Se irritan los conservadores españoles por la publicación del libro “Retratos de familia: miradas a las familias españolas del siglo XXI” por parte del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales. Se trata de de ciento treinta fotografías acompañadas por breves textos de varios autores entre los que destaca el célebre cronista y crítico de pornografía tan querido por esta página, Joaquín Leguina. La obra le ha costado 45.000 euros al Estado español, el que a todos nos quiere, el que a todos nos cuida. Y fue presentada antes de ayer en la Biblioteca Nacional, una pequeña formación arquitectónica que al modo de los moluscos en el pilar de un puente, rodea la por todos conocida Bandera de Colón. La directora de dicho mejilloncito cultural, Rosa Regás, explicó junto a la secretaria de Estado de Servicios Sociales, Familias y Discapacidad, Amparo Valcácel, de que iba la movida: una iniciativa consistente en mostrar cuál es la realidad familiar actual, una institución esta que partiendo de un modelo “tradicional, rígido y basado en la obediencia” es ahora “polimórfico”.

Estas familias “polimórficas” son las familias de hoy, “estructuras emergentes” o “situaciones de convivencia”. Tal y como dicen que muestra la obra (que no la he visto): parejas de homosexuales, parejas con hijos adoptados, familias de acogida, hogares monoparentales, familias unipersonales (!) y sujeto con perros, gatos y demás animales domésticos o domésticos porque a ti te apetece decir que una pitón es doméstica.

A esta propuesta, postura o forma de ver qué es una familia hoy día, el diario ABC dedica su editorial de hoy “Familias sin adjetivos”. En él se dice que calificar como familia a un grupo de seres humanos que deciden vivir juntos es un “dislate”, que seguramente proferirá la directora de la Biblioteca Nacional porque le da gustera eso de “desbancar” a la familia de padres e hijos. También cuenta que Rosa Regás se puede ir jodiendo porque según los datos oficiales la familia de padres e hijos es la mayoritaria en nuestro país. Y deduce que, por lo tanto, la inversión en esta publicación sólo sirve para “acelerar la imaginaria crisis de una institución que, hasta ahora, se ha llamado siempre familia, sin adjetivos”. Para después enumerar las virtudes de la familia de siempre: “Es una institución capital para transmitir valores cívicos y morales, reforzar la estabilidad emocional y cuidar a los enfermos y ancianos. Permite también a los jóvenes, muchas veces con gran sacrificio económico de los mayores, vivir en el hogar paterno ante las dificultades para acceder a una vivienda propia. Cuando fracasa la vida familiar, el individuo pierde una referencia vital y un espacio donde priman el cariño y la comprensión como formas básicas de convivencia”. Y, finalmente, concluir, que “no es por tanto, una más entre otras fórmulas voluntarias para organizar la vida de cada cual”, sino que es, digo yo que querrán decir, La Verdad, el Fútbol Club Barcelona… algo más, algo por encima de.

Por otra parte, Josep Ramoneda, comentando en El País, también hoy, el significado de las revoluciones de 1968, hace una referencia a este asunto de la familia, pues según dice, sin 68, un detractor del 68 como Sarkozy, sería impensable que se pudiera presentar hoy a unas elecciones a juzgar por el número de divorcios que ostenta en las vitrinas de su sala de trofeos.

Hechas las presentaciones, con la autoridad que me otorga haber arbitrado un partido de fútbol sala en julio de 1996, yo, como corresponsal de LPD en la Meseta, digo:

1- De nuevo nos encontramos con que ni la ETA, ni Al Qaeda, ni el mismísimo Satanás, los mayores problemas políticos de España vienen de la mano de los filólogos. Que si la unión entre dos hombres no es un “matrimonio” etimológicamente hablando por mucho que uno sea pasivo y otro activo así que te saco no sé cuántos mil tíos a la calle, o en un sentido contrario, que yo, aquí, ahora, tumbado en el sofá, con este tercio de Mahou y estas olivas en manzanilla formamos una familia, sí, qué pasa.

