Mientras en España preparamos la Fiesta Nacional y los taxistas que conservan el tradicional Seat 124 con estampitas de San Cristóbal y el emblemático “Ser español, un título” comienzan a modernizarse y a poner, junto al fondo de nuestra querida enseña rojigualda, una efigie de Mariano Rajoy saludando a los patriotas, sonriendo íntimamente satisfecho por pertenecer a tan acrisolada raza, los del Gobierno siguen a su bola. En concreto, gastando dinero de todos a manos llenas con diversas iniciativas, entre las que se incluyen, en sustitución de las avalanchas de publicidad a toda página de “El Gobierno cumple”, una campaña sobre quienes invaden la patria con el sugerente enunciado de “Con la integración de los inmigrantes todos ganamos” y unos dibujitos que pretenden significar cuánto buen rollito hay con este tema entre todos, porque cuidan a nuestros ancianos a buen precio, gastan algo de dinerillo, son una buena opción como pareja e, incluso, pueden trabajar en la hostelería y la construcción, contribuyendo a dar más lustre a nuestra economía y sus innovaciones productos, envidia de todo el orbe.

Probablemente analizar la víspera del antaño denominado como “Día de la Raza” (para que luego digan que nuestra democracia no ha ido eliminando las tradiciones de exaltación franquista, ¿acaso mejor prueba de la falsedad de esta acusación que el hecho de que incluso se le haya cambiado el nombre a la ahora denominada Fiesta Nacional-Orgulloso de ser español?) cuestiones relacionadas con los inmigrantes sea visto como algo de mal gusto. Y con razón. Es poner de manifiesto que esa pobre gente, a sus muchas desgracias, une la de no pertenecer a la Raza. Pero, dado que el nombre oficial de la cosa es, en estos momentos, Fiesta Nacional, quizá no huelgue señalar que esa gente, pobrecitos, tampoco son Nación. Porque Nación, como le señaló el Presidente Rodríguez Zapatero a un inmigrante que con un español mucho mejor que el de nuestros compatriotas y una pertinencia democrática en la pregunta mucho más acusada que la orgía de reivindicaciones de pandereta que enmarcaron las cuestiones del resto de participantes en el programa, somos los puros. Esa gente que lleva aquí años trabajando, pagando impuestos y todo lo demás, son útiles, sí, ya se sabe, “con la integración de los inmigrantes ganamos todos”, pero que tampoco se suban a la parra y empiecen a pedir cosas como demasiados derechos de ciudadanía. De manera que, orgullosos de ser nación, orgullosos de ser españoles y, sobre todo, afortunados porque nos dejen serlo, en comparación a quienes comparten nuestros deberes pero no nuestros derechos, no puedo evitar referirme al asunto de la campaña del Gobierno.

El tema de que con la integración ganamos todos, de que la inmigración es rentable económicamente, de que gracias a ella el país crece, de que los inmigrantes son responsables de más creación de riqueza y que eso a todos nos conviene, esto es, el leit-motiv de las políticas de “sensibilización” que nuestros poderes públicos y partidos políticos realizan en torno a la cuestión, comparte dos características que pueden declararse con la soltura y sencillez que permite analizar las cuestiones simples:

