A estas alturas uno ya no sabe si España es un país especial, lo son sus políticos o lo son sus gentes. Tiene uno la sospecha de que en realidad no será para tanto, de que si conociéramos la actualidad social y política de otros países quedaríamos igualmente apesadumbrados; de que no puede ser que sólo aquí el debate público quede secuestrado por enrevesadas historias conspiranoicas; de que en Francia, en Portugal, en Alemania, en los Estados Unidos, en el Reino Unido o incluso en Italia aparecerán estos enconados y surrealistas debates protagonizados por banderías ciegas de odio hacia los rivales, para las que todo parece valer, por contrario al respeto a la dignidad e inteligencia propios que pueda ser.

Pero luego uno se para a pensar. La verdad es que tampoco nos es tan ajena la vida pública de otras naciones. Habiendo pasado tanta gente en nuestra generación épocas de nuestras vidas en países de nuestro entorno, no carecemos de referencias al respecto, de primera o de segunda mano. Y a pesar de eso seguimos sin conocer situaciones equivalentes a las que se viven en España, tierra de la conspiración.

Aquí no hubo terrorismo de Estado y un correcto funcionamiento de las instituciones que permitió la investigación y la condena de sus responsables, sino un pedazo de conspirAnson para derrotar al felipolanquismo e instaurar la III República. A la vista de los resultados, es complicado determinar si la conspirAnson tuvo o no éxito. Nos deshizo del felipismo (aunque no por muchos años, como la aparición de otras conspiraciones posteriores parece indicar), no así del polanquismo. Y de la III República mejor no hablamos, ya que ni siquiera nos queda a estas alturas esperar una implosión inminente de la Monarquía constitucional legada a los españoles por el Caudillo gracias al acceso al Trono de la línea estrictamente legítima de sucesión a Juan Carlos I, según la moda imperante, que habría de ser la encabezada por la elegante y sin par Infanta Helena. Ignoramos los motivos por los que parte de la conjura tuvo tanto éxito y en cambio el resto pasó a mejor vida. Desconocemos la razón por la que el siempre revolucionario y libertario Anson optó por abandonar la tarea a mitad. Lo que sí parece claro es que cualquier explicación que pueda buscarse, por enrevesada que sea, a partir de estas consideraciones es más fiel a la realidad española que el burdo intento de pretender relatar la historia como la caída de un Gobierno agotado políticamente tras un largo ciclo, acosado por casos de corrupción y apuntillado con la persecución, por parte de jueces independientes, de delitos gravísimos (si bien cometidos en años anteriores y por responsables políticos diferentes a los que entonces ocupaban el poder, aunque del mismo partido). Asuntos todos ellos de la suficiente entidad, con especial mención a la nunca del todo asumida, mientras el PSOE y Felipe González siguieron en el Gobierno, depuración de responsabilidades por un asunto de la tremenda gravedad de los GAL, como para que se produzca un cambio político en una sociedad madura. Pero no parece que en España algo así se juzgue suficiente o lo explique satisfactoriamente: ha de haber una conspiración, si no, ¿de qué?

Probablemente es asimismo concebible únicamente en España la combinación de ceguera y miseria moral que lleva a un Gobierno a emplear un atentado terrorista en plena campaña electoral como arma política para reforzar su imagen pública y las líneas más duras y cuestionables de su feroz ataque a la oposición en esta materia. Nunca se sabrá cuánto de suprema mezquindad y falta de respeto a la ciudadanía y a la democracia hubo en pretender endosar el muerto (los ciento noventa y un muertos, en realidad) a ETA y cuánto de pura incapacidad para identificar qué estaba pasando realmente (imbuido como estaba el PP en su discurso esquizoide de que todos los problemas de España eran el terrorismo de ETA, que todos sus rivales políticos y sus iniciativas respondían a hacerle el juego a la ETA o, como poco, a no colaborar rectamente con la lucha contra el terrorismo, es hasta concebible que esta alucinación colectiva en que vivían inmersos permitiera pisar el acelerador con el rollo de la ETA hasta extremos increíbles) hubo en las acciones que siguieron a la matanza del 11-M. Lo que está claro es que hubo bastante, mucho, de lo uno y de lo otro. Más que suficiente para entender razonable que los ciudadanos retiren la confianza a un Gobierno ya, por lo demás, enormemente debilitado por su gestión mesiánica de los años anteriores, algún que otro episodio bélico y el inevitable desgaste producto de los sueños de estadista campeador de su Presidente.

