Ayer hubo nueva edición del programa de debate ciudadano de TVE Tengo una pregunta para Usted. La gente preguntaba y, como los invitados eran los pringados de Izquierda Unida (o lo que queda de ella, que además a saber si dura un par de meses más como cabeza de lista), los malvados catalanes que vienen a sacar dinero y el demonio colorao oficial del panorama mediático patrio, lo hacía incluso de manera atractiva. A diferencia de lo que ocurrió con Rajoy o Rodríguez Zapatero, nadie tenía demasiado interés en plantearle a estos tipos que querían cobrar más, que los topillos le estaban haciendo añicos la cosecha de remolacha, que a ver cuándo suben los sueldos de su gremio o que es una vergüenza que no limpien los cauces de ríos y barrancos y los maqueen como Dios manda para garantizar que quienes honradamente construyen en zona inundable no tengan periódicamente, cada vez que llueve un poquito de más, que sufrir las molestias de que las Administraciones Públicas y el resto de ciudadanos les tengamos que pagar los destrozos en sus hogares. Total, debía de pensar el personal, ¿pá qué? ¡Si son unos pringaos!

Claro, que son unos pringaos menos cuando se ponen a joder la marrana. Y aquí hay una mención especial para los malvados catalanes, sus políticos y sus sucias tretas. El pobre Llamazares, a día de hoy, es bastante inofensivo, en cambio. Con lo cual fue especialmente a los catalanes, según su grado de maldad, no sólo a los que se les preguntaba sobre cuestiones generales ajenas al interés personal del ciudadano de turno, lo que ya es de agradecer, sino que, en muchos casos, se les increpaba de forma más o menos directa y se les recriminaban sus diversas traiciones de lesa patria, algo que hizo del programa un espectáculo excelente y que, al menos, no versó sobre el ¡qué hay de lo mío! sino sobre cuestiones más políticas, que son las que ofenden e indignan cuando se trata de estos catalanes.
Con tales mimbres, el programa fue calentando motores hasta devenir en un verdadero show. La cosa ya comenzó a calentarse con Duran i Lleida, representante de CiU, que hizo un ejercicio en la línea de su partido de poner al mal tiempo buena cara, dejar claro que ellos son gente educada y razonable, que sólo piensan en el bienestar de todos y, de paso, para aprovechar el programa y su millonaria audiencia para dejar dicho alto y claro que se venden al mejor postor para las próximas elecciones. Preguntado en varias ocasiones Duran i Lleida sobre si su partido tenía alguna línea roja a la hora de pactar, el político democristiano (que dejó claro que no sale de casa sin crucifijo en ristre) hizo uno de esos alardes maravillosos habituales en CiU: declaró formalmente que está dispuesto a transigir con lo que sea, según convenga, y se negó a apuntar nada como elemento esencial de su ideario político (luego, más achuchado, dijo algo sobre unas pensiones a las viudas, pero la cosa parecía más una forma de meter con calzador el mensaje de CIU como partido amigo de las viudas), nada que pueda tener la suficiente importancia como para que un partido pueda no contar con su voto. Si alguien lo necesita, que no dude que lo tendrá. Y, a lo mejor, hasta el PP puede aspirar, si se porta bien, a que el aro estatutario por el que tendrían que pasar no sea demasiado mayor al sapo que ya se han tragado con el resto de reformas autonómicas. Estaba generoso y sandunguero Duran.
Fue por demás apasionante la visualización de las contradicciones de la democracia cristiana moderna, europea y con look cool que representa Duran, en pleno prime-time. Como les mola mucho lo del catolicismo, más por contentar a la masa social creyente, a la que se tiene por paleta y tendente a comulgar con cualquier rueda de molino a cambio de un par de gestos cariñosos con el Papado (a lo mejor hasta con razón, que esta gente tiene demóscopos y sociólogos muy buenos, quede claro), que por verdadera tendencia a seguir el credo cristiano (que no es que se lo reprochemos, porque es como que imposible en la actualidad ser coherente con el mismo y no ser un peligro público), se ven metidos en una perversa pinza: a fuer de aceptar excesos a los católicos, con esto de la igualdad, los derechos fundamentales y otras putaditas semejantes, ¿cómo negar a los de otras religiones que hagan también de su capa un sayo y vayan a su bola? Que el Estado paga pasta a los curas católicos y venga, ¡alegría!, cada año un poquito más, pues antes nos ponemos a financiar mezquitas que plantearnos dejar de llenarles el cazo. Que hay que poner a los niños una horita de religión en la escuela, pues también de judaísmo si los padres así lo prefieren, no vaya a ser que la solución más fácil sea desterrar el adoctrinamiento religioso de la escuela… Claro, cuando una señora plantea que los españoles somos malos porque cuando llevan velo, ella o su hija, la gente les mira torvamente y no les da trabajo, porque no sólo es cuestión de que puedan llevarlo si les va en ello la estabilidad psicológica, sino de que además nos tiene que parecer de puta madre y hemos de estar encantados de la vida, Duran se nos descompone. Y comienza una teorización de lo más apasionante sobre cómo está a favor del velo, como símbolo religioso o como símbolo cultural, pero en contra cuando quien lo lleva lo hace por una imposición machista.

