(Este artículo debería haberse publicado hace un mes. Pido disculpas a los lectores. Entre todos podremos superarlo)

La semana pasada, de regreso a los quehaceres laborales o eteeee… laburo, todos los españoles de bien nos sorbíamos la espumilla del café de nuestros bigotes franquistas leyendo el ABC guarecidos tras las solapas de una gabardina beige reciamente almidonada. En esa particular fotosíntesis mañanera algo llamó nuestra atención: el diario étnico festivo titulaba una cosa de la que no me acuerdo literalmente que venía a decir que el Gobierno iba a dar un “giro españolista” hasta las elecciones.

Vaya por delante todo el dolor de mi corazón al comprobar cómo hasta un medio que aparentemente siempre se ponía al servicio de la patria sin esperar nada a cambio escupe en la rojigualda al tildar de “españolista” una visión determinada de la organización interna del país y su administración. Estaría por ver que las tensiones entre regiones chinas oscilaran entre el chinismo y el guandongismo. Aquí no se puede ser federalista o centralista sin dejar de ser español por lo visto. Y ya lo asume hasta la derecha de saludar con subordinada yuxtapuesta al portero de finca urbana y ayudar a las viejecitas a cruzar la calle. Es una pena porque yo estoy seguro de que los “catalanistas” hubieran alcanzado ya la ecuación del beneficio máximo y constante tan anhelada sólo con exigir sus reivindicaciones desde la más chusca, ridícula, exagerada e inquebrantable adhesión al Cetro Imperial de Su Majestad el Rey Juan Carlos I y España. Es más, de esa guisa, seguramente habría aprecio y confianza como para que la Generalitat tuviera también su maletín para apretar el botón y lanzar los misiles a nuestro odioso y rastrero peor enemigo (en este momento: Dinamarca). Pero no, no hay encuentro: somos los unos y los otros y viceversa.

Después de comprobar que en el tema de los Estatutos el PSOE no ha tenido ningún criterio uniforme ni una línea clara de todo el partido, y de haberla, al margen de la conveniencia puntual del “no nos quedan más cojones”, no se ha sabido transmitir a la sociedad. Y en sentido contrario, después de haberse comido estoicamente toda la mierda pura de unos y otros en el tema del Proceso de Paz, bautizado por ETA despectivamente como “Proceso de Rendición”, después de estar a punto de pasarte el Abu Simbel Profanation con los tendones extenuados y los ojos inyectados en sangre, después de la proeza ¿lo mandas todo a tomar por el saco con un “giro españolista”? Muy mal tiene que pintar lo hecho hasta ahora en las encuestas.

Pero, se preguntará Usted señora ¿Qué es un giro españolista? Un giro españolista es lo que ha ocurrido este verano en La Comunidad Foral de Navarra. Promulgar “el cambio” para terminar garantizando “lo inmutable”. Hay varias explicaciones: Pepiño dice que sería un gobierno frágil, El País que vale pero que debería haberse dejado claro desde el principio y Felipe González, en el mismo medio, que el PSOE defiende un modelo de sociedad de encuentro, amor, respeto por la diferencia y pluralidad que entran ganas de untarse aceites por el torso desnudo, y que con esta actuación era la única forma de garantizar la prevalencia de esa idea y su defensa -buen chut, Felipe, bella parábola que sortea la barrera pero se estrella en el larguero.

La verdad, no hace falta que gasten saliva en explicarse. Madrid es un Vietnam para Navarra desde hace muchos años. El conflicto empezó hace casi dos siglos. El Estado del Vaticano le declaró la guerra a España. Su objetivo era arrebatar a cada español, uno por uno, la soberanía nacional y todo lo que ésta lleva asociado. Hay quien llama a esta agresión “Guerra Carlista”; unos creen en los Reyes, otros en la pantomima sucesoria. Madrid resistió y el Papado sólo se apoderó de una parte del país. Años más tarde, en la Guerra Civil, toman el norte de España con sus requetés y aíslan Madrid. Al dictador que apoyaron, Francisco Franco, le empiezan a aportar ministros. Es entonces cuando se descubre el meollo y resulta que la Organización Hydra tiene una base en la región, en Torreciudad. A partir de ahí, la huida hacia delante en porretas; destino: la última espiral del ombliguismo ¿Es Navarra, Navarra? Y todo esto con Madrid resistiendo heroicamente, hasta las pelotas de que el futuro de Madrid se decida en Pamplona. Ya está bien de este centralismo represor. Atrás quedó la época de los Reyes Católicos y la foralidad ¡Indepencia! ¡Libertad! En resumen: Los españoles comprendemos muy bien que el PSOE sólo quiera gobernar Navarra en coalición con el Partido Andalucista. O se comprendería de ser ese el mensaje inicial de los socialistas: Somos la quinta columna, la flor de estercolero si se quiere, pero no “el cambio”.