O quizá no sea algo tan racialmente español, más allá de la cutrez con que se hizo, que en apenas dos días se les desmontó la paraeta. La instrumentalización de los atentados y del terrorismo, por desgracia, no es algo genuinamente autóctono. Como tampoco el terrorismo de Estado. Hay lamentabilísimos ejemplos en naciones de lo más desarrollado de una cosa y de otra. De nuevo, en realidad, lo absoluta y esencitariamente español es que las acciones del Gobierno tras el 11-M y su juicio han pasado a un segundo plano porque, por lo visto, nada de ello tuvo mucho que ver en su derrota electoral. No se dejen engañar por las apariencias, de nuevo lo que tenemos es una conspiración inmensa, gigantesca, en la que están involucrados prácticamente todos los miembros de la cúpula de las Fuerzas y Cuerpos de la Seguridad del Estado, el aparato burocrático y judicial, la ETA, los servicios secretos franceses y marroquíes, numerosos confidentes de la Policía Nacional, el PSOE y algún que otro partido nacionalista de la oposición, la Orquesta Mondragón e, incluso, fíjate tú, unos pobres fanáticos islamistas que pasaban por ahí y que fueron los tontos útiles. Que la tesis de la conspiración, la construcción de agujeros negros y los movimientos aneuronales de una red carente de sinapasis de peones negros con acceso a Internet para soltar lo primero que se les ocurre sean tomados como algo más que como una inmensa bufonada útil para vender periódicos sensacionalistas y hacer radio o telebasura (entretenida, descansada, como la marea de prensa rosa invasiva, pero otra orientación porque el público matutino es diferente al de la sobremesa), demuestra el espíritu de bandería que asuela la visión política de los españoles educados en el franquismo y sus coletazos.

En España, todavía, generacionalmente, muchas personas están dispuestas a creerse cualquier cosa, o a inventar cualquier cosa, con tal de no reconocer errores trágicos (e incluso crímenes) en aquellas personas que, por una cosa u otra, consideran “de los suyos”. Psicológica, política y culturalmente son los mismos aquellos que defendían la inexistencia de relaciones entre la cúpula del Ministerio del Interior de los Gobiernos socialistas de los años ochenta y la guerra sucia que los que niegan ahora la responsabilidad del Gobierno de Aznar en la campaña de intoxicación que sucedió a los atentados del 11-M. La misma gente, educada en los mismos valores, capaz de lo mismo. Se trata de una gran parte de la España que todavía manda en los medios de comunicación y en la política, en la empresa y en la cultura, pero que cada vez es menos representativa de la España real, donde la irrupción de nuevas generaciones mucho mejor preparadas, con más sentido crítico y menos conciencia de permanencia a una facción que ha de luchar contra otra (educadas en democracia, en suma), ha permitido un notable incremento de la calidad de la cultura política del país. De forma soterrada, quizá, pero cada vez más palpable. Aunque sea un proceso lento y costoso, que décadas de una educación en la inmoralidad y el desprecio al imperativo categórico no desaparecen en dos días.

Frente a esta nueva sociedad, cada vez más presente, probablemente las primeras generaciones que han tenido la suerte de crecer en un entorno más o menos, con matices y problemas, democrático y respetuoso con el otro y con sus derechos, se yergue todavía ese compacto y uniforme colectivo que, de derechas o de izquierdas, del Madrid o del Barça, del PP o del PSOE, de Pedro J. Ramírez o de Cebrián, constituyen en el fondo, a efectos de ética de la convivencia, una misma cosa. Y no sólo es que sean los mismos sino que son casi todos ellos, con muy contadas excepciones, capaces de justificar tanto el GAL como la gestión de la información tras el 11-M, ya que entienden que ambas actuaciones, si realizadas por los suyos, nada tienen que objetar. No conviene dejarse engañar con esta gente, ni tampoco hacerles caso. No merecen, en el fondo, demasiada atención por mucho que desgraciadamente haya que dársela.