- En primer lugar, se trata de un argumento asqueroso, de una razón éticamente más que cuestionable. ¿Qué pasa, que si no fuera bueno para la economía en su conjunto no habría que aceptar a los inmigrantes sino tirarlos al mar, dado que esto es más barato, sencillo y eficiente que repatriarlos en avión? Como se ha dicho toda la vida, incluso entre economistas, one should not do well when doing good. Los beneficios de la inmigración pueden ser tenidos por muchos, de integración cultural, de aportes de personas con iniciativa y esperanza, etc. pero nada tienen que ver, o no deberían tener demasiado que ver con el mero respeto al derecho básico de todo ser humano a buscarse una vida lo mejor posible y a su gusto siempre y cuando respete las normas de convivencia. Si España puede acoger inmigrantes, es bueno que se haga, porque es lo justo. Incluso, si no pudiera, a lo mejor también. De hecho, suele echarse de menos a los apóstoles de la “mano invisible” en materia de flujos migratorios ya que, en ausencia de fronteras, ¿acaso no se lograría un equilibrio “de mercado” por sí mismo? Las gentes que cumplen la ley, vienen a España y trabajan y viven aquí honradamente no tienen que demostrar que “nos rentan”, tienen todo el derecho del mundo a estar aquí, aunque nos cuesten dinero, oiga. Y deberíamos, además, dicho sea de paso, de estar mucho más legitimados para exigirles integración y respeto a nuestros valores sociales básicos. Ocurre que hacer eso es precisamente integrar con todas las consecuencias y sólo es posible si, por nuestra parte, se cumple y se reconoce el derecho de ciudadanía a quienes viven, trabajan y están arraigados aquí. A ver cómo le dices a alguien a quien no le dejas votar a su alcalde que luego tiene que respetar las decisiones que entre todos (pero no ellos) tomamos sobre cómo se han de usar los parques públicos, por ejemplo. A ver con qué cara, a ver con qué legitimidad. Parece que, de momento, la única manera que a muchos se les ocurre para seguir con este estribillo, sin sentirse avergonzados, sigue siendo la de apelar a la Raza. Pero, para cerrar la digresión, a mí ya no me alcanza a entender cómo es posible que esta etérea explicación no sea también de lo más ridícula y risible.
- En segundo lugar, hay muchos motivos para pensar que el argumento, bien es mentira podrida, bien refleja una verdad que, lejos de ser algo bueno, es de lo más inquietante. Por supuesto me refiero al argumento de que “con la integración de los inmigrantes todos ganamos”. Para llevar la cosa a sus extremos, incluso, podría el Ministerio haber añadido que, con la ilegal, también. Esta es una juerga para los sentidos donde todo vale. Desde un punto de vista, al menos sí es verdad: el de poder disponer de quienes se encarguen de hacer ciertos trabajos, duros, pesados, mal pagados, sin cobertura social en muchos casos, que ya casi nadie se ve en la obligación de tener que aceptar si forma parte de la Raza. Si lo que quiere decir el Ministerio es esto, en efecto, no le falta razón. Todos ganamos. Nos salen algo menos caras las casas gracias a que palman muchos inmigrantes sin papeles, sin preparación, sin medidas de seguridad. Nos sale mucho más barato cuidar a los abuelos con gentes muchas veces en condiciones de semi-esclavitud. Eso sí, ganan sobre todo los promotores del sector de la construcción, ahorrándose salarios y cuotas a la seguridad social, o los grandes terratenientes del agro español, o las familias que desean a toda costa tener “internas” y que no hace mucho lloraban por los rincones, porque, hay que ver, cómo está el servicio. Pero tampoco vamos a negar que de todo esto, sí, indirectamente, nos beneficiamos todos.

Ahora bien, si de lo que se trata es de hacer creer a la peña que, gracias a los inmigrantes, hay más dinero público para hacer inversiones y mejorar servicios, gracias a la actividad económica que generan se recaudan más impuestos, gracias a todo lo que “se mueve” como consecuencia de su trabajo, todos salimos ganando, el Estado recauda más y puede mejorar las prestaciones, un mínimo de sentido común tendría que poner sobre aviso de que algo está fallando. Ya digo, o es mentira podrida o es una verdad ciertamente siniestra.

Excluyamos la cuestión de la Seguridad Social, donde cualquier inmigrante afiliado, en estos momentos, ingresa de media más de lo que recibe. Es normal, están en edad de trabajar y producir, vienen aquí a eso. Pero, ¿acaso es que la alegría con la que vemos cómo cotizan y lo poco que luego gastan no se ve contrapesada por los negros nubarrones que supone la constatación de que, en el futuro, todas estas cotizaciones están llamadas a ser prestaciones? Salvo que el Estado español tenga un plan secreto para no pagarlas en el futuro, la verdad es que esta inyección de pasta a cargo de inmigrantes a las arcas del sistema habría de generar más preocupación que alegría, pensando en el medio y largo plazo. De hecho, cuando se trata de españoles, es lo que ocurre, que todos miramos con preocupación que haya cotizantes actuales cuyo reemplazo futuro no esté demasiado claro, dado que todo lo que cotizan generará en el futuro más prestaciones de lo que en su momento aportaron. Así está el sistema, así funciona para los inmigrantes (también), luego no hay que alegrarse demasiado en lo que respecta a la Seguridad Social.

