La frase no es mía. Es de Ángel Acebes. Y aquí hay algo que no se entiende, porque se supone que el PP era y es España, por no hablar de la rutilante sucesión de éxitos electorales de que alardeaban sus dirigentes.

Dicho lo cual, hay que reconocer a Ángel Acebes que tiene razón: el PP ha ganado las elecciones municipales. Tiene razón también en que es la primera victoria electoral de su partido desde 2000. Y, probablemente, tiene más razón que un santo en estar como unas castañuelas, dado que se asegura su puesto de trabajo hasta 2008. Algo que tiene su mérito, habida cuenta de que tanto él como toda la plana mayor dirigente del PP son personas directamente asociadas a la gestión de la segunda legislatura aznarista y al esperpento del 11-M. Tras semejante prestación, de las más gloriosas que se recuerdan en el país (y eso que hay competencia), lograr que el PP se mantenga tan sólido a nivel nacional es indudablemente una gran hazaña.

No obstante, dos pequeños, casi insignificantes lunares pueden quitar algo de lustre a la ya asumida por todos como espectacular victoria del PP. En primer lugar, que el manifiesto desequilibrio geográfico en lo que hace a las diferencias en votos entre los dos grandes partidos puede provocar que, respecto a los resultados de 2003, el PP deje de gobernar en Canarias (aunque aquí ya fue largado del ejecutivo por el enésimo cambio de pareja protagonizado por CC), Baleares (de nuevo PP y PSOE habrán de competir por convencer a la inefable María Antonia de que sólo con ellos y no con los otros será como lucirá mejor palmito que nunca) y Navarra (donde Rodríguez Zapatero ha visto que ya no podrá pasar a la historia de España como el que entregó la región a la ETA: ¡los cabrones de los navarros se han adelantado!). Adicionalmente, parece claro que la victoria del PP no se va a traducir en más poder municipal sino en menos, con dos rutilantes excepciones: Madrid y la Comunidad Valenciana, donde la marea contra ETA va más allá de los espectaculares resultados de las capitales y arrastra a numerosas ciudades medias, de gran importancia demográfica y económica, tradicionales bastiones rojos. Así pues, siendo indudable la victoria del PP, también lo es su previsible desalojo de algún gobierno autonómica y de importantes ayuntamientos. Se trata de una victoria, por ello, como mínimo un tanto amarga. No sé si el hecho de ganar por un 0′5% al PSOE en sufragios emitidos compensa, pero la verdad es que ciertas exageraciones de medios de comunicación afines y de los propios dirigentes del PP llaman la atención.

Con todo, es evidente que estos datos dejan al PP en posición de disputar las elecciones generales. Logran una ventaja ligeramente superior (medio punto largo y casi 200.000 votos) a la renta que obtuvo el PSOE (medio punto corto y casi 150.000 votos) en 2003 en las municipales. Es decir, “que están ahí”. Con ser un resultado excelente, que refleja con toda seguridad que la labor del Partido Popular y de su cúpula dirigente ha sido todo un éxito a la hora de fidelizar a su base electoral y ampliar ventaja de manera espectacular en los sitios donde gobiernan, los datos de participación permiten al menos poner en duda que la cosa signifique necesariamente que el PP “esté ahí” en unas elecciones generales. La altísima abstención, reflejo de cierta normalidad democrático-burocrática pero no por ello menos irritante, no es fácil que se repita de aquí un año. Menos todavía si encima la gente tiene la sensación de que los resultados están en el aire. Y es de suponer que este elemento puede tener algún tipo de incidencia respecto de los resultados globales.

Excepción hecha de estos dos nimios detalles (que el PP gana pero previsiblemente pierde varias comunidades y algún ayuntamiento mientras que el PSOE va a mandar en más autonomías y ciudades que antes; que las condiciones de participación en unas elecciones generales suelen ser algo diferentes a las de unas municipales), es comprensible que las gentes del PP anden exultantes. Pero lo es más que nada por comparación a lo que podían temerse que por la concreta prestación electoral realizada. Muy pocos habrían podido pensar el 15 de marzo de 2004 que sus expectativas electorales tres años después serían tan buenas. En paralelo, es significativo el evidente desánimo en las huestes rojo-separatistas (aunque a lo mejor como escribo desde Valencia esta percepción está algo distorsionada, por exagerada, dado que aquí se ha producido un barrido popular en toda regla).