Dejemos a Duran en su laberinto y pasemos al otro defensor encendido de la fe católica que, como buen nacionalista (perdón, independentista, según él mismo se empeñó en precisar) catalán, vasco o en general periférico español (véase el recto galleguismo de Paco Vázquez), demostró ser el Demonio Carod-Rovira. Porque, como nos explicó, pobre hombre, fue una víctima de la artera jugada de Maragall, cuando le puso una corona de espinas en visita oficial a Jerusalen, que le ha dejado secuelas de todo tipo. Entre otras, la de tener que competir con Duran por el voto demócrata-cristiano a toda costa, entrando en la competición por demostrar ser el hombre más comprensivo con las religiones del mundo, por lo que se permitió incluso responder, sin haber sido preguntado por ella, a la musulmana con velo que tanto había incomodado a Duran.

Por lo demás, nada demasiado nuevo en el discurso político de Carod-Rovira. Aprovechó a la perfección, eso sí, a partir de cuatro ideas básicas y difícilmente atacables porque el muy cabrón, endemoniado como es, las presenta obsesivamente ligadas a los rudimentos más básicos de la cultura democrática (hay que tener en cuenta lo que quiere la gente, para eso no está de más preguntarles e, incluso, una vez hecho esto, tener en cuenta qué pensaba la mayoría), el espectáculo verbenero de la “verdadera España” seleccionada por Sofres y maquiavélicamente puesta de relieve por Lorenzo Milá en la selección de las preguntas para que la cosa diera de sí media horita de mucha calidad televisiva. Ya saben, los réditos de la demagogia habitual al confundir lo de la democracia con dar voz a la gente y creer que se la ha de consultar cómo organizar sus vidas.
Con el público (o bueno, un sector del mismo) empeñado en llamarle “José Luis” e incapaz de explicar el motivo de que, en aplicación de esa misma regla de tres, no se refieran a su vez a Miguel Jackson, a Jorge Bush o a Guillermo Shakespeare cuando hablan de ellos, la cosa alcanzó niveles muy altos con una señora de Valladolid declarando que no pensaba llamarle por su nombre porque pasaba del catalán y ella vivía en España. Hasta ahí podríamos llegar. Poco le faltó para añadir que la culpa era de los catalanes por hablar raro y antiespañol. O bueno, en realidad, no le faltó nada. Mientras tanto, un chaval joven, seleccionado por TVE para demostrar que la esencia de la españolidad no entiende de sexo ni de edad, bramaba porque a los médicos en Cataluña se les pida que sepan catalán o algo así. Por lo visto, el hecho de que haya tres millones de personas en el sitio donde vas a ejercer la Medicina que te explicarán sus síntomas en una concreta lengua no es una razón suficiente para que un médico sea mejor que se la sepa o, si no, que la aprenda.

