La ceremonia de entrega de los Oscars genera una serie de actitudes y comportamientos esquizofrénicos a los que uno no sabe muy bien cómo enfrentarse. Porque la relación que se establece desde Europa con esta entrega de premios resulta ya digna de estudio: todos la critican pero todos quieren ganar el premio. Son tan contandísimas las excepciones de cineastas, de aquí y de allí, que desprecian el galardón (Woody Allen y algún perdido cineasta croata-coreano) que apenas merecen comentario. El resto, están todos ahí, más plantados que un pino: Scorsese, Eastwood, etc. Nunca falta ni uno y todos los que en Hollywood han sido acuden cuales flechas, que son conscientes de que les va el empleo en ello.
Porque los Oscar, para qué vamos a negarlo, tienen glamour. Uno ve la ceremonia y no puede evitar alguna lagrimita cuando la compara con los Goya. Porque en los Oscar podemos ver a Clint Eastwood traduciendo del italiano lo que dice un emocionado Ennio Morricone al recibir un premio honorífico; en España, el escenario lo ocupan Isabel Coixet y los más insignes protagonistas de “Aquí no hay quien viva”. Los americanos serán lo que sean, pero saben darle presencia a lo que oganizan.
Incluso, y vayamos ya al grano, cuando la fiesta de premios es tan aburrida como la de este año. Un auténtico coñazo que prueba que la administración Bush está de capa caída. Ya no se ha levantado tanta expectación como en las ediciones de los últimos años: no se ha hablado de la seguridad en el desfile de la alfombra roja, ni de la necesidad de ofrecer las imágenes con retraso, ni de practicar la censura, ni se ha utilizado como excusa el 11 de septiembre para controlar al rojerío hollywoodiense. Nada de nada. El interés ha vuelto a si ganaba ésta o la otra película, o al vestido que llevaría la actriz de turno. Todo vuelve a la normalidad, a los aburridos tiempos de Clinton, en que la ceremonia de los Oscar era nada más y nada menos que una fiesta de las estrellas del cine.
Pero es que la prueba de que se acaban los tiempos para el partido republicano en la Casa Blanca estaba en la misma gala, que ha contado con un personaje de excepción: Al Gore. El ex-vicepresidente no sólo ha ganado el premio al mejor documental por su película Una verdad incómoda (en la que culpa a su pueblo de no haberle elegido a él y de haberse perdido al presidente más chachi piruli de la historia), sino que ha sido una hábil estrella de la noche: bromeando con Leonardo DiCaprio en el escenario sobre si presentarse o no a la presidencia, y soltando discursitos sobre los mensajes positivos de su película. Ahora resultará que Al Gore es una persona concienciada con la libre creación artística. Lo que hay que ver.
Con permiso de Pene (que no ha ganado el Oscar), la ceremonia será recordada por el premio a Scorsese, que ya se lo merecía el chaval. Su excelente película Infiltrados le ha dado el premio tan deseado y, por fin, todo el mundo ha respirado tranquilo: Scorsese no pasará a la lista de grandes directores sin Oscar (como Hitchcock). Premios, por otra parte, de carácter técnico a El laberinto del fauno y el galardón al mejor actor (por si a alguien aún le cabe alguna duda de la inminente vuelta de los demócratas al gobierno) a un negro: Forest Whitaker, que lo borda en El último rey de Escocia.
Han quedado, además, dos mensajes muy claros: que Eastwood ya se ha llevado bastantes premios (lo cual es justo, no lo va a acaparar todo él), con lo que no ha habido nada para Cartas desde Iwo Jima, y que González Iñárritu se lo tiene que currar aún más si quiere ser un yanqui con todos los derechos: va bien encaminado con ese panfleto racista y fascistoide llamado Babel, pero todavía quedan años por delante, y la tarjeta verde no se le da a un mexicano así como así. Porque seremos demócratas, dicen en la Academia, pero no tontos.
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El presidente de la República francesa, Jacques Chirac, acaba de pinchar el hermoso globo del orgullo español con un machete dentado propio del Vietcong y las mesitas de noche de cientos de miles de ciudadanos norteamericanos. Este caballero galo de expresión bobalicona y que, junto a Gerhard Schröder daba una imagen de putrefacción y decadencia europeas que ni los gerontócratas soviéticos metiéndole la lengua hasta la garganta a Honecker, este sujeto ha dicho lo siguiente: “No tengo ninguna admiración por esas hordas que llegaron a América para destruirla, además, no fue Colón quien descubrió América, sino los vikingos ¡y cinco siglos antes!”
