.
En parte la poca visibilidad del cambio tiene que ver con el problema de que mucha de esta gente no vota. Ya se sabe, por debajo de 18 años no se tiene derecho. Y de los 18 a los 30 se “pasa” bastante del asunto. Un marxista diría que es una reacción crítica contra la democracia burguesa y sus sesgos. La nueva España no sabe qué es eso del marxismo, sólo que le “molaría” que se quedaran escaños vacíos que correspondieran a los votos en blanco. Porque sería divertido ver todos esos bancos vacíos. Pero en realidad no tiene sentido hablar de esta realidad como un “problema”. Ya llegará el momento en que, por huevos, la política reflejará la España que llega con más nitidez. Es inevitable. Mientras tanto, eso sí, esa España, cada vez más importante, cada vez más prominente socialmente, está infrarrepresentada políticamente y sólo aparece de vez en cuando, intuida, en monstruosas deformaciones como Leyre Pajín, por poner un ejemplo que realmente asusta. Y, joder, se entiende que así sea. Pero tampoco es grave. Es ley de vida. Y pasar inadvertido, no ser atendido, tiene sus beneficios. A cambio de eso, pues se tiene la ventaja de no poder ser localizado en ni siquiera un mísero plano de las manifas rituales de esta legislatura. Eso que tienen ganado los chavales de esa generación, con la excepción hecha de las comunidades cristianas de base y espacios adyacentes (pero es que la fe religiosa no ha sido desde hace unos 1700 años aliada de la transformación social, la verdad, de forma que no estamos ante ninguna anomalía demasiado notable).
Ocurre, también, que es mejor que nos vayamos acostumbrando a esa otra España. Porque la biología es muy perra y los abuelos la van palmando. Gracias a la pasta que los jóvenes inyectan en el sistema de salud cada vez más tarde, sí. Y esos abuelos votan y provocan lo que provocan: que ningún partido se atreva a hablar en serio de pensiones, por ejemplo. Dice la teoría que es que “están más capacitados para votar que un chaval de 16 años”. Y un cuerno. No sólo yo a esa edad, que también (de hecho, vivía mucho más informado que ahora), sino que la mayoría de los chavales de esa edad saben más de cómo están las cosas que cualquier jubilado y tienen un interés menos sesgado y más orientado a largo plazo en la manera en que han de determinarse los asuntos públicos. Por no hablar del hecho de que en este país se vota sólo a partir de los 18 años apelando a razones de “capacidad” pero no se conoce el caso de que a nadie se le inhabilite por una manifiesta “incapacidad” como consecuencia, por ejemplo, del Alzheimer. Y ahí tenemos elección tras elección los espectáculos que tenemos en las residencias de ancianitos. Pero vamos, el caso es que la infrarrepresentación política de esa España tiene no sólo una explicación socio-cultural, sino también institucional.
No obstante lo cual, a medida que las horas avanzan, también se aclaran. Bastaba ver la manifestación del domingo para, de entre los dos millones y medio, constatar cuán pocos menores de 30 años había (sin contar a los niños llevados a hombros o en carrito por sus padres, claro). Como el debate en España en estos momentos ha dejado de ser ideológico y se conduce por otros caminos está dejando espacio para que aparezcan fracturas mucho más curiosas e interesantes. Y una, cada vez más evidente, es la que divide a las dos Españas que de verdad hay ahora sobre la mesa: la de la generación que tuvo ocasión de comprarse un piso y en su madurez se puso a acapararlos y a invertir en ellos y la de los que viven la mera posibilidad de alcanzar algo así (unos metrillos cuadrados para vivir a su bola) como un sueño casi irrealizable en parte, precisamente, como consecuencia de la tendencia a acumular capital inmobiliario de sus mayores.