En los cíber cafés más concurridos de España -una franquicia que se llama Facultades de Periodismo- se enseña lo que es la Espiral del Silencio. Se trata de una teoría de comunicación social según la cual las ideas minoritarias no se difunden por miedo a la reacción que suscita expresarlas: desprecio, rechazo, doncellas que escupen en la cara del Padre Carrager… El Partido Popular ha agitado ese monigote: si me quitas el gobierno de Navarra no eres España. Esa ha sido la consigna. Y ha cuajado porque al final, efectivamente, el PSOE no se ha atrevido a quitarle el gobierno a UPN y de muy mala manera ha desautorizado a su federación aborigen para que se estuviera quieta: quieto parao, hay que parecer España.

Luego Pepinho puede decir misa y recurrir a sacar a Felipe del armario para que escriba una tribuna en El País explicando que como los unos son fachas y los otros fascistas, no queda otra que hacer de avestruz para no corromper la única representación inmaculada de ciudadanos civilizados. Y si cuela, cuela. Como dijo Andrés Boix en alguno de los corrales de esta página, lo sorprendente no es el cambio de discurso, sino que se haga sin disimulo alguno.

Pero no acaba aquí el verano. No sólo ha acontecido el “giro españolista”, también el “social”. Como todo el mundo sabe, ahora el Gobierno promete tratamiento bucodental a críos, lo amplía a los ancianos cuando el PP sugiere su contramedida, ayuda al alquiler, cheque bebé con guarderías y el copón bendito. Sin tener ni idea de Economía, recursos financieros de España y bla, bla, bla como es mi caso, ante esto no se puede más que poner cara de sota y observar escrupulosamente los acontecimientos para ver cómo resultan. Sin embargo, no siempre se puede mantener una actitud tan aséptica, este verano, el Gobierno se ha metamorfoseado pero bien con otro tema: las vacunas del papiloma.

Todo comenzó en el primer semestre del año. Aprobado el Gardasil por la Agencia del Medicamento en 2006, las comunidades del PP pidieron la comercialización de este tratamiento en España y su inclusión en el calendario vacunal. Después se sumó el Grupo Parlamentario Catalán, semanas antes de aprobar por unanimidad, con comunistas y todo, la Ley del Instituto Catalán de la Salud, considerada por la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública como un primer paso para una thatcheriana privatización de la Atención Primaria. Y justo en verano, la Comunidad de Madrid empezó a dar la lata más de la cuenta haciéndose los agraviados.

La entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, manifestó que no era esta vacuna “un medicamento precisamente barato” y explicó que “es una decisión que debemos examinar porque estamos hablando de recursos públicos”. Además, añadió que en España por los programas de cribado es un cáncer que se detecta pronto y la mortalidad es de las más bajas de toda la Unión Europea (23º), ya que, además, el papiloma se localiza en poblaciones muy marginales donde hay conductas de promiscuidad elevada y nula anticoncepción. Con lo que, tal vez, por medio de campañas de prevención la cobertura salga más barata y prácticamente igual de eficaz.

En resumen: que la vacuna aún no contaba aún con estudios concluyentes sobre su eficacia y que suponía una pasta gansa para lo que se supone que debía reparar. Que no entendía la histeria generada y la ofensiva pidiendo su inclusión, que ni en nómina del laboratorio se daba tanto la brasa.

Una postura firme, coherente, contracorriente e impopular.

Pasa el verano. Pasa de manos la cartera. Y pasa lo siguiente: Bernat Soria aprueba la financiación pública de la vacuna (el calendario vacunal lo decide el Gobierno y se ha de aplicar en todas las Comunidades, sólo una, Madrid, va por libre, quita y pone a su gusto echándole pulsos al Ministerio por eso de la Unidad de España y bla, bla, bla).

Ahora resulta que no es tan cara. Va a conseguir un precio más barato y, además, con unos cálculos muy sencillos -reducir la población a vacunar estrechando el margen de edad- salía muy rentable. A este nuevo “giro”, sólo le han encontrado peros las comunidades, graciosamente, gobernadas por el PSOE. Incluso, desde Aragón y Asturias (que son, curiosamente, dos de los Sistemas de Salud de mayor calidad del país (3º y 4º) han propuesto que, ya que la cacicada parece imparable, al menos se establezca con una financiación mixta. Si me vas a follar sí o sí, paga al menos la cama.

Cómo se lleve a cabo es lo de menos. Lo que queda patente es la ausencia de un criterio y lo que es peor, falta de fe en el propio. Estos son, el navarro y el de la vacuna del papiloma, tan sólo dos casos concretos en los que uno se queda con cara de gilipollas. Un electoralismo a niveles nunca conocidos.