Porque nada más difícil, con el gusto por la conspiración que sigue respirando España y su versión publicada más oficial, que hacer como que las majaderías de esta gente no existen. Que estamos en un país, conviene recordarlo, donde, por ejemplo, los bosques no se queman por las condiciones de sequía, calor y la letal combinación de los mismos con la presión antrópica, cada vez mayor, que favorece despistes de todo tipo y convierte en trágicas sus consecuencias. No, en lo que es algo único en el mundo en España los bosques los queman, según las estadísticas oficiales, pirómanos en un 90% de los casos. Debemos de tener concentrados a los desequilibrados de toda Europa, porque allí (aunque sea más difícil en algunos países prender fuego con éxito, lo que no significa que no pueda intentarse si uno vive aquejado de piromanía) no hay, a las estadísticas oficiales nos remitimos, tanto chalado con encendedor. Además, son pirómanos rarísimos, a los que sólo les gusta quemar bosques. Eso por no hablar de los casos en que los bosques son incendiados de manera masiva con el apoyo y la organización de una compleja mafia urbanístico-especuladora que, de paso, pretende cargarse a algún Gobierno poco afecto. Como la conspiración para derrocarlo que ha tenido que sufrir el Gobierno gallego del PSG-BNG este verano, por ejemplo. La verdad es que la cosa da un miedo atroz, pero pensemos que podría ser todavía peor. Porque sigue sorprendiendo que, puestos a incendiar a lo salvaje poniendo en grave riesgo vidas y haciendas, y dado que las penas a arrostrar en caso de ser pillado son semejantes, quienes desean cargarse un Gobierno a base de mechero se limiten a quemar bosques. Podrían dar rienda suelta al pirómano que llevan dentro ensañándose con polígonos industriales, colegios u hospitales. Campos de fútbol, ¿por qué no?, que eso sí que dolería a los municipios que se los han regalado al constructor que dirige el equipo de fútbol local. O iglesias, no sé, por seguir la tradición de la guerra que empezó con la conspiración del 34. Si se trata de poner en jaque a un Gobierno mediante la criminal organización de acciones delictivas, ¿por qué quedarse en tan poca cosa como hasta ahora?

Pues bien, no pretendan afrontar con un mínimo de racionalidad el análisis de esta cuestión. Los bosques se queman porque hay mafias interesadas y, de paso, para desestabilizar al Gobierno de turno. Una conspiración, de nuevo, que afortunadamente han aireado intelectuales de campanillas, denunciado y explicado editoriales de medios de comunicación de prestigio y que, por supuesto y afortunadamente, nos ha sido trasladada con fruición por los integrantes del bando de turno en la charla de bar correspondiente. Menos mal, porque si no uno podría hasta caer en la trampa. Está bien que a uno le abran los ojos. A fin de cuentas, instalados en esta sima discursiva, la mejor táctica es zambullirse con ganas en las estancadas aguas de la irracionalidad dominante.

Urge exigir, de una vez, un mínimo de respeto a los ciudadanos y a las nuevas generaciones, que no tenemos que padecer este tipo de cosas, la verdad, a estas alturas. Para deleitarnos con conspiraciones, tejemanejes chungos, conjuras y necedades varias disponemos de una media de dos reality-shows diarios en las televisiones generalistas donde famosos o anónimos, con el objetivo de aprender a bailar, cocinar, sobrevivir o alcanzar simplemente un contrato en alguna tertulia nos deleitan con abundante material de este tipo que podemos emplear para lo que sirve: regodearnos en ciertas miserias como espectáculo, más o menos edificante, y ficcionar los perfiles menos amables del prójimo. Es sano que queden allí confinadas las actitudes relatadas y la conspiranoia que sólo pretende esquivar la responsabilidad propia. Muchísima gente en España lo tiene claro y está harta. La Página Definitiva, como todos Ustedes, se muere de ganas de que empiecen a ocupar no sólo la vida real sino también la primera escena de la vida pública comportamientos y análisis políticos de un tiempo más actual. Dignos de esta época.