El fallecimiento de Ingmar Bergman nos pilla en pleno verano y nos coge de sorpresa en estas fechas de un calor tan sofocante. La primera duda que le asalta a uno es: Dios mío, ¿tengo que volver a ver sus películas para escribir una necrología decente? ¿Hay que pegarse un nuevo empacho de Bergman para subrayar algo que vaya más allá de lo que apuntan apresuradamente los medios de comunicación? La respuesta es, obviamente, no. Porque, a la hora de la verdad, pocos se han tragado su filmografía y quienes hacen referencia a él lo suelen hacer de oídas tras ver las películas de Woody Allen.

Gracias al neoyorquino, sabemos que Bergman es el director que mejor ha retratado los miedos y contradicciones del ser humano, el que mejor ha reflexionado sobre temas como el amor, la pareja o la muerte (que, para el caso, todo es lo mismo). Al igual que ocurre con Godard o Fassbinder, basta con saber estos datos para dárnoslas de listillos en la cola de un cine de versión original.

Porque Bergman ha sido, a lo largo de las últimas décadas, un director tan venerado como poco visto y, sobre todo, poco entendido. Servidor de Vds. ha vivido pocas experiencias tan edificantes como ver la cara de estupefacción de los sufridos espectadores tras la proyección de Saraband. Ver una película repletita de diálogos hipermegaprofundos y tratar de adivinar qué rasgo autobiográfico del director es el que encarna cada personaje, constituye una especie de “sudoku” gigantesco que hace freír las neuronas de las mentes más privilegiadas. He de confesar que es la única “Ingmar Bergman Experience” que he tenido en mi vida, porque no vale eso de pillarse sus pelis en VHS o DVD y verlas en casa. No. Bergman es para verlo de estreno en una sala, y ni siquiera cuentan las reposiciones, porque a eso la gente ya va con la lección aprendida.

Como estamos escribiendo una crónica sobre Bergman, nos permitirán que sigamos hablando en primera persona (mayestática, eso sí), ya que no concebimos hacerlo de otro modo cuando nos referimos a un director como el que nos ocupa. Si eran interesantes sus reflexiones, ¿por qué no van a serlo las nuestras propias?

En primer lugar, pensamos que alrededor de Bergman se ha tejido todo un submundo cinefílico de falsedad y vanidad. Aún recuerdo (fuera el mayestático, que molesta) cuando fui a ver Saraband a unos famosos cines de versión original que hay en Valencia. En la entrada del cine, se podía leer un aviso digamos que curioso: decía algo así como “Saraband se proyectará en formato digital”. Caramba, pensé, vamos a ver a Bergman en plan El señor de los anillos. La emoción me embargó: me imaginaba esos silencios y esos planos contenidos en Dolby Surround, esos planos de los actores en una imagen impresionante. Pero la decepción no tardó en llegar: nos pusieron la película proyectada en DVD. Como se trataba de un film realizado para la televisión, en vez de ser más claros al respecto, los responsables de los cines habían dejado el aviso en un ambiguo “formato digital” para mantener el precio de la entrada. Vamos, que, teniendo en cuenta las condiciones de proyección de dicha sala, y el retraso del estreno de la película en España, nos habría salido a cuenta verla en casa, en “formato digital”.

La anécdota resulta reveladora al respecto de esa falsedad y vanidad que comentábamos, propia de un cierto estereotipo de cinéfilo acrítico que nunca se cuestiona los grandes productos culturales, y que protestan si en un cine de estreno alguien abre el envoltorio de un caramelo, pero que aplaude si le toman el pelo en una sala para entendidos. Bergman fue una especie de Dios reverenciado en esos santuarios de devoción estúpida, lo que ha acabado por deteriorar el valor innegable de su obra. Hoy en día, todo esto está dividido entre los admiradores de Bergman y los de Stallone. Hemos llegado a un punto en que parece imposible llegar a un punto intermedio en el que reivindicar ambas filmografías como válidas y cumplidoras de sus respectivas funciones sociales.

El autoproclamado gran discípulo bergmaniano, Woody Allen, no acabó de resolver la situación, y la complicó aún más. Porque Allen habla también de la religión, la muerte, el matrimonio, etc., pero, claro, las cosas son muy distintas. Porque en Nueva York, si te divorcias, tienes muchas opciones para rehacerte: te vas al psicoanalista, sales de fiesta por sus garitos, conoces a otras mujeres, follas más, etc. Pero, ¿qué pasa si te divorcias en Suecia? ¿Qué haces? La mejor opción es pensar en fórmulas lentas de suicidio. Ése es el meollo del cine de Bergman. Pero es que, además, en un delicioso juego de autorreferencialidad, Bergman ofrecía una salida, como si dijese, “a partir de ahora, también podéis ver mis películas”. Ahí se explica la desazón existencial que rezuma su obra y que le convierten en un director único e inclasificable.

Como Woody Allen no pudo reflejar del todo esa cosmovisión, tuvo que ser Schwarzenegger el que le rindiera el homenaje definitivo al mejor director de cine sueco de todos los tiempos. Así, en su cinta El último gran héroe se le ofrecía el sentido homenaje a una de las obras definitivas de Bergman, El séptimo sello. Tuvo que ser de nuevo la gran industria americana la encargada de rescatar el valor y significado del buen cine europeo.

Suecia pierde, en definitiva, a uno de sus auténticos iconos del siglo XX. El país responsable de alumbrar el mejor centro comercial del mundo (Ikea) o el mejor grupo musical del universo (Abba), nos entregó también al mejor director de cine. Nos queda, únicamente, una duda. Ahora todos los medios de comunicación dicen que Fanny y Alexander fue su testamento fílmico. Y uno se pregunta, ¿y qué pasa con las más de diez películas que hizo en los últimos veinte años? ¿No cuentan porque eran películas para la tele? ¿O simplemente porque no se han estrenado con regularidad? Falsedad y vanidad.