Como es sabido, las elecciones autonómicas en Navarra estaban llamadas a zanjar una disputa de trascendencia hegeliana: enfrentada a sí misma, parte de la Comunidad Foral estaba dispuesta a abrazar a quienes querían que Navarra dejara de ser Navarra, mientras su Gobierno, encarnación de la Navarra que sí quería ser navarra, se constituía en última defensa frente a los invasores.

Los resultados, como es sabido, fueron típicamente españoles, con lo que consagraron que Navarra había dejado de ser Navarra para parecerse a algo tan reciamente español como, por ejemplo, Bilbao. Había ganado la vergüenza. A saber, una derecha foralista y tradicionalista que no se atreve a presentarse con las siglas del PP y que hace bandera de la perpetuación de los particularismos más escandalosos como leit-motiv electoral no había logrado, ni siquiera así, mayoría absoluta. Derecha, por lo demás, no se vayan a pensar, integrada en la escudería nacional del PP y su cerrada defensa de España, Una, Única y Eterna siempre y cuando estemos a menos de 35 kilómetros de la capital, porque en cuanto nos alejamos un poco sus delegaciones regionales sólo saben cultivar el localismo más exacerbado. De esta guisa, poniendo una vela al Dios de la Unidad y otras dos o tres al Diablo del ombliguismo, UPN logra atraer a todo el conservadurismo sociológico, que en la pugna electoral eran aquellos que se agrupaban en torno a la idea de que Navarra siguiera siendo Navarra. Esta gente no ha obtenido la mayoría absoluta, a la que ni siquiera llegan en compañía de su partido-escoba (al que privan por ello de toda posibilidad de hacer un Munar por la escuadra).

En el otro lado del ring, al margen del partido-escoba de los restos izquierdosos-nacionalistas que no saben muy bien si quieren ser carne o pescado en que se ha convertido IU en cualquier lugar de España menos en Madrid, teníamos los dos polos habituales en España: el polo de progresía virtual aglutinado en realidad a partir del rechazo estético y cultural a la derecha que sigue sin condenar el franquismo más que a otra cosa (y así seguirán, cómodamente instalados, hasta que aparezca un Sarkozy que les fastidie el invento), de nombre Partido Socialista de (añádase aquí la región correspondiente, porque al igual que hacen las franquicias del PP hay que tratar de copar los votos de esta facción de la sociedad incluso en las coaclas del sentimiento antiespañol), por un lado; y los nacionalistas de toda laya, más o menos exitosamente agrupados, sostengan la secesión o el federalismo, porque España no reconoce suficientemente su particularidad y les maltrata, en el otro. Este espacio electoral, aglutinado bajo la pancarta “los que queremos que Navarra deje de estar gobernada por los que quieren que siga siendo Navarra”, sí ha obtenido mayoría absoluta, pero sin embargo parece que ha renunciado definitivamente a gobernar.

La explicación, por lo visto, radica en que toda España es igual, motivo por el cual afirmamos que Navarra, si algo de especial tenía o era, ya no lo tiene o es, ergo ha dejado de ser Navarra. Esta igualdad radical de todos los españoles se demuestra en una serie de hechos incontrovertibles que hilvanan la política española de los últimos años con sorprendente homogeneidad regional:

1. Las fuerzas conservadoras tienen tendencia a agruparse de forma bastante eficiente, ya sea como PP de España (en Madrid), ya sea como PP de pandereta regional (en el resto del país, con sus rolletes de independentismo de salón pero dentro de un orden), ya sea como CSU bávara (en País Vasco o Cataluña, en ambos casos constituyendo a su vez un polo crecientemente hegemónico en la derecha, a costa precisamente de la marginación del PP). Pueden Ustedes mismos elegir dónde conviene situar a los navarros de UPN, si en el modelo CSU bávara o en el modelo PP de pandereta regional. Ellos mismos, probablemente, se verán como los socialcristianos. Los demás, en el fondo, sabemos la verdad.

2. El Partido Socialista, gracias a carecer de organización, estructura, mando o simplemente conciencia de su existencia en la capital de España, es más homogéneo globalmente. Es decir, que el panderetismo regionalista con el que aliña su búsqueda del voto responde algo más fielmente a la realidad de la ideología latente del grupo de personas e intereses que dominan ese cotarro. Sin embargo, la estructura del PSOE no por carecer de centro es menos centralista y, en el fondo, responde igualmente a la conciliación de la política diaria con unos concretos intereses que se ventilan donde y como se ventilan, pero al faltar el aliño de un PSOE madrileño que pueda ser tomado mínimamente en serio eso hace que parezca más integrador de la rica diversidad de nuestras autonomías. Gracias a este espejismo, por ejemplo, los nacionalistas y regionalistas de toda laya que pululan por las diversas regiones de España ven al PSOE con mejores ojos que al PP. Luego, en cuanto tienen que pactar con ellos, los necesitan para algo o, sencillamente, cuando el PSOE gobierna, se dan cuenta de la dura realidad. Pero nadie les dijo que la política fuera un juego de niños. Y, como compensación, saben que en paralelo a esta realidad tenebrosa (no se puede confiar en el PSOE, no, para que les haga el juego, al menos no si no se tiene nada que ofrecer a cambio) también la posición del PP es mucho más pragmático-maniobrera que esencialista en estas y otras cuestiones nucleares por lo que, a la mínima que puedan, abjurarán de todos sus principios para ofrecerse al pacto con los nacionalistas. PP y PSOE, en esto, se parecen mucho, siempre están dispuestos, si no tienen más remedio, a cohesionar España por la vía de “integrar a los nacionalismos periféricos”.