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Con la algarabía que hay organizada en España ya no sabe uno muy bien si hay motivos de peso para que se monte la que se está montando. Pero, la verdad, no importa demasiado que los haya o no, llegados a cierto punto. Porque, constatado que sí, que efectivamente está liada (y gorda) tampoco puede ser uno tan prepotente como para mirárselo desde lejos y pensar que los niños, ¡criaturitas!, llevan unos días algo más revoltosos de lo normal. A la vez, eso sí, los más entusiastas de la descripción del insondable precipicio al borde del cual estamos han de reconocer, por su parte, que la cosa sigue sin precipitarse. Es una verdadera jodienda esto de llevar tres años sorteando calamidades sin igual, una tras otra, y que no se hunda el país de una vez. Cuestión de potra, suponemos.
Pero, haciendo recuento, lo que nadie puede negar es que desde que Rodríguez Zapatero robó la Presidencia del Gobierno a quien correspondía se han sucedido los dramas de dimensiones sin igual en la Historia de España. Cada uno de ellos ha sido lo más de lo más y anticipaba un desastre de proporciones cósmicas, ya sea el mero robo de las elecciones de la mano de la ETA, la OPA a Endesa para que se la queden los amigos de la ETA, el nuevo modelo de Estado para que los amiguitos de la ETA puedan cargarse España o la reciente política de beneficios penitenciarios por los servicios prestados a las buenas gentes de bien de la ETA. Andamos todos por ellos, a estas alturas, un tanto cansados. Es como las películas de miedo que abusan del mismo tipo de susto demasiadas veces. Puedes seguir sobresaltándote, y mucho, pero tienes unas ganas de que se acabe la película, de perder de vista a los personajes y de soltarle un buen par de yoyah al guionista que pá qué. Lo peor de la reacción del PP tras haber perdido las elecciones ya no es, a estas alturas, su respuesta crispada, rememorando la estrategia del nefando trienio 93-96. No. Lo peor es que es un soberano coñazo.
No obstante lo interesante que podría ser divagar sobre esta cuestión o detenernos en cualquiera de los recovecos traumáticos producto de la sucesión de escándalos, encontronazos y llamadas a rebato para salvar a la Patria herida de muerte, conviene empezar a plantearse hasta qué punto el Gobierno e incluso su Presidente tienen algo de culpa en todo esto. E, incluso, si todo este asunto, más allá de ser aburridísimo, es en sí mismo malo. Leyendo hace un par de días la prensa alemana conservadora (como me dijo un amigo con cierta mala leche en una ocasión, lo que mejor llamar simplemente, por abreviar, “la prensa alemana”) me he encontrado con un resumen supuestamente desapasionado y revelador. Sostiene la FAZ algo así como que la polarización actual es buena prueba de que las concesiones realizadas no han logrado una total estabilización de España. El repaso que hacen a los últimos episodios de la contienda sangrienta que se desarrolla entre nuestros dos grandes partidos está realizado más con perplejidad que otra cosa. Desde fuera, estos señores conservadores y respetabilísimos no entienden nada. Muy especialmente, se les nota incapaces de entender qué pueda estar pasando para que lo que sí funcionaba hace décadas, lo que sí funcionó durante la transición, de repente ya no haya manera de volver a ponerlo en marcha: a saber, que ante ciertos riesgos (y más todavía si se percibe que son, como poco, de una mínima entidad), “la gente de orden” abandone una y otra trinchera para, arremangados en común, poner las cosas en su sitio entre todos. Y entiéndase todos, por Dios, en su justa medida. Esto es, excluyendo a ciertas minorías étnicas o políticas peligrosísimas como se pongan en plan extremista o, simplemente, salvajemente demócrata.
