La presentación del nuevo partido político “cuyos promotores principales son Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán, Albert Boadella y Fernando Savater”, por reiterar la letanía que acompaña inevitablemente cualquier información relacionada con el mismo, deja una primer constatación: bautizar criaturas es una de las cosas más complicadas que hay en este mundo. ¡Qué les vamos a contar sobre el particular los que escribimos en La Página Definitiva! Pero está claro que esta gente no ha optado por el distanciamiento irónico respecto de sí mismos. Antes al contrario, parece que se han tomado muy en serio lo de su nombre. Unión, Progreso y Democracia es como una especie de llamada a que desfilemos tras la pancarta, muy serios, muy franceses, muy reunidos, muy conscientes de esta responsabilidad histórica que gentilmente nos suministra Rosa Díez.

Porque esa es otra, que el partido, por mucho que la salmodia le atribuya la responsabilidad y la paternidad a gentes de bien, como Savater o Boadella (el otro tipo habitualmente citado no sé quién es ni, la verdad, me siento en deuda con el mundo con ello, presumo que será uno de esos productos de la clase universitaria vasca que, desde fuera, son difíciles de enjuiciar pero incluso de detectar: vamos, que ni sabía yo que existía un tal Gorriarán dedicado a la Estética ni lo había echado nunca en falta -mal por mí, por otro lado-), es en realidad más claro cada día que pasa que es el partido de Rosa Díez. Y a lo mejor es inevitabe, dado que es la única política profesional con una trayectoria acreditada de camaleonismo y capacidad para buscar protagonismo y cargos que hay en primera línea. De forma que, como ella tiene claro qué ha de ser esta UPD (insisto en que a mí la cosa me suena a una mezcla entre la política francesa de hace 20 años y la modernidad de quienes pusieron en marcha en su día la UCD) y es casi la única que de verdad visualiza un objetivo definido, las cosas van por ese camino.

Triste papel el de Savater o Boadella (que, por cierto, podría haber escarmentado con lo que le pasó en Cataluña pero no, sigue confiando en montar juguetitos e implicarse para que luego llegue el trepilla de turno y se quede con las pocas migajas logradas), convertidos en comparsas de una operación a mayor gloria de la futura reconversión política de Rosa Díez. Porque yo a estas alturas no me atrevo a decir si Rosa Díez, de aquí a cinco diez años, estará en el PSOE o en el PP: no tengo ni idea de quién mandará entonces o de quien deseará deglutir por el poco rédito de imagen centrista que pueda proporcionarle hacerlo al partido a cambio de darle un carguito a Rosa Díez.  Rosa Díez no ha tenido problemas en ser la socialista vasca de sensibilidad nacionalista, amiga del PNV, cara amable del Gobierno PNV-PSE, feroz opositora a romper la coalición tras Lizarra, para luego evolucionar a socialista vasca llamada a unir al partido, que comprendía todas las sensibilidad y, batacazo mediante, a “socialista vasca crítica con la deriva nacionalista del partido”. Luego, sencillamente, tras el batacazo a escala nacional cuando, con su visión mesiánica de sí misma y su injustificado optimismo sobre sus capacidades, decidió presentarse a secretaria general del PSOE, pasó a ser “disidente socialista” y a derechizar su discurso para, ale-hoop, convertirse en una recia españolista. No se sabe bien cuál será el próximo cambio, pero lo que está claro es que lo habrá. Y que será estruendosamente publicitado y una cosa de principios. Porque Rosa Díez no traga con que le hagan comulgar con ruedad de molino, ya saben.
Lo que más duele de Rosa Díez, con todo, no son sus cambios de chaqueta incesantes. Ni siquiera esa tendencia suya a hacerlos sólo cuando cree que personal y políticamente le irá mejor con sus nuevos amigos. No se trata de algo demasiado infrecuente y además, venga, sí, digámoslo, todos tenemos derecho a cambiar de opinión y a defender ideas distintas a las que antes nos entusiasmaban. Lo que hace sangrar el alma de cualquier observador sensible es la falta de inteligencia demostrada a lo largo de su carrera de chaquetera ávida de titulares. Porque las primeras normas que se han de seguir en estos casos son las de sentido común para tratar de evitar que se note demasiado el espectáculo: ni se ha de cambiar tanto (por ejemplo, Cristina Alberdi todavía guarda algún prestigio entre los círculos del feminismo católico contrario al preservativo gracias a que sus reiterados cambios de chaqueta para tocar poder lo fueron sólo de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, y además siempre con cierto retraso frente a la llegada al poder de unos y otros) ni se ha de dejar tan claro que uno lo que busca es el cargo, la pasta del cargo, los titulares del cargo y manejar el cotarro todo lo que uno pueda, sin importar nada todo lo demás.