Ahora bien, las lecciones políticas esenciales que se extraen de estas municipales son, en realidad, un poco las de siempre en este querido país nuestro. Y no son enseñanzas que le hagan a uno bailar de alegría:

1. Quien manda, gana. Por surrealista o duro que pueda parecer, estar en la poltrona asegura réditos electorales con visos de eternidad. Entre lo que nos gusta a los españoles que manden los de siempre, lo a gustito que estamos con ellos a poco que las cosas vayan medio bien y la tendencia de la oposición a plantear sus estrategias más a partir de la idea de “aguantar el chaparrón” con tácticas cortoplacistas que otra cosa, cambiar aquí un gobierno regional es casi un milagro. Si nos ponemos un poco exigentes, la verdad es que la estabilidad del mapa electoral autonómico en España tiene tintes grotescos en muchos casos (pueden Ustedes elegir dónde empieza lo grotesco, si en 16 años seguidos, en 20 o en 24, que ejemplos de todo eso tienen para analizar con lágrimas en los ojos y más que tendremos en el futuro). Porque puede darse el caso, muy excepcional, de que unos sean tan buenos y otros tan malos que siempre manden los mismos (en siglas y en personas). Pero, la verdad, no creemos que el Estado de las Autonomías haya producido tantos y tantos dirigentes de espectacular competencia como para que tengamos en España el panorama que tenemos. Como un experto analista político comentaba ayer mismo por la noche, los cambios que pueden producirse, en el fondo, no son sino consecuencia de la unión de muchos partidos en pos de un objetivo común, aprovechando voto antes desperdigado (Navarra, Baleares). Y, aun así, lo cierto es que el PP ha aguantado bastante bien en ambos casos. Sólo Canarias, con su peculiar tendencia a primar a quien gana en Madrid, ha protagonizado un cambio de más amplio calado. Y, mientras tanto, la verbena cántabra, con el PSOE regalando un gobierno autonómico con tal de quitarle el sillón al PP, acaba provocando que los electores pongan al PSOE exactamente donde ellos mismos se pusieron voluntariamente: como tercer fuerza política, dado que la prima a quien manda beneficia sistemáticamente a quien es la cabeza visible, por esperpéntica que sea, de los que gobiernan.

2. El éxito del nacionalismo victimista o el regionalismo del agravio comparativo. Los más espectaculares, porque lo han sido y mucho, éxitos del Partido Popular demuestran que la estrategia sabiamente cocinada y aliñada por el PNV en Vascongadas, por CiU durante años en Cataluña, por el BNG más recientemente en Galicia o por el partido nacional-regionalista de las quejas andaluzas que en esa comunidad se presenta bajao el paraguas electoral del PSOE, tiene larga vida por delante. Gran parte del triunfo de Aguirre (lo de Gallardón parece tener una explicación distinta) o de Camps se fundamenta en haber empleado su poder institucional como ariete contra el Gobierno central a la manera que Ibarretxe ha enseñado al mundo en su estadio más acabado. Los nuevos lehendakaris de Madrid y Valencia han cumplido el guión al pie de la letra: han pedido toda la pasta del mundo y más, han bramado porque se la dan toda a los catalanes (vascos y catalanes dirían aquí “madrileños”), han reivindicado cualquier elemento de su gestión como valiente defensa frente a la agresión exterior y han cruzado el rubicón de empezar a incumplir masiva y sistemáticamente la normativa básica estatal “porque yo, como buen soberanista abertzale, lo valgo”. La vieja idea de la lealtad institucional imprescindible en cualquier estado federal queda así hecha añicos, pero a cambio se consiguen mayorías cercanas al 55% de los votos.

3. Creciente transformación de la democracia española hacia un bipartidismo duro, sólo alterado por el hecho nacionalista. La descomposición general de Izquierda Unida en toda España (excepción hecha de Madrid, donde el PSOE le ha aplicado una eficacísima respiración asistida de nombres Sebastián-Simancas), donde desaparece incluso de históricos graneros de voto como los ayuntamientos de Valencia o Alicante, permite avizorar que la izquierda está comenzando a construir un espacio político equivalente al que el PP tiene en la derecha. Es sumamente empobrecedor desde un punto de vista democrático, pero enormemente rentable para conseguir el poder. Mientras la legislación electoral prime como prima a los más grandes esta tendencia no puede sino acrecentarse, dado que la izquierda no tiene más remedio que articular una alternativa eficaz al modelo del PP de quedarse con todo el voto de la derecha. Izquierda Unida, en la actualidad, es ya un partido casi totalmente marginal, tanto en el debate público español, como en el que se produce en casi todas las autonomías y ayuntamientos. Y, cuando no es así, ello se debe más a consideraciones localistas que a otra cosa. Izquierda Unida ha dejado de ser un partido nacional para pasar a ser una federación de diversos hechos locales con una sensibilidad medio común que les permite ponerse una etiqueta conjunta. El problema es que, en poco tiempo, esto de las etiquetas conjuntas va a ser más una desventaja que algo útil.