Esta alucinante, vista desde fuera y por la gente de bien, ausencia de capacidad de entendimiento para meter en vereda a ciertas personas y ciertas ideas, puede responder (y así lo aseguran desde la izquierda institucional de toda la vida) a que en el PP se han vuelto locos y, cegados por la pérdida del poder, animados por la creencia de que gobernar España les corresponde por derecho divino (derecho convalidado, por lo demás, por siglos de Historia), no están dispuestos a ceder ni un ápice hasta que no recuperen lo que es suyo. No están dispuestos a tomar rehenes por el camino ni a llorar por los daños que pueda causar la Reconquista. Quizá puedan verse así las cosas, y no es nuestra intención ponernos demasiado impertinentes con las viejas glorias del grupo PRISA ni ser tocapelotas, con lo que lo dejamos apuntado. Sin embargo, es posible también analizar la reacción partiendo de la base de la racionalidad del comportamiento popular. Es decir, entendiendo como sensato e inteligente para sus intereses esta búsqueda de la confrontación y ruptura. Actitud que, para que tenga sentido, ha de constituir no otra cosa que la inevitable reacción a la previa ruptura que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha evidenciado respecto del más importante consenso nacido en nuestro país en tiempos de la transición: la idea de que, a la hora de ceñir en corto a peligrosos extremistas, nacionalistas y demócratas descontrolados, marcharíamos todos juntos por la senda del realismo. Las “concesiones” de las que se habla desde fuera, que tan buen resultado dieron durante décadas, permitiendo un espacio de consenso entre los dos grandes partidos y la estable e inocua visión de la acción pública que, ambos, compartían. Estas “concesiones” suponían ciertas renuncias: a avanzar en algunas direcciones, a criticar ciertas posturas (políticas de Estado, se las suele llamar), a debatir democráticamente sobre asuntos centrales, a mirar al pasado y pedir responsabilidades y justicia…
Si el Gobierno de Rodríguez Zapatero está dispuesto a dejar de hacer esas concesiones, si está contaminado por una nueva generación y una nueva visión de cómo ha de hacerse política en España, es indudable que el partido Popular ha de reaccionar como lo está haciendo. Ante la ruptura del tácito (o más bien explícito, ¿quién sabe?) pacto de “gobernabilidad” a cambio de cesiones y concesiones por parte de uno de los dos grandes actores del mismo, ¿por qué ha de estar el otro sometido al mismo? Si de veras el PSOE ha virado y ha iniciado, aunque sea tímidamente, un cambio generacional, llevándole a plantear alternativas políticas no tan pegadas al consenso en torno a las realidades de El Príncipe que hasta la fecha han dominado la escena pública en España, ¿es en el fondo criticable que el PP haga lo propio?
La cuestión es hasta qué punto estamos o no en esa situación. Hasta qué punto, de verdad, el actual Gobierno ha sustituido, por ejemplo en política antiterrorista, los viejos modos. Que, resumidamente, consistían en actuar cara a la galería, cara a la población, haciendo apelaciones a las gónadas y combinando en las bambalinas cosas espeluznantes cuando se entendía que tocaba, que convenía, con la existencia de permanentes canales de diálogo. Acciones todas ellas apoyadas por la oposición. Si de repente la izquierda española se pone sensible y empieza a actuar con principios y rollos sobre el Estado de Derecho (en plan ideológico, lo que desde la derecha llamaríamos “ensoñaciones faltas de realismo”) y eso no es sólo una manifestación de cara a la galería con la pretensión de diferenciar su marca sino que va en serio, la derecha tiene todo el derecho a abandonar el pacto de toda la vida y lanzarse, a su vez, a marcar sus posiciones desde una perspectiva puramente ideológica. Defendiendo, a su vez, principios. Que, por su parte, son tratados como majaderías ultraderechistas desde la orilla contraria.
Que la lucha antiterrorista, o la política exterior, o la política territorial sean objeto de debate político, de discusión pública, de enfrentamiento a partir de posicionamientos ideológicos, de clase o futboleros, no es algo malo. Lejos de compartir lo que piensan los señores de la FAZ, que se llevan las manos a la cabeza al asistir a una ensalada de yoyah como la que tenemos montada en España a cuenta de asuntos serios, no creemos que la discusión política haya de quedar restringida a las cosas poco importantes mientras que lo trascendente lo apañamos con un paripé público más o menos logrado que oculte un funcionamiento más o menos pactado y consensuado a partir de dinámicas que perpetúan la manera de obrar de los viejos intereses que dominan el cotarro.
