El Gobierno de Rodríguez Zapatero, como los Gobiernos de Unión de Centro Democrático, como el Gobierno de Felipe González, como el Gobierno de José María Aznar, ha visto cómo la banda terrorista ETA anunciaba su voluntad de seguir a lo suyo. Este peculiar ewige Wiederkunft nuestro de cada legislatura, este retorno a lo de siempre, tiene caracteres sin duda nietzscheanos. Estamos ante una historia que se repite en todos sus órdenes: la ilusión porque el avance social y económico ha dejado ya tan claramente fuera de sitio y carente de sentido la actividad de ETA que la banda no podrá sino aprovechar la enésima mano tendida, las cesiones, los esfuerzos por encuadrar en un marco democrático y representativo la expresión de todas las sensibilidades y la posibilidad de reivindicación de cualesquiera demandas de tipo político, la cerrazón etarra, las prietas filas de su brazo político, la ruptura final… y la paulatina erosión de la base popular de apoyo a la lucha armada y la creciente pérdida de efectivos y marginalización de la actividad de los pistoleros.

No conviene olvidar que estos procesos han conducido siempre a una paulatina reducción de las dimensiones de la banda armada y sus apoyos políticos. Ya haya sido en forma de expresa escisión (cuando Rosón), ya con un goteo de deserciones (tras Argel o con posterioridad a la fallida experiencia de paz a cargo del MLNV, del que se separan Aralar y numerosas personalidades con la ruptura de la tregua en 1999). Previsiblemente, estamos ante un jalón más en este proceso. Porque hay un núcleo de ETA y de su entramado político que, por increíble que parezca al resto de mortales en estos tiempos, sigue pensando que hay un camino que recorrer con pasamontañas. A lo mejor es que hacen de la necesidad virtud, a lo mejor es que están locos o que son unos malvados sin ningún tipo de escrúpulo. No sé, cada cual tendrá su explicación. El caso es que algunos quedan todavía en ese estadio. Y probablemente, como siempre, asistiremos a un goteo de deserciones tras la enésima vuelta a las andadas de la banda. ETA sigue como siempre, pero cada día es más pequeña y marginal. Ellos mismos son conscientes de que tienen un problema y que, como la selección española, su capacidad de ilusionar con las viejas recetas de siempre está bajo mínimos. ¡Bien que se han cuidado a esperar a después de las elecciones para anunciar la ruptura, conscientes de que habría podido costar muchos votos a las listas que simpatizan con sus acciones!
En este caso, sin embargo, apartándonos del esquema estrictamente nietzscheano tan caro a la habitual contienda política española, ha habido algunas novedades que han diferenciado el proceso de lo que habíamos vivido hasta la fecha en nuestra joven democracia. No estamos estrictamente ante un eterno retorno de lo mismo, de exactamente lo mismo. Ha habido, al menos, dos cambios:

- El centroderecha español ha abandonado el consenso político español existente desde la transición en este asunto. Considera en estos momentos el PP que, a la vista de que las cosas, como se ha demostrado una vez más, siempre acaban igual, no es sensato ni conveniente volver a intentarlo siquiera. Entienden sus dirigentes que tras el esfuerzo de Aznar quedó claro ya para siempre que esa vía no tiene sentido y que cualquier Gobierno que se embarque en ella peca de ingenuidad, como mínimo, y que por este motivo su acción supone un riesgo para la eficaz lucha contra el terrorismo. Porque las ganancias marginales que se obtienen no compensan la imagen que ellos entienden de genuflexión ante los terroristas que se deriva de estar dispuestos a negociar con ellos medidas de reinserción a cambio de un fin de la violencia. Es una postura perfectamente legítima y defendible, con la que se puede estar o no de acuerdo (en mi caso, por ejemplo, no la veo demasiado realista). Sólo es de esperar que, llegado el momento, el PP esté en condiciones de mantenerse en estas convicciones en el futuro. Si no fuere así, estaría claro que las legítimas dudas que algunos albergamos sobre cuánto de electoralismo y demagogia hay en la supuestamente firme posición defendida por el PP sólo desde que gobiernan otros quedarían definitivamente despejadas. Mientras tanto, sin embargo, hemos de concederles el beneficio de la duda: tienen otra visión, radicalmente diferente a la de su partido hasta hace unos años y a la de todo el consenso en la materia desde la transición, que puede parecernos o no acertada pero que, en la medida en que existe, es mejor que se exprese y plantee a que quede acallada en las vaporosas brumas de un “consenso” en la materia consistente en acatar todo lo que diga el Gobierno.

- ETA se ha mostrado menos jerárquicamente organizada y obedientemente estructurada que nunca. Menos seria de lo que históricamente ha sido. Con atentados mientras teóricamente estaba en tregua, por ejemplo, en medio de una esquizoide ceremonia de confusión. Se avizora una importante fractura en la tradicional disciplina etarra que, probablemente, es síntoma y preludio de su creciente y constante debilitamiento.