3. Los nacionalismos periféricos, de los que ahora además tenemos representación en Canarias, La Rioja, Cantabria, León, Asturias, Andalucía… además de en las comunidades históricamente proclives a la juerga (Baleares, Valencia, Galicia, País Vasco, Cataluña…), por lo que apenas ya nadie se salva, conforman el tercer vector del panorama político tan homogéneo que tenemos en España. En principio, salvo las plataformas a la bávara de Euskadi y Cataluña, donde han logrado paulatinamente integrar al PP hasta hacerlo marginal (o en ello están, en el caso del País Vasco en cuanto desaparezca ETA), esta gente se nutre más bien de un electorado próximo a la izquierda. Es razonable, dado que el Caudillo, su España y todo lo que representan tienen una continuidad simbólica en el PP, que además se ocupa de vez en cuando de proporcionar la dosis de refresco necesaria, por si alguien se empezaba a olvidar, como hizo Aznar con su Proyecto Españaza 2000. Así pues, conforman una mayoría natural (o minoría, según los casos) con el PSOE, no por nada, sino por motivos políticos estructurales: dado que el PP (o, en la regiones donde se tercia, los movimientos bávaros) llega a veces sí a veces no a la mayoría absoluta con su electorado conservador-tradicionalista, este bloque está funcionalmente abocado a servir de refuerzo a la dinámica de quienes les acompañan inevitablemente en la oposición, que son los chavales de centro izquierda del PSOE. Esos que, además, aparentan una sensibilidad pro-periferia, pro-federalismo, pro-España plural con eso de haberse quedado sin partido en Madrid. No quiere decir esto que los nacionalismos periféricos, superada la fase anal, no pudieran pactar con el PP, como han demostrado en numerosas ocasiones sus ejemplares más evolucionados (y demostrarán más a poco que el PP lo necesite), pero en principio parece que “cuesta más”. Es la fuerza de lo simbólico pero, sobre todo, la fuerza de estar juntitos en la oposición. Por eso esta cercanía deja de ser inevitable en cuanto la relación de fuerzas, como en Canarias, no aproxima necesariamente al PP con facilidad a la mayoría absoluta.

Además, como es sabido y demuestra la regionalización del PP, la pandereta localista es aderezo obligatorio ya en cualquier partido político, con lo cual estamos hablando sólo de una cuestión de intensidades en las sensibilidades. Poca cosa como para que nadie se pueda poner intensamente esencialista. Al PP y al PSOE les diferencian las tradiciones morales y estéticas de cada uno de los integrantes de los respectivos bandos, y eso les lleva a jugar en un plano más español-madrileño o español-qué bonita es la diversidad, según los casos. Luego, en el batiburrillo de IU se unen gentes que se ven de izquierdas con movimientos que no se atreven del todo a ser nacionalistas porque en Burgos a lo mejor queda un poco ridículo y cosas así. Son la pasarela natural a los nacionalismos, donde prima ese sentimiento de reacción frente a una Historia y un pasado que se rechaza más por estética que otra cosa, afianzando el recurso fácil de la loa a los aborígenes y sus costumbres. Pero vamos, nada que no pueda ser asumido por el discurso de los dos grandes partidos si es necesario.
Toda España se parece bastante en esto y Navarra, como hemos visto, no es una excepción. Las últimas elecciones, de hecho, lo confirman con crudeza. Es más, afirman también algo que ya se vio en las pasadas elecciones catalanas: que incluso las regiones con más señas de identidad propia son, sin nigún pudor, empleadas en un mercadeo persa entre partidos (algo que sus votantes, al reiterarles la confianza a pesar de saber que es lo que pasará, aceptamos sin mayores problemas) según conveniencias derivadas no de consideraciones de política autonómica sino nacional.