Y sí, efectivamente, se está refiriendo a nosotros. Vamos a ver, no es que el descubrimiento de América lo tengamos a gala en este país como si fuera la quintaesencia del ingenio. Tampoco lo desconsideramos, en un gesto de modestia y generosidad sin límites, como otros inventos españoles de gran relevancia: el helicóptero, el submarino, la fregona o el chupachups. Honra que fueran pendones castellanos los que constatasen la buena nueva al mundo entero: la Tierra es redonda. Pero tampoco es para tanto.
La realidad es que los españoles no éramos más listos que los demás. No mirábamos de soslayo al horizonte y, rascándonos la tripa, murmurábamos entre dientes: joder, hostia, para mi que esto es redondo. Tuvo que ser un genovés el que estuviera convencido de ello, lo necesario como para querer montar una expedición y comprobarlo. El tío, Cristobal Colón es su nombre, dijo allí en Italia que si le seguía alguien a buscar una nueva ruta para las Indias y le contestaron: ma io no tengo auto, señorinna, ma puedo beberme el capuchinno derramándolo en su chocho. A lo que Colón replicó que no, que él iba con esos pelos y esas pintas, pero que se trataba de un varón. Y se vino a España. Aquí la cosa le resultó mucho más fácil. Entró en un bar, invitó a una ronda y dijo: A que no hay cojones de ir en barco a los confines del Universo donde un abismo aloja a criaturas y alimañas abominables. ¿Que no hay cojones? -contestó un tal Pinzón dándose puñetazos en el pecho desnudo. ¡Me cago en tol´copetín! -irrumpió también su hermano manotazo en barra. Y ya está, así se fraguó el Descubrimiento. No es algo de lo que se pueda presumir mucho en este país. Chirac, aquí ocurre todos los días y genera miles de muertos. Pero aunque no sea nuestro máximo orgullo, tampoco nos toques la pirola.
A continuación, no contento con ello, el presidente francés, que concluye su mandato, sigue con sus memorias acuñando la siguiente joya digna de un orfebre maestro: “los vikingos, a diferencia de las expediciones europeas posteriores, no montaron tanto lío y tuvieron la elegancia de destruirse ellos mismos”. Con lo que se colige que al mandatario gabacho le corre el coñac por las venas como en las mejores galas. A continuación, confiesa que eliminó París de los festejos de 1992 cuando era alcalde de ese poblacho y Nuestro Amado Líder, Juan Carlos I de Borbón, Rey de las Comunidades Autónomas Subpirenáicas Soviéticas, le mandó una carta: “Me he quedado estupefacto al saber que has decidido que París se abstenga de participar en los festejos”. Que en jerga diplomática quiere decir: “Eres tonto del haba”. ¿Y qué le va a decir? ¿Se puede ser más francés?
Después de darnos por saco a nosotros, arremete con los americanos, que son los siguientes en la cola dignos de su más profundo desprecio, no obstante, con la muerte de millones de jóvenes ganaron por ellos dos guerras contra el pueblo alemán para que ahora, simplemente, existan. “Me cuesta soportar la hegemonía de firmas como Coca-Cola y tengo sin cesar un problema cultural con los americanos, siempre proclives a imponer sus puntos de vista”. Finalmente, se confiesa coleccionista de cestitas y demás porquerías que venden los pueblos indígenas en las tiendas caras de París, para soltar, sobre su propio país en referencia a África: “luego de haber robado su cultura, hemos robado sus recursos y sus materias primas valiéndonos de la mano de obra local”. Mira, qué cosas, hasta un francés es incapaz de mentir tres veces seguidas. Esto es verdad. Puede que no tenga el corazón tan negro, al menos no tan negro como su hígado, que con estos niveles de alcoholemia, debe ser hincha del Sporting de Gijón.
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“Socialmente hay que tener en cuenta una cosa y es que las masas no se pueden cambiar. Ahora son las mismas que en tiempos de los romanos. Alguien puede salir de la masa, pero esto no cambia nada: las masas son siempre masas”.
