Hemos visto la escena multitud de veces. Hay un niño pequeño que está con sus padres. El niño pone una carantoña, hace un gesto, o bien la iniciativa parte de los padres. En cualquier caso se produce una respuesta que da lugar a otra. Un puchero produce una cara en el padre, el niño cambia y ríe y a continuación llega, por ejemplo, la pedorreta en la barriguilla. Este juego que también se produce en otros muchos ámbitos, incluyendo perros y enamorados, valga la redundancia, también tiene su versión mediática, con matices bastante curiosos, como comprobamos en los últimos años.

Lo vemos estos días con la campaña del equipo de fútbol de Getafe. Los jugadores protagonizan una serie de escenas bíblicas para atraer socios. De inmediato salta la Iglesia, que habla de ofensa por no llamarlo blasfemia, y de ridículo a falta de excomuniones. A la vez la noticia copa los informativos encabezada por una de las palabras preferidas de los periodistas: polémica.

Ya tenemos una serie de abretesésamos. Se abren las compuertas y surge el escándalo negociado. Recuerda al de la damisela decimonónica de una novela, que en un pasaje campestre con sombrilla y mucama incluidas sorprende desnudo al muchacho protagonista. La joven se lleva la mano a la boca abierta: oh, por Dios, vístase desvergonzado. Diez capítulos después dejará el Kama Sutra en cuento infantil, pero nos quedamos con ese oh de tan bucólico e inocente momento.

Comparemos los dos ejemplos. El del niño y los padres responde a un código conocido por todos y claro para las partes. El de la damisela responde a un código que oculta por el motivo que sea otra información que no ha de ofrecerse, que ha de permanecer en un segundo plano, subterránea (le gusta el chico y lo que ha visto). El escándalo negociado, que equivale al escándalo como producto, opera como los padres y el niño, por “gestos” de sobra conocidos, y a la vez se comporta como la damisela, ya que se lleva las manos a la boca, con la salvedad de que la información que debe de ocultar ya es de sobra conocida, es decir, las cartas están sobre la mesa y el público receptor sabe que los jugadores no tienen más propósito que salir en la tele, que la Iglesia tiene conectado el  piloto automático para estas cuestiones con el objetivo de rentabilizar su negocio, y que los medios se prestan al juego porque les viene de maravilla para rellenar un buen puñado de programas o páginas.

Es el escándalo transformado ya en artículo. Póngame media docena, por favor. Los detergentes insisten en que lavan más blanco que ninguno, aunque el público sepa que es un eslogan, un eslogan falso, que es lo mismo. Estos escándalos escandalizan sin escandalizar, pero afirmando como eslogan que escandalizan como nunca se consigue obtener ese escándalo negociado que todos rentabilizan. El Getafe conseguirá publicidad y socios; la Iglesia publicidad, alguna ayudita no se me vaya usted a enfadar y la movilización de sus bien organizados y más obsesos partidarios; los medios una serie de reportajes fáciles y efectivos, o sea, polémicos polémicos polémicos. Y el público da igual mientras compre.

Algunos avezados creativos publicitarios ya se han percatado de esto y utilizan esos gestos de niño que comentábamos al principio para  hacer saltar al resto de la cadena, llevando la rentabilidad del escándalo negociado al máximo. Hace meses lo pudimos comprobar con un anuncio de una marca de perfumes que hizo saltar al “lobby” feminista, que le hizo la campaña gratis a la empresa. Iglesia, feministas y varios sectores se han convertido de hecho en la gallina de los huevos de oro para multiplicar la capacidad de los anuncios de forma económica. Ponga un efebo semidesnudo con una corona de espinas poniéndole el pie encima del rostro a una virginal muchacha de piel blanquísima y Calzados Rupérez, negocio familiar de gran tradición en Cascajales del Páramo, cotiza en bolsa un mes después.

Desde que los medios de comunicación y la publicidad se convierten en pilares de las sociedades modernas el escándalo se ha utilizado para vender. Sólo ahora está alcanzando una extraña perfección. Esta sociedad políticamente correcta no se puede permitir escándalos que escandalicen, así que al igual que la cerveza sin alcohol crea a su medida un escándalo desescandalizado donde el contenido, los significados, se han perdido, manteniéndose los significantes, que utilizan resortes mecánicos para seguir funcionando (niño y padres) aunque siguiendo los necesarios patrones –esos significantes- del escándalo tradicional (la damisela).

Este escándalo negociado, escándalo-artefacto, es bueno, bonito y barato. Además la farsa cuenta con un mecanismo de defensa extraordinario. Como hemos visto, esa farsa es ampliamente conocida, pero su denuncia sólo genera otro escándalo-artefacto, ya que la corrección política se basa en gran medida en el poder de minorías, o no tan minorías, muy bien organizadas y con su columna vertebral en los buenos sentimientos. De esta manera, atacar a la Iglesia, a un equipo de fútbol que no es de los grandes, o a las feministas, o a  (ponga aquí quien quiera, desde salvadores de ballenas a protectores de bailes regionales)  produce otro escándalo que fortalece al anterior. Algunos -recuerden la teta de la hermana de Michael Jackson- ni tan siquiera tienen que estar asociados a marcas o grupos que necesitan un altavoz para la promoción de sus actividades, son productos genuinamente mediáticos, se alimentan de sí mismos y se reproducen a sí mismos: la perfección absoluta.

Parece un fenómeno coyuntural, puesto que su esencia es mediática y por tanto requiere de la connivencia de esos medios que actualmente pasan por un momento donde la crítica y autocrítica brillan por su ausencia y funcionan creando una realidad propia y sustentada en el sentimentalismo. No es que seamos optimistas, pero el empuje y competencia de la red alguna vez influirá para mejor, al menos antes de un par de siglos. Mientras tanto las previsiones indican lluvia de escándalos y edición remasterizada del éxito de Raphael de premonitorio estribillo. Pongámonos, como la damisela, la mano en la boca, pero para tapar el bostezo.