Por eso, como lo del rollo de Navarra y que deje de ser Navarra, que se la den a la ETA para que haga con ella lo que quiera, que sea lo que quieren los navarros y todo eso, es una cuestión de política nacional al haber sido leit-motiv de la oposición a la acción de gobierno de Navarra, los pactos en Navarra están siedo tan difíciles. Y es que no responden a las lógicas de bloques y de gobierno/oposición, verbena regionalista/pandereta localista propia del terruño que se disputan, sino a la del tablero de juego nacional. Claro, jugar esa partida con las piezas elegidas por los navarros para su tierra es un engorro. Pero un prohombre político ha de hacer lo que tiene que hacer:

- La pandereta regional del PP, aun no obteniendo mayoría absoluta, no puede hacerle guiños a la sección local del PNV, porque según dicta la política nacional del partido son gentes monstruosas y malas, aunque vayan a misa con más frecuencia incluso que Acebes o Michavila. En principio, tampoco tendrían que tener demasiadas ganas con pactar con los socialistas navarros, no ya porque son sus rivales naturales sino porque, recordemos, desde hace un par de años nos han explicado que eran responsables de los crímenes de ETA. Y con esa gente, la verdad, mejor no ir de la mano. Pero las exigencias de la política nacional son las que son y ahí tienen al PP haciendo guiños a los que quieren que Navarra sea de la ETA, sección polis-milis, para evitar que se la queden en pacto con los que son, directamente, de la ETA.
- Peor todavía es el esperpento protagonizado por Puras, líder de los socialistas navarros por la gracia de Ferraz y principal sospechoso de querer entregar Navarra a la ETA, de pactar con ellos asesinatos y crímenes varios, así como de querer que Navarra deje de ser Navarra. Movido por el interés de aquietar el escándalo mediático pero especialmente de obedecer a sus jefes, Puras parece encantado con la idea de que siga gobernando el PP en Navarra, ya que a fin de cuentas es lo que le ha ordenado la dirección nacional y lo que ésta entiende que viene bien para la política estatal. Así, oiga, sin problemas, el pérfido representante del socialismo federal, que va a su bola, que pasa de todo, que no es ni español ni persona, se aquieta en cuanto se lo dicen, obvia los insultos y tan tranquilo. Con el mérito añadido de que lo hace, además, cuando podría haber sido sin problemas Presidente.

- Porque, y esa es otra, lo más alucinante de la situación navarra es la actuación de los nacionalistas navarros. Allí donde normalmente estos partidos son exigentes y saben aprovechar su situación de bisagra, los de Navarra han logrado la cuadratura del círculo: a pesar de obtener mejores resultados que los socialistas desde un primer momento les han cedido la presidencia del gobierno regional y prácticamente todo lo que han pedido. Total, para darse cuenta al final de que todo era una tomadura de pelo. Los que se han creído de verdad el discurso del PP sobre las aviesas intenciones del socialismo navarro han sido los pobres nacionalistas, que estaban incluso dispuestos a ceder la presidencia de tan halagados que estaban de que hubiera quien les quisiera tanto como decían los del PP que les querían los socialistas. Uno llega a pensar que a lo mejor hasta estaban convencidos de que de esta forma Navarra dejaría de ser Navarra antes, porque donde ellos eran meros regionalistas Puras era un líder secesionista. Pero no, esto era todo una comedia bufa, como suele ocurrir con cualquier rollo asociado a un discurso de autonomía política de las secciones locales de los grandes partidos. Los nacionalistas han acabado por darse cuenta, no sin antes volver a prometerle a los del PSN total apoyo para cualquier acción de gobierno, incluyendo una nueva jura de lealtad institucional a España. Lo que haga falta.
Por lo demás, convendría señalar que los electores del PSN probablemente también tenían la ilusión de votar a unos malvados que pactarían con los nacionalistas para expulsar al PP del Gobierno a poco que pudieran. No digo ya los votantes del PSOE en el resto de España, que se supone que son la causa de que los representantes de los navarros vayan a hacer lo contrario de lo que quieren quienes les votaron, que a lo mejor andan encantados (o al menos eso piensan en Ferraz). Pero es que no se debería, en teoría, tratar de contentarles a ellos. Vamos, digo yo.

Lo cual permite intuir que no es probable que haya nuevas elecciones. Más que nada porque depende del grado de ridículo que esté dispuesto a asumir Puras. Y siempre será mejor asumir el mayor posible pero lejos de unas elecciones que dejar que se consolide todo lo ya perpetrado pero sin dar la oportunidad a la gente de pronunciarse sobre ello en un breve lapso de tiempo. Que una cosa es hacer el ridículo y otra que lo certifiquen unas elecciones. Como sabemos todos también que una cosa es permitir a UPN gobernar y otra que lo haga con mayoría absoluta, previsible resultado de unas elecciones en estos momentos, además de conseguir que los nacionalistas no sólo sean segunda fuerza política (como ya son) sino que dejen al PSN casi con la mitad de los votos. Así que, dado que esto depende de que los provoque el previsble máximo perjudicado por ellos, es difícil que haya nuevos comicios. Antes que gobierne el PP que permitir que la gente se pronuncie por el espectáculo montado por Puras.

Un hombre que, al renunciar (porque se lo han mandado) a la Presidencia de su Comunidad cuando tenía a los nacionalistas dispuestos a hacer lo que él quisiera con tal de tirar al PP, ha demostrado que, en efecto, Navarra no es Navarra. Es, políticamente, la España más pura y tradicional. Así que menos lobos para los navarristas foralistas de la pandereta, porque lo cierto es que es bastante probable, además, que esto no sea tanto el resultado de la brillante actuación de Puras destruyendo la esencia de su patria como de que, sencillamente, siempre ha sido así.