D. H. Lawrence
En las zonas de España recónditas y miserables, páramos sedientos y agujerillos entre roquedales enhiestos, es decir, todas las que no son Madrid, la existencia de la villa carpetana del valle de Butarque conocida como Alcorcón, es célebre gracias a la publicidad que supuso para la localidad el llamado “Crimen de Costa Polvoranca”, una pelea tabernaria que concluyó con el asesinato a puñaladas de un chaval angoleño de dieciséis años.
Pocos años después, de nuevo Alcorcón irrumpe en noticiarios nacionales para helarle el corazón a los españolitos que vienen al mundo. Quinientos jóvenes, algunos ataviados con pasamontañas, se concentraron frente al Centro Joven de Alcorcón para, lanzándole ladrillos y mecheros a la policía, protestar por la violencia gratuita que asola el municipio. La violencia de los sudamericanos del averno, los malos del Double Dragon: las bandas de Ñetas y Latin Kings.
Nuestra Patria, como siempre, era Una. Idílica, modélica, ejemplar, aquí sólo había una banda. Algo parecido a los Ñetas: Los Giñetas. La juventud giñeta, como un sólo hígado, armada con pastillas, calimocho, speed y cocaína los pudientes, mantenía y aseguraba la paz. Si los Veinticinco Años de Paz de Franco fueron denominados “La Paz de los muertos”, ahora estaríamos hablando de “La Paz de los castaña”. Un mar de calma, sosiego y bienestar. Pero claro, vinieron otros, los de fuera, y se estropeó todo.
Según un informe encargado por el Ayuntamiento de Alcorcón en diciembre de 2005 a la empresa Investigación y Desarrollo Sociocomunitario, “Estudio de la violencia en la calle asociada a la actividad de bandas juveniles”, sólo en esta localidad se constataba la presencia de las siguientes bandas violentas: “Ñetas”, “Latin Kings”, Skinheads de un lado, Skinheads del otro, una cosa presuntamente rapera -me imagino-, “LMC”, los consabidos “bakalas”, otros que son todos iguales y no merece la pena ni buscar un calificativo, los “marroquíes” y un engendro muy simpático que denomina “La banda del chupete”. Además, enumera otros grupos que si bien aún no percuten maxilares con profusión, están trabajandou en ellou para emular a los anteriores, se trata de, al loro: “Dominican Don’t Play (DDP)”, que querrá decir que los dominicanos no se andan con hostias, los “Blancos y Negros del Nrox (toles)” que suena como Los Nihilistas de El Gran Lebowski, los “Black and White”, quizá asiduos a la popular discoteca de Chueca -violencia gay, doblemente cruel- y los “Africorcón”, redactores del Marca muy probablemente. En Valencia la cosa también se torna peliculera, allí, además de los típicos y ya nombrados, cuentan con: los “Bola 8”, los “Panteras Negras” y los “Danger Boys”. Todo esto según la prensa. Aunque no sería de extrañar que fuese una información de chufla, puesto que si el segundo periódico de España tiene por fuentes de Nacional, Opinión y Editorial a traficantes de jamaro, que estos datos se los haya facilitado a Las Provincias Ángel Cristo en pleno ataque de esquizofrenia paranoide tras ingerir un bote de colonia, estaría dentro de las fronteras que marca el código deontológico periodístico de este país.
El tema de la violencia adolescente ya fue tratado en esta página, a todo color, en un ladrillo que ponte tú a copiarlo a mano majo, aquí. El tema de los inmigrantes, el racismo y la conveniencia o no de otros partidos de extrema derecha en hemiciclo, por el contrario, no.
Apadrina un sociólogo
Hay cosas en este mundo que están ahí y no podemos hacer como que no las vemos. Ignorar los problemas por abulia o desinterés no hace sino enquistarlos y desestructurar la sociedad. Se trata de los sociólogos. Por el amor de Dios, que alguien haga algo. Los que no están en Recursos Humanos mirándole los dientes a tíos con tres carreras, cuatro idiomas y el carné de conducir XY, de motocarros a F-18, nos los encontramos en los medios de comunicación y asociaciones de pajeros divagando y pontificando, que no opinando, sobre lo humano y lo divino.