Si la opción del PP en política antiterrorista es la vía testosterónica, como hoy mismo demostraba su portavoz en el Senado en debate con el Presidente del Gobierno (línea argumental que se resume en dar vueltas a la denuncia de que Bambi no tiene cojones, que no tiene huevos, que se hace caquita cuando los de la ETA le amenazan), ¿acaso es malo que se manifieste así y que lo haga con virulencia? ¡Qué menos en una democracia que poder visualizar ese tipo de conflictos! ¡Qué menos que aspirar a que las discusiones se centren en la forma en que es más correcto adoptar las políticas más importantes para orientar la vida en común!
Sin embargo, esta nueva dinámica no acaba de ser entendida en España. Y no es culpa del PP sino del Gobierno. Porque el PP reacciona porque sabe, o cree saber, que ZP y sus secuaces han abandonado esas concesiones al posibilismo que se les reclaman desde tantos foros. Y que lo han hecho para siempre. Responden en consecuencia. Algo que sería perfectamente entendible si todos tuviéramos tan claro que lo que está haciendo el Gobierno es precisamente eso. Ocurre, no obstante, que ni los que lo podríamos ver bien ni los que lo podríamos ver fatal (a mí me pasa que según me levante con el traje de creyente en la democracia y el debate público o con el vestido de la lógica del Estado y de la necesidad de que las cosas se hagan “bien”, por encima de todo, pues me parecería bien o mal, aunque espero que en general me pareciera bien) tenemos todavía claro que Rodríguez Zapatero y su gobierno estén en esa línea. Dan la impresión de sí, de creérsela, de vivir con esos nuevos ideales, de provenir de la peligrosísima educación en democracia y libertad de quienes fueron a clase en los setenta y en los ochenta, de tener muy claro que sin atajos y recto y democráticamente y por Derecho se pueden conseguir las cosas. Y conseguirlas bien. Pero dan también la impresión de luego, a la hora de la verdad, no ser capaces de despojarse de la lógica cínica y pragmática, de gato negro o blanco cazador de ratones, que asegura victorias a corto plazo. Y, claro, en este batiburrillo, como ejemplifica el follón a cuenta de la ETA y especialmente del preso De Juana Chaos, dan la sensación de medio creer con fuerza en una opción no testosterónica sino más bien angélica (aplicar la ley, buscar la reinserción, hablar, negociar, poner la otra mejilla extremar las garantías y el respeto a los derechos de todos…) para luego bajarse del caballo a mitad del río y subirse al consenso tradicional, consistente en no contrariar a la opinión pública, al menos puertas para fuera, en el teatrillo montado pidiendo sangre y venganza. Con el consiguiente follón. Porque entonces no se les entiende muy bien. Y buscan defenderse a la vez desde ambas trincheras, la de los principios y la del descarnado realismo. No es posible conciliar algo así y, además, no se puede aspirar a que se comprenda.
La ventaja es que, gracias a que los primeros que no lo entienden son los del PP, estamos asistiendo por fin a la forma en que un debate sobre política antiterrorista se ha de desarrollar en una sociedad democrática. Llegan unos y te dicen qué creen que hay que hacer (hablar, tratar de resolverlo con alguna concesión aquí y algún beneficio penitenciario allá, con tal de que cesen los asesinatos y por mucho que eso suponga tragarse la rabia y parcelas de dignidad frente a los que han matado y torturado), llegan los otros y te dicen qué es mejor a su juicio (poner los huevos encima de la mesa y demostrar a ETA que vamos contra ellos con todo, así nos dejemos el Estado de Derecho hecho jirones). Parece mucho mejor esto que tener un supuesto consenso de mínimos asumible por ambos bandos (vendemos unos principios que defendemos públicamente y que luego podemos selectivamente olvidar, en parte gracias a que nos ponemos más o menos de acuerdo para hacerlo, hoy por ti, mañana por mí). Tocará a la ciudadanía, en breve además, elegir qué vía prefiere.