Respecto del resto de “beneficios” de los inmigrantes se repite desde hace mucho que en términos globales permiten al Estado ingresar más de lo que gasta en ellos. Ya digo que, una de tres; o es mentira y es mera argucia para tratar de convencer a la ciudadanía de que no hay que sacar los bates de beisbol a la calle, de momento, porque es como ganado en plena fase productiva; o se trata sólo de esos beneficios para la sociedad que consiste en tener esclavillos mal pagados y con pocos derechos; o es verdad.

De las dos primeras opciones mejor no hablar demasiado, porque son bastante repugnantes. Vamos a darnos un voto de confianza como españoles, orgullosos que estamos de serlo, y pensar que lo que nos dicen economistas y políticos de todo signo es verdad. Porque lo más siniestro de todo ello es que a lo mejor lo es. ¿Qué significaría que así sea?

Básicamente que el hecho de que haya unos tíos trabajando, en un número relavante sin contrato (sin pagar SS ni impuestos directos), y en general con unos sueldos y condiciones que los sitúan en lo más bajo de la escala social y económica, dado cómo está organizado impositivamente el país y la forma de prestar los servicios públicos, va y resulta que es beneficioso en términos generales para “todos” (obviamente, este “todos” hay que entender que se refiere a los que no somos inmigrantes, que ya suficientemente se benefician de que les dejemos codearse con la Raza y vivir aquí).

O sea, si no lo entiendo mal, que el trabajo y la aparición masiva de personas en las escalas bajas de renta, con situaciones conflictivas sociales y económicas que las harían potencialmente más acreedoras del uso y disfrute de servicios públicos asistenciales, así como de un uso más intensivo de servicios públicos como la sanidad o la educación (donde las clases más pudientes recurren a alternativas privadas), lejos de suponer un problema para los servicios públicos o la inversión en infraestructuras (aunando menores ingresos per cápita a una mayor utilización) va y resulta que son una bendición.

Como es evidente, la cuenta sólo puede salir bien si, de media, los inmigrantes tienen un balance entre lo que ingresan y lo que gastan más beneficioso para las arcas públicas del balance que tenemos el resto de españoles de media. Sólo en ese caso podemos hablar de que, de verdad, los servicios públicos y las posibilidades de inversión son mejores con la inmigración que sin ella.

Dado que parece ser, según dice todo el mundo, que justamente esto es lo que ocurre, hemos de concluir que tenemos montada la paraeta para que las clases bajas financien los servicios de las clases altas y bajas. Ésa es la siniestra conclusión que inevitablemente se deduce de todo lo que nos cuentan, como sea verdad. Y si a Ustedes les da igual, porque son orgullosos españoles, piensen que a los inmigrantes no se les pone en esa situación, usualmente, de manera directa y abiertamente discriminatoria, sino gracias a mil y una estructuras y formas de montar el asunto (piénsese en la Universidad pública prácticamente gratuita para las clases medias financiada por las trabajadoras, a modo de ejemplo) que, sutilmente, provocan este alucinante trasvase de rentas. Que perjudica también, por ello, a todos los españoles de rentas bajas.

Que en España tenemos un modelo de solidaridad territorial consistente en que entre todos se financia preferentemente a las regiones más ricas del país (Navarra, País Vasco y Madrid, regiones ricas que no sólo no contribuyen a la solidaridad interregional sino que reciben las tres más de lo que les toca) es algo sabido y una particularidad alucinante de nuestro modelo de solidaridad inversa. Es una desgracia, que explica muchos de los problemas de convivencia que tenemos, pero a estas alturas casi lo habíamos asumido. Que, además, teníamos un sistema de transferencia de rentas de las clases trabajadoras a la clase media y de expolio más o menos organizado a cargo de las elites sociales y económicas del país era una triste sospecha que muchos albergábamos. Que, con tanta tranquilidad, sea el propio Estado, sea el propio stablishment, el que reconozca cómo beneficia a las clases medias que haya más gentes que paguen impuestos (aunque sea a cambio de recibir todos los servicios que en teoría les corresponden por derecho) en la parte baja de la escala de ingresos, es algo sencillamente inaudito y que pone los pelos de punta.