Por lo demás, Rosa Díez es una política carente de fondo, escasamente formada, de una evidente mediocridad intelectual y de planteamientos asquerosamnte sencillotes y planos, de esos que dan vergüenza ajena cuando se emplean como estandarte, haciendo de la necesidad virtud. Ya saben, “Rosa Díez habla claro para el pueblo”. Su popularidad años ha le vino de poner al mal tiempo de los atentados buena cara, cantando las virtudes de otra Euskadi. Y, luego, se envolvió en la bandera fácil para todo político vasco de articular su imagen pública exclusivamente a partir de un eje: Rosa Díez es una valiente luchadora contra el terrorismo en todas sus formas (algo que incluye a ETA, al PNV, a ERC, y más recientemente a PSE, PSOE, Zapatero y a todos los que alguna vez los hemos votado). Y es que, claro, ¿quién es capaz de estar contra alguien que está contra el terrorismo?, ¿quién es capaz de reprochar a Rosa Díez su cruzada?

Lo más triste de toda esta historia es ver a gente como Savater haciendo la claque a Rosa Díez, a ver si logra la tía salir de diputada por Madrid y tener cuatro añitos más de prensa, titulares y un medio de vida honrado. Porque está claro que, en condiciones normales, las posibilidades de tener representación pasan por esas circunscripciones enormes donde, en otros momentos de la democracia española, a punto han estado de tener diputados los antecedentes directos del proyecto de UPD, a saber, Ruiz Mateos a finales de los 80 y Jesús Gil en el año 2000. Recordemos además que Bas Piñar lo logró en las primeras elecciones.

Con estos antecedentes y un saco de la demagogia habitual en estos casos (el partido está nucleado ideológicamente en torno a dos ideas de lo más simple y de lo más obscenamente contradichas con la realidad, sobre las que apenas si tiene sentido discutir: que nunca hay que negociar nada con una banda armada y que el peso de los nacioanalismos en la política española está sobrerrepresentado en relación al apoyo popular que reciben), tenemos a Rosa Díez en acción, con la intención de aprovechar el hueco mediático que se ha generado gracias al empeño con el que el PP ha hecho campaña en torno a esas dos ideas evidentemente falsas y el furor mediático que a lo largo de estos cuatro años ha acompañado todo el asunto.

Las exigencias derivadas de que, a fin de cuentas, el PP es un partido con aspiraciones de gobernar han provocado que, tarde o temprano, haya tenido que bajarse del burro y renunciar a un argumentario que cualquier ciudadano medio sabe obviamente falsa. Un partido que es alternativa de gobierno no puede mentir descaradamente y decir que los nacionalismos están primados en España, porque cualquier niño de diez años que sepa los rudimentos de la regla de tres y tenga una calculadora le saca los colores. Un partido con sentido de la responsabilidad no puede prometer, y menos todavía hacer girar su campaña, en torno a la idea de que nunca, en ningún caso negociará con una banda terrorista el fin de la violencia porrque sabe que la gente normal intuirá que ahí hay una mentira gorda, además de una irresponsabilidad mayúscula, pero sobre todo porque cualquier adolescente de 18 años (que ya votan, los cabrones) podrá recordar sin problemas cuán diferente fue, en el pasado, el hecho de lo que ahora constituiría el dicho.

Mientras el PP se retiraba, cercanía electoral obliga, del show de irresponsabilidad ofrecido a los españoles, mientras la prensa española se cansaba del juguete, había quienes quedaban en las redes de este espectacular ejercicio de demagogia. Y ahí han aparecido, prestos a tratar de aprovechar en su propio beneficio eses espacio, Rosa Díez y sus secuaces (porque es fácil imaginar qué tipo de personas ha de ser los “militantes de base” dispuestos a luchar por el partido en las distintas circunscripciones: gentes lacayunamente chaqueteras, pero tan tristes que ni siquiera se dan cuenta de que todos sus esfuerzos si a algo confluyen es al escaño de Rosa Díez, no al suyo). En fin.

¡Qué triste que aparezca un nuevo partido político y no sólo no contribuya a regenerar nada sino que se sitúe en la estela de Blas Piñar (vale, sí, esto es una exageración, pero no me negarán que mola poder mencionarlo, dadas las análogas estrategias electorales, por muchas diferencias ideológicas que haya)  y de Jesús Gil! ¡Qué lamentable que los espacios ajenos a la lógica bipartidista, por una ley electoral que beneficia a PP y PSOE, que no a los nacionalistas periféricos, sean tan pequeños! ¡Qué desgracia que sólo surfeando la ola de la más rancia demagogia aparezca alguien que aspire a ocupar ese espacio, llamado a desaparecer en cuanto caiga definitivamente IU o culmine su proceso de regionalización!

Pero, sobre todo, ¡qué papelón el de Savater o Boadella, que están tan cegados por su (en su base probablemente muy comprensible) repulsión a los nacionalismos que padecen en sus terruños que no lo ven, que no se dan cuenta! O que, dándose cuenta, por cojonudismo hispano, ahí siguen, dando la cara, demostrando a todos que no dan la espantada. Que no sé yo que habría de malo, dada la situación, en salir corriendo, la verdad.