En el mundo moderno y en una democracia liberal matar es muy fácil si uno está lo suficientemente dispuesto. Se han de asumir riesgos, claro, y es probable que tarde o temprano te pillen. Pero, mientras tanto, los cadáveres serán consecuencias irremediables. Luchar contra esto no es fácil. La experiencia del último medio siglo nos demuestra la dificultad a la que cualquier Estado se ha enfrentado a la hora de combatir el terrorismo, la generalizada incapacidad para eliminarlo totalmente por medios policiales, incluso en los Estados nación que pueden ser ejemplos de éxito (no hablemos ya de los estragos del fenómeno terrorista en los estados fracasados en tanto que tales como Colombia o muchos estados africanos). Italia, Reino Unido, España, Alemania o más recientemente los Estados Unidos han padecido en sus carnes la dificultad de liquidar totalmente esta lacra con medidas exclusivamente policiales. Los medios requeridos para matar a gran escala se han simplificado y hecho accesibles hasta niveles desconocidos en siglos anteriores, a la vez que el propio modelo de nuestras sociedades y economías facilita enormemente mostrar flancos que impiden garantizar la prevención ex ante de forma absoluta. Ahora bien, a su vez garantiza un modelo de convivencia ciertamente exitoso en términos globales. Por mucho que grupos muy pequeños y con poco apoyo social pueden infligir daños puntualmente considerables (pero, en el fondo, estructuralmente marginales).
La solución policial es ineficiente para una total erradicación de la amenaza, como ha demostrado la experiencia. Permite llegar a un estadio de cierta tranquilidad general, a un coste relativamente pequeño. Pero puede hacerse más. No sólo las medidas policiales son capaces de debilitar al terrorismo, ya sea en su versión islamista siglo XXI, ya sea en forma de coletazos anacrónicos como el que lleva a cabo ETA. También ayuda un escrupuloso respeto a nuestro sistema de libertades. Por decirlo de alguna manera, no hay mejor forma de combatir la expansión y extensión de la base social y del apoyo a las actividades terroristas que privarles de todo su argumentario político y reivindicativo, que desposeerles de cualquier atisbo de razón en su crítica a nuestro sistema y a las oportunidades que en realidad da el mismo de defensa de cualquier idea o reivindicación. Esto es algo que España y su democracia ha hecho bastante bien hasta la fecha. Que es probable, además, que siga así. Y que ha conducido, siendo realistas, a una enorme marginalización de la actividad etarra.

Queda en cualquier caso por resolver cómo liquidar, además de con presión policial, al núcleo de irreductibles. Tarde o temprano este u otro gobierno se verá en la tesitura de, de nuevo, tener que plantearse si la nueva doctrina del PP ha de ser seguida o no. Porque tarde o temprano habrá otra oportunidad de tratar de eliminar estos rescoldos que tanto daño puntual pueden todavía causar y, entonces, habrá que decidir qué se hace.

Pero, sobre todo, queda por resolver un asunto, en realidad, mucho menos espectacular pero más grave que el de ETA. Porque no es algo que pueda provocar daños puntualmente dolorosísimos pero estructuralmente nimios (por mucho dolor que ocasionen a las personas directamente afectadas), en la medida en que supone un problema que afecta a las bases mismas del sistema democrático y a nuestro modelo de convivencia. Se trata del problema derivado de las restricciones a la libertad de algunos, de muchos, que se producen en el País Vasco al amparo mediato de la actividad terrorista etarra. Con las que la democracia española y sus grandes partidos han sido demasiado complacientes hasta la fecha. Con las que el nacionalismo vasco ha convivido de una forma escandalosamente cómoda. Es un asunto muy complicado de resolver, en tanto subsista, aunque sea a escala de pequeña mafia local, la amenaza etarra. De hecho, este es el motivo por el que no hemos sido capaces de resolverlo. Pero, dado que parece que no vamos a lograr normalizar la situación a corto plazo por la vía de liquidar su última causa (el terrorismo de ETA) convendría prestarle una enorme atención y ponerse a la faena de tratar de mejorar algo la situación. Porque aquí sí que estamos frente a una situación grave. La misma libertad que creemos que un sistema democrático ha de garantizar a los que piensan de cierta forma (y, por ejemplo, creen necesarias las acciones de ETA), la misma, como mínimo, han de ser nuestras instituciones capaces de grantizar, de hecho, a todos los ciudadanos. Para ello se requiere una novación del compromiso cívico de las fuerzas democráticas que hacen política en el País Vasco, una conjura ciudadana para ir arrinconando esas formas de terrorismo ideológico y coacción de baja o media intensidad que, en el fondo, obligan a hablar, todavía, de situación de excepción democrática en el País Vasco. Que todo el mundo pueda ser libre y sentirse libre de hablar y expresar sus opiniones debiera ser una prioridad política de las fuerzas políticas vascas. Que haya una sola persona que se sienta coaccionada o  arrinconada a causa de sus ideas (no por ETA, que mientras subsista lamentablemente se dedicará en parte a esto, sino por otros partidos o instituciones, por la sociedad o por ciertos grupos) es algo inadmisible a estas alturas. Habrá que ponerse, de alguna manera, aresolver esto. Y, mientras tanto, dejar que ETA siga con sus estertores y sus coletazos sangrientos, tratando de minimizarlos y acelerar el final, sin duda, pero sin que ello permita seguir postergando estas otras cuestiones, que son urgentes.