Mientras tanto, otro sector de nuestros compatriotas deleitaba a la audiencia, muy especialmente a la nacionalista catalana, vasca o de Calahorra, “acusando” a Carod de apellidarse no sé cómo (algo que, encima, por lo visto se demostró falso), de haber nacido en tal o cual sitio o de ser hijo de Guardia Civil. Por si la orgía democrática no fuera suficiente así, otros bramaban por el supuesto deseo de Carod-Rovira y de los catalanes en general de anexionarse Baleares y Valencia, a pesar de las reiteradas apelaciones del catalán a que lo que él preconizaba era que había que seguir los deseos de la mayoría. Por lo que, para rematar la faena, se ondeaba la bandera de “Navarra ha de ser lo que quieran los navarros” aplicado a Valencia (a la que por lo visto ha de ser obligatario llamar de una determinada manera porque si nos referimos a ella de otra es “ilegal” y “antiestatutario”) y a Baleares, en una nueva reiteración de ese ejercicio de democracia inversa consistente en que para resolver ciertos problemas relativos a la cuestión territorial en este nuestro país a veces lo importante es qué piensa la mayoría de un territorio, mientras que en otros casos, por lo visto, este molesto asunto de la opinión mayoritaria es una cuestión menor.

Carod-Rovira, por supuesto, no convenció a la audiuencia del resto de España. No logró que dejaran de pensar que es malo, tonto, un patán y que encima va contra todos nosotros. Todo lo más consiguió que su imagen de demonio quedara algo atenuada para el sector menos rendidamente antidemocrático de quienes le han convertido en diana de todo tipo de ataques. Porque alguien habrá que, a lo mejor, se planteó que acaso no sea tan absurdo eso de que la gente pueda expresar qué prefiere hacer para organizarse políticamente, cómo le apetece montárselo. Pero la verdad es que eso da un poco igual, aunque no sea mal resultado, porque no era éste su objetivo. Eso, a Carod-Rovira, le daba igual. Su objetivo era otro.
Él, endemoniadamente crecido como estaba, logró transmitir a su electorado y, de paso, a todos los catalanes, la imagen que deseaba: la de un tipo que va, más o menos de buen rollo, a dialogar con España, a decirles a sus gentes que él sólo quiere que le dejen expresar que siente que su país es otro y que le gustaría que fuera independiente, a explicarles que para él es importante su lengua y su cultura, por cuestiones emocionales pero también porque puedes morirte si tu médico no entiende qué le estás explicando, y sobre todo a decirles que en democracia esto es normal, que se ha de poder decir, que no pasa nada y que la clave es tratar de convencer con argumentos y que luego se haga lo que la mayoría prefiera, mientras las hordas de “españoles” se le echaban encima, desencajados en algunos casos, y se permitían afearle la conducta una y otra vez, todo ello aderezados de lindezas sobre el carácter fenicio de los catalanes, su insolidaridad, su maldad por no amar a España y, muy especialmente, su constancia en eso de tocar las pelotas empeñados en hablar otra lengua.

Tan crecido acabó Carod que se permitió incluso darles una pista: ¿acaso creen que con todo esto Ustedes ayudan a que los catalanes nos sintamos integrados y queridos en España?, ¿de veras creen que nos hemos de integrar renunciando a nuestra lengua y nuestra cultura y punto? Porque, les explicó amablemente, con tal panorama, ante tal propuesta de convivencia, es fácil que el “desapego” de Cataluña y de los catalanes no haga sino crecer. Pues bueno, ni así. Bastaba ver las caras de quienes participaron en el akelarre, que lo decían bien clarito: a nosotros qué nos cuenta, que nos da igual, deja de hablar polaco y de dar el coñazo con tus cosas, que esto es España, joder.

La verdad, visto lo visto, no se trata ya de que las dudas sobre quiénes son los mejores aliados de los independentismos vasco y catalán sean nulas. Se trata de que empieza a resultar sospechoso hasta qué punto, de verdad, quienes dan cobertura política y mediática a estos sentimientos y actitudes, quienes les dotan de la munición necesaria y del bagaje argumental exhibido ayer, desplegado en toda su pobreza, quieren que España siga unida o, en realidad, si lo que desean es cargársela cuanto antes, rapidito. Pero vamos, si de defender la unidad de la Patria se trata, lo mejor es que TVE no vuelva dejar que pasen estas cosas, que se vea tan claramente, en directo y para todo el país, de qué va el asunto. Mejor echar tierra encima y a ver si, así, la cosa aguanta unos añitos más.