De todas las perlas que han ido apareciendo estos días, la más sonada es ésta: “Creemos que tanto la inmigración como los incidentes entre jóvenes de la clase obrera son producto de un sistema económico y político basado en la explotación y en la competencia individualista, en vez de la solidaridad y el apoyo mutuo”. Firmado: Asamblea de Alcorcón por la Convivencia Pacífica y Contra el Racismo. Resulta hasta entrañable.
Algunos “expertos” sugerían que la inmigración en España, al no haber sido gradual durante décadas, sino un fenómeno de lustro y medio, había impedido que los recién llegados se integrasen. Lo gracioso es que eso mismo hasta ahora había servido a otros “expertos” para argumentar por qué en España no sucedía lo de la quema de coches de Francia. También se hacía referencia a la cultura sudamericana como prima hermana de la española y que por eso nuestro país es un crisol de idiosincrasias pacífico y sin igual. El caso es que unos chandalistas tiran cuatro piedras y ahora hemos de asistir atónitos a que los sociólogos nos digan que en realidad aquí no se integra nadie, que la cosa está fatal.
Yo no soy racista, pero me dan asco los moros
No hay más que ver quién es el patrón de este país para deducir rápidamente que los nobles ciudadanos del norte de África dan repelús e inquietud a partes iguales por estos pagos. En personas de avanzada edad puede resultar chocante un matrimonio mixto de la hijísima con un negro, chino, sudamericano o ruso, pero con “un moro”… mal asunto. Hay un menosprecio hacia esta gente que data de generaciones ¿es racismo? Sí, pero en un país donde la tonalidad de los naturales de Barbate es más oscura que la de muchos marroquíes, no es una cuestión de color más que de choque de culturas. Del mismo modo, hemos convivido desde tiempos inmemoriales con la etnia calé: los gitanos. Y generalmente ha sido en armonía, ellos en su casa, los payos en la suya, Dios en la de todos y la Guardia Civil, eso sí, merodeando por donde los gitanos.
Tampoco se puede llegar y decir que los españoles étnicos que viven pared con pared con tres familias de panchitos embutidos en un apartamento de veinticinco metros cuadrados violándose y asesinándose en permutaciones de treinta y cuatro elementos tomados de dos en dos, no sean racistas. Lo son, pero lo mismo que lo sería Ghandi en su misma situación. Por lo que se puede afirmar que en España, salvo casos puntuales, por lo general los inmigrantes se tienen que enfrentar a problemas de acceso a la vivienda en alquiler y similares, más fruto de la desconfianza de un fenómeno novedoso que de la superioridad de la Raza Ibérica y su Führer, José Luís Rodríguez Zapatero (no se ría).
Los españoles somos o mu listos mu listos o muy llorones. El listo es aquél que va por la cuneta a ciento veinte en un atasco porque los demás parecen gilipollas ahí como borreguitos en el embotellamiento. El llorón, por el contrario, sufre una existencia miserable por culpa de la pesada losa que suponen los malos tratos a los que le someten o los vascos, o los catalanes, o Madrit. De este modo, la inmigración como fenómeno, al listo le sirve para explotar y aprovecharse de la situación precaria de estas gentes y al llorón, pues para mantener un poco de conversación intrascendente con un vecino en el ascensor: hace más calor que el año pasado, pero la semana que viene refrescará, el otro día un inmigrante le comió el corazón a una ancianita en mitad de la Gran Vía, y nadie hizo nada, adónde vamos a ir a parar, cómo son, además el inmigrante tenía el número del Carod Rovira en la agenda del móvil, ahora me lo explico todo, ya lo decía yo, yo ya lo decía eso, no si… eso ya lo decía yo. Y no hay más cera que la que arde.
¡Han sido los Warriors!
Sin embargo, todos estos penosos acontecimientos han llamado la atención de los medios de comunicación y de grandes personalidades de nuestro tiempo. Uno de los máximos referentes del pensamiento occidental, diástole de la razón, sístole de la literatura, pulso de la Cultura Universal en definitiva, Lucía Etxebarría, mujer que entre dos globos feroces cobija su cabeza dando voces, se ha hecho eco en su blog del particular, y está indignada por lo racistas que nos hemos vuelto todos, lo que hace que el asunto sea aún más inquietante.