4. En paralelo a la desaparición de Izquierda Unida, se consolida por todas partes la emergente fuerza de nacionalismos o regionalismos de toda laya. Se trata, a día de hoy, del único espacio alternativo a los polos de nuestro bipartidismo patrio. Crecientemente desideologizados y especializados en aprovechar a pequeña o gran escala la lógica del agravio comparativo y de la exaltación de las glorias nacionales-regionales-del pueblo como único argumento político, su crecimiento depende de las circunstancias favorables (que la región sea históricamente levantisca, que tenga una ley más permisiva con las minorías, que puedan tocar poder de rebote y asentarse a partir de ahí, que la oposición del PP o del PSOE al gobierno de turno sea especialmente patética…) y de la gracia para aprovecharlo. Florecen aquí y allá con mayor o menor profusión y se han convertido en la única alternativa a PP y PSOE. Así de triste. Como compensación, permiten al menos ciertas alegrías dado que su política de pactos permite llegar a acuerdos con todo el que les prometa lo suficiente. Siempre y cuando, eso sí, que les permitan quedarse con el monopolio de la queja ante el maltrato, que en esto difícilmente admiten competencia. BNG, PNV, CiU, Unió Mallorquina, Bloc Nacionalista Valencià, Partido Aragonés, Partido Andalucista… tienen acreditado que cualquiera de los dos grandes polos puede contar con su apoyo. Lo cual les convierte en si cabe más importantes y es, a la vez, un factor clave de supervivencia (de otra forma, acabarían abducidos por el polo electoral correspondiente). De alguna manera, se trata de una manifestación más de la pobreza de la democracia española. No sé si la más triste, porque hay para elegir, pero sí de una especialmente dolorosa. ¿Queremos una democracia y un sistema electoral que primen eso de estar ahí o allá, con la única alternativa de ponerte en plan “orgulloso de ser de Fuentetaja del Tremedal”?

5. La estrategia política nacional de los dos grandes partidos infecta de manera bastante opresiva las campañas municipales y autonómicas, incorporándose a los datos ya apuntados. Lo cual permite, al menos, hacerse una idea de cómo van las cosas a unos y a otros, en términos de respaldo ciudadano. En estos momentos, parece que la estrategia “De Juana Chaos - Batasuna en las listas - España se rompe y ZP es el culpable” del Partido Popular tiene viento en las velas. Por el contrario, aumenta la presión para una rectificación del PSOE sobre su orientación en estos asuntos. Navarra será el lugar en el que se visualizará cómo deciden los chicos de ZP resolver el dilema. Ya veremos. La estrategia del PP, de altísimo riesgo más allá de fidelizar a sus votantes de forma muy eficaz, es de enorme mérito si se corresponde con una idea de España sentida en verdad como la predican. Y que, en consecuencia, están dispuestos a llevar a término hasta sus últimas consecuencias. Y es de enorme mérito porque tiene pocos visos de ser electoralmente rentable, máxime cuando, si coherente, sólo le permitirá gobernar con mayoría absoluta. Si se ha tratado, en cambio, de un show demagógico para agitar los demonios ultras de los españoles (algo que quizá tengan ocasión de demostrar dentro de un año, caso de que estuvieren otra vez en disposición de gobernar a cambio de ponerse tiernos con uno o varios hechos diferenciales y tragarse el Estatut de Catalunya del primer artículo a la última disposición adicional), habría de merecer un juicio muy negativo por parte de cualquier persona que quiera al país, a los ciudadanos y al debate político. Por lo que respecta al Partido Socialista y su silente líder, estaría bien que un día de estos demostrara con hechos que cree sus entusiastas declaraciones sobre la madurez democrática de los españoles y planteara claramente, como si los españoles fuéramos mayorcitos, qué es lo que cree en el fondo que conviene hacer con la economía, las desigualdades sociales, la orientación productiva de nuestras labores o el culto al ladrillo. Un día de estos, también, incluso, podría decir qué es lo que cree en el fondo que es mejor para resolver el asunto vasco. Y así daría satisfacción al PP pero también a todos los que creemos que la política en un país democrático exige que estas cosas se comenten con un mínimo de respeto a la inteligencia de la gente. Lamentablemente, mientras se sientan electoralmente tan seguros como hasta ahora, hay pocas probabilidades de que así sea. Y, lo que es todavía peor, como interpreten esto de la primera victoria del PP en siete años (¡fíjate tú que, escuchando a Acebes o leyendo la prensa, ni nos habíamos enterado de que llevábamos tan larga sequía!) como un aldabonazo serio, es de temer que nos lancemos por la vía del show demagógico en una versión buenrollista que puede ser bastante asquerosa.