Hay que reconocer al PP y su labor de oposición una cosa: han logrado identificar los dos asuntos políticamente más desgraciados de la legislatura, a saber, la lamentable y demagógica bulla montada a cuenta de la política antiterrorista, por un lado, y la lamentable y demagógica bulla montada a cuenta del nuevo Estatut de Catalunya, por otro.

En ambos casos pueden albergarse legítimas dudas sobre el mérito del PP al haber logrado identificar los abcesos. Habrá quien dirá que es muy fácil saber cuál es el foco de un incendio cuando uno es el responsable de iniciar el fuego. Queda, en cualquier caso, fuera de toda duda, más allá de si el PP tiene o no culpa, que la actuación del Gobierno en ambos casos ha sido lamentable, por indefinida, dubitativa y timorata. Del sistema “meter sólo la puntita” con el que se está tratando de embridar los problemas realacionados con ETA, Batasuna o De Juana Chaos nos ocuparemos otro día. Porque, a buen seguro, tendremos tiempo y lamentables momentos futuros para hablar largo y tendido. Sin embargo, liquidada ya la batalla por la reforma estatutaria catalana, conviene recordar los grandes hitos del esperpento.

1. El Gobierno acepta entrar en un proceso de reforma que afecta a toda España sin enfrentarse previamente a una delimitación global del reparto competencial Estado-CC.AA. Como resultado de esta decisión y de las prisas catalanas, la reforma estatuaria se hará a partir de una interpretación que lleva al límite el campo de juego marcado por la Constitución. O va más allá de éste, ya veremos. El Tribunal Constitucional todavía ha de pronunciarse sobre esta cuestión.

2. La deslealtad hacia el modelo federal de Estado mostrada por los partidos catalanes, ya tradicional (tensando la cuerda cada vez que pueden y pidiendo mucho más de lo que saben que se les puede dar o es aceptable constitucionalmente como táctica negociadora), es sólo parangonable a la ya tradicional deslealtad hacia España manifestada por las instituciones del Gobierno central y la estructura sociopolítica que las enhebran (restringiendo sistemáticamente todo lo que pueden las peticiones de las autonomías, cediendo únicamente a sus demandas, por sensatas que sean, cuando no tienen más remedio, boicoteando el desarrollo del sistema de reparto competencial constitucional y estatutario).

3. Las mayores cotas de surrealismo se han vivido a la hora de definir sistemas de financiación propios para diferentes Comunidades, producto del rechazo generado por el modelo de financiación fijado en el Estatuto Catalán, que abre la vía hacia una bilateralización de estas relaciones, al uso de lo ya existente con País Vasco y Navarra. La reforma estatutaria de 2006 dejó claro que el PSOE entendía que no había problema alguno en aceptar una ordenación del sistema de financiación autonómica de este tipo, si consideraciones políticas de partido así lo aconsejaban.

4. El Partido Popular realizó una labor de oposición brutal a todo el proceso. A sus excesos y a sus más inocentes desarrollos, contribuyendo a la esquizofrenia de sus simpatizantes en Cataluña, donde el partido sí había defendido la necesidad y conveniencia de la reforma. Abanderando la idea de una España unitaria y deudora de la idea recentralizadora que Aznar desarrolló en su segunda legislatura, el PP montó una zapafiesta tremenda. Nada que objetar si, a diferencia de lo que se intuye que hizo el PSOE a nivel nacional, la clave que explica esta oposición tan férrea (incluyendo excesos rayanos en lo racista en ningún caso justificables) es una idea de España a la que se mantienen fieles. Ocurre, sin embargo, que pronto ha quedado en evidencia la sospecha de que el PP, sencillamente, estaba jugando con demagogia barata.

5. PSOE y PP habían pactado antes (Valencia) y pactan después otros Estatutos, como el andaluz, con contenidos evidentemente calcados de los que suscitan enorme polémica si están en el catalán. El PP ha llegado incluso a plantear recurso de inconstitucionalidad contra preceptos idénticos a otros votados para otras autonomías por ellos. Si en el caso del PSOE, al menos, hay cierta coherencia en la actuación, dado que sea por necesidad sea por convicción han llevado la reforma estatutaria siempre por unos mismos cauces (a mi entender, profundamente desafortunados cuando de establecer un sistema de financiacón ad hoc para cualquier autonomía se trata), la actitud del PP es un esperpento político mayúsculo.

6. Mariano Rajoy, para rematar la faena y añadir algo de pimienta a las apuestas que desde hace un año tenemos muchos montadas (¿cuánto tardará el PP en tragarse el Estatuto catalán con patatas, poner buena cara y hacer como si aquí no hubiera pasado nada?), lleva anunciando desde hace días su intención formal de pactar con aquellos que, hace bien poco, eran “amigos de los terroristas” (PNV), “querían romper España” (CiU) o deseaban “entregar Navara a ETA” (PSN). Y esto sin necesidad de ponernos a transcribir los más gruesos insultos y las barbaridades más espectaculares que pueden constituir salidas de tono: lo que reflejamos era el discurso oficial del partido cuando hablaban sus dirigentes moderados.

Si las cosas eran de verdad tan graves, no es admisible entrar ahora en componendas. Porque, recordemos, al PSOE y al Gobierno no se le aceptaban, algo plenamente coherente con la consideración que merecían tales actitudes, rayanas, según el argumentario popular, en la mayor de las infamias, en la traición a la paatria y en la rendición a los terroristas.

Si las cosas eran meras fruslerías, cositas propias del debate político sin mayor importancia, la labor de oposición, en tono, fondo y formas desarrollados por el PP, que han sido los propias de un momento de excepción democrática, debieran incitar a una profunda reflexión sobre el irresponsable y demagógico ejercicio de la labor de oposición que ha llevado a cabo este partido.

Total, todo para acabar aceptando lo que los nacionalistas catalanes, vascos, canarios o de donde sean le pidan para ver si así hay alguna posibilidad de gobernar. El punto final de la actuación es de tal nivel de desfachatez que su acrítica aceptación por parte del electorado nos sitúa en una nueva cota de la ecclestonización de la política española. Ya no se trata de votar a alguien bajo chantaje de que, en caso de no ganar quienes son desgnados por él, nos deja sin hospital o sin Fórmula 1. Se trata de que los españoles empezamos a saber que, o votamos a unos señores, o nos masacran durante años de esta forma.