La semana pasada aparecía en Telemadrid la teniente de alcalde de Alcorcón diciendo: esto es pan, esto es vino, y la culpa de todo este follón la tiene la prensa, no el racismo. A lo que, acto seguido, tras el corte, una de las figuras más doctas e ilustradas de nuestra era, Curry Valenzuela, replicaba gruñendo que si había noticia, la prensa tenía que ir, y si podía haberla, también. Por otra parte, un diario de altura, donde cada línea redactada es objeto de reflexión durante meses por los cerebros de la Nasa y el Pentágono, una publicación que cada día cambia el destino de millones de seres humanos, que influye en las decisiones de Putin, Bush, Chirac y hasta Kim Jong-il, el diario gratuito ¡Qué!, tituló en portada a cinco columnas, textualmente: “En Alcorcón sí hay bandas ¡y la van a armar!”. Todos estos factores confluyeron y los reporteros se personaron en las canchas deportivas alcorconeras para grabar qué hacían los jóvenes, que como todos los días, estaban ahí sentados, fumándose sus porritos.
En esta tesitura, al ver que les grababan en condición de “pandilleros peligrosos”, pues como es lógico, rompieron a gritar, destrozando el mobiliario: “¡Han matado a Cyrus! ¡Han sido los Warriors! ¡Te voy a meter el bate por el culo para que parezcas un helado!”. Una paranoia tan tamaño guateque como surrealista fue el motivo original de estas algaradas: una reyerta entre sudamericanos que tuvo como daño colateral cinco navajazos a un pobre hombre que estaba ahí sentado tranquilamente ¿Fueron los Latin Kings? Demasiado tentador para que, entre banco y banco de parque público, entre corrillo y corrillo, entre porrillo y litrillo, la historia original no se deformara lo suficiente como para dar lugar a la revuelta de risueños chandalistas. Básicamente por una razón, a los Latin Kings también se les ha paseado a base de bien por los medios, derecho que se han ganado dándose puñaladas en el corazón entre ellos, todo hay que decirlo. El sueño de la razón produce monstruos, decía Goya –interpretado el célebre grabado como que si no riges, te imaginas y crees chorradas, al contrario de lo que se lee por ahí- y los medios de comunicación actuales, en éste y un sinfín de aspectos más, lo que producen son cíclopes de siete cabezas con tres pollas detrás de cada oreja de las que emana una babilla para poderse desplazar por medio de las ventosas que salen de sus cuatro culos, defecando, si es preciso, por los pezones.
Mas en esta vida no todo son desgracias y el final de esta hermosa historia es un happy end a la americana. Las cámaras grababan a los jóvenes alcorconeros. A priori, solamente mocedad a un chándal pegada, que no es ágrafa por cuatro letras, los dos pares que pintan por todo el mobiliario público despreciando el refranero cuando coinciden “tonto” y “tiza”. Aunque, por obra de la prensa, pandilleros peligrosos, racistas armados hasta los dientes, perros de presa sedientos de sangre. Pero a la que iba a ser la madre de todas las batallas le faltó un pequeño ingrediente imprescindible: la realidad. Ahí no había Latin Kings. ¿Existían en ese barrio? De haberlos, lo cierto es que no comparecieron. De modo que al final, en el ring, sólo estaban la bestia abominable, a la derecha con calzón rojo de algodon con bordados en fieltro, doscientas toneladas de peso, y en la siniestra, el padre de la criatura, la prensa, con calzón negro Stradivarius corte reportero Telecinco. La juventud arremetió a palos contra los periodistas. Qué hermosa justicia poética. El culpable de todo salió esquilmado. Convendría, incluso, la creación de una metaprensa que arengue a los jóvenes para que, en lugar de generar por la tele un macarra racista, se obtenga una juventud conjurada contra la prensa de mierda allá donde se halle. Se ganó una batalla pero no la guerra. Aún queda que asociaciones de la prensa y demás clubes de vividores denuncien este tipo de prácticas amarillistas contundentemente, porque no ha pasado nada pero esto ha sido pa´bernos matao. Aunque no por ello deja de ser hermoso cómo se hizo justicia, justicia poética: Justicia alcorconera.