2- La familia no es ninguna tontería. En los primeros pasos de la Unión Soviética se trató de establecer un modelo de sociedad urbana formado por individuos, no por familias, a fin de hacer al ciudadano más permeable a la propaganda y que la comunicación e información (las consignas, vaya) fuesen del estado al sujeto sin pasar por ese filtro-mampara tan engorroso que es la familia. El resultado de esta política fue un aumento descomunal del número de abortos y un desparrame en los índices de criminalidad causada por bandas juveniles de desarraigados a un estilo Dickens Soviet Hard Line. Gracias a este gran éxito, se tuvo que dar un giro radical a esta política con la correspondiente mega campaña de apoyo a la familia y sacralización del cabeza de la misma con tal de poner orden y asentar un sistema que hacía aguas sobre algo estable de una vez por todas. El resultado fue que Stalin se conformó finalmente con edificar hogares en el que cada cuatro familias compartían la cocina para eliminar la intimidad familiar, sembrar inquietud y desconfianza y poder así mantener un control efectivo sobre la población. Los comunistas rusos podrían ser malísimas personas, pero si veían grandes extensiones del terreno completamente mojadas decían rápidamente que ahí había llovido. No eran tontos. Y si arremetieron contra la familia en un principio es que, tal y como dice el ABC, ésta puede ser un garante de la transmisión de ciertos valores, un abrigo moral, anímico y la de Dios es Cristo para el individuo y una defensa de la sociedad contra los totalitarismos. Claro que sí, pero del mismo modo que, cuando vieron que no chutó el invento abordaron el asunto en sentido inverso, es decir, encumbrando la familia, también se podría afirmar que ésta también puede servir como vehículo para extender la primera porquería que el Caudillo de turno encuentra tirada en el estercolero que es su mente, siempre que la tenga en cuenta. Así que menos valores Caperucita.

3- Javier Aizpiri, psiquiatra vasco, experto de la Organización Médica Colegial en adicciones, dice que la incomunicación y por tanto ruputura de los vínculos que unen una familia, además del techo bajo el que viven, es una de las principales causas de la creciente tendencia a la adicción en el consumo de drogas que se observa en la juventud actual. En este sentido, explicó hace unos meses en un congreso en Madrid que, entre otros muchos problemas, las familias que ven la tele en las comidas, o a lo sumo, las que comen cada uno en su habitación con su tele personal, son ETA, la incomunicación, la primera piedra de un nuevo mundo acultural por el que se cuelan las adicciones como si de un arco defendido por el guardameta Pichu del Atlético de Aviación se tratara.

4- Cabe deducir a la vista de estos hechos, que más allá del debate sobre las virtudes de la familia tradicional de toda la vida de Dios y las de la interpretación semántica más amplia, o laxa si se quiere, que hacen del término las baronas socialistas, lo que de verdad prima a la hora de transmitir valores que hagan de la convivencia un espacio en el quepan cuantos más mejor lo más cómodo posible no es otra cosa que la educación y crecimiento interior y cariño que pueda adquirir y recibir el sujeto en su etapa de formación. Que luego éste llegará mejor por medio de la pulverización de los capilares faciales a causa de los pellizcos de la abuela o se alcanzará antes durmiendo desde edades tempranas con una iguana enroscada en el ciruelo, que lo digan los sociólogos y psicólogos, a poder ser, en inglés, para que les hagan más caso.

5- Dado que el mundo tiene la fea costumbre de avanzar en todos los aspectos y que todos están interrelacionados, la pinta que tiene esto (guerras de religión y apocalipsis venideros al margen) es que, para disgusto del ABC y afines, esta cosmología que describe el dichoso libro cada vez será más común y estará más extendida, no más que la familia de siempre, que no tiene por qué diluirse en las aguas de una sociedad sodomita y batasuna, ni dejar de ser la vía mayoritaría. Porque hay algo que deberían entender los conservadores y es que lo mismo que la familia está muy bien, también puede ser un entorno no escogido del que el individuo no desee más que huir lo más lejos posible. Que hay casos. Yo sé de unos pocos millones.

Enumerado este pentágolo, sólo quedaría remitirse a los inventores de la civilización, los primeros españoles, allá, en la Grecia Clásica. Los griegos dieron las primeras trazas que estructuraron el funcionamiento de la sociedad que conocemos. Ya, incluso hace tantos años, tuvieron que enfrentarse al problema de la viabilidad de la familia de toda la vida de Dios antes de Cristo. No en vano, la que tenían allí montada con las “estructuras emergentes” de convivencia era de traca: más de la mitad maricones, un cuarto tullidos de guerra y el resto filósofos (del pre-griego clásico: dícese del que no folla). Es por ello que con ese gran talento para la improvisación de los pueblos mediterráneos, inventaron el ágora, sobre la que se asentó y articuló su sociedad, que es la nuestra, pues hasta en la morfología urbana de nuestras ciudades se observa una estructura radial en torno a la plaza (ágora) o punto de reunión, de encuentro, del populacho, al contrario que las anglosajonas, rigurosas cuadrículas, o las musulmanas, donde la calle es el espacio que a la buena de Dios queda entre las casas. Los latinos somos así, somos seres unos, pero uno con un ágora. Así pues, no hay más que hablar, si el ABC quiere defender estructuras sólidas que sirvan para la transmisión y perpetuación de los valores eternos e incontestables que dan lustre, esplendor y superioridad en lo emocional a nuestra civilización cristiana, mediterránea y latina por encima de todas las demás, crear nucleos de calor humano, bunkers anímicos que además sirvan para depositar cuidadosamente a los ancianos más contentos que la chorra y crear una alternativa a la vivienda, que haga frente común patriótico con una sola reivindicación, que unan sus gargantas a un solo grito: ¡más bares!