Si se pudiera poner un ejemplo claro y conciso sobre en qué consiste que un político trate a los ciudadanos como si fueran completamente subnormales, ese ejemplo es la Comunidad de Madrid. Como yo voy por la calle y no veo que mis conciudadanos sean subnormales, pues hablas con ellos y contestan con agrado, suelen ser serviciales y es normal entablar una conversación con un desconocido en un bar con niveles de cortesía y buen humor bastante elevados (omito hablar del asfalto y lo que acontece verbalmente entre los enemigos del pueblo que pasean su tonelada y media de hierro per capita a causa de su independencia e imaginería de su prosperidad económica). Así que si los madrileños no son subnormales, aquí pasa algo raro.

Esperanza Aguirre hizo del eje de su campaña en las elecciones anteriores el tema de las listas de espera quirúrgicas, las cuales, prometió, reduciría a treinta días y si no lo lograba, dimitiría, porque ella era mujer de palabra, cumplidora, etcétera. Por si alguien estaba despistado o no se había percatado de lo maravillosa que era Esperanza, ya en el Gobierno, con el dinero de los madrileños se pagó unas campañas publicitarias para subrayar su proyecto: profusión soviética de carteles con el epígrafe “soy yo la de las listas de espera que voy a reducir” en todos los centros de salud.

Al final de la legislatura, hemos sabido todos, rojomasones y fascistas meapilas, porque es indefendible sostener lo contrario, que lo de las listas era una filfa. No sólo no se han reducido, sino que han aumentado. Y encima, lo que se hizo, la tan cacareada medida maravillosa, no era otra que cambiar el sistema de contabilización de las listas pasándose por el forro el Real Decreto que lo regula en el resto de las CC.AA. y pagándole con el dinero de los madrileños a una empresa para que los cuente con un sistema asombroso que sí, en efecto, dice que las listas se han reducido a lo prometido. Qué suerte. Igual que un cuento de princesas.

Como el consejero de Sanidad se pavonea de estos datos y la oposición dice que son una burda manipulación, lo suyo es buscar un juez imparcial, y nos encontramos que en el Sistema Nacional de Salud los únicos datos que faltan, es decir, en donde están los datos de todas las Comunidades, ya sean rojomasonas, fascistas meapilas y rompedoras de España, sólo faltan única y exclusivamente los de Madrid por no acogerse al método que emplean todas por Real Orden para calcular las dimensiones de las listas de espera. La policía, cuando ve una colilla dice: aquí han fumado. Y lo dice porque la policía no es tonta. Es por eso que a los madrileños se nos toma por subnormales. Porque no decimos nada.

Pero, como decía, yo no veo que lo seamos. Luego lo que se deduce es que pasamos de todo. De lo referente a la política por lo menos. Nos agobiará, qué sé yo, es un coñazo pensar en estas cuestiones: déjame, no me marees, estoy aquí a gusto leyendo a Schopenhauer y ahora ponen en la tele el resumen del Concilio Vaticano II, no me vengas con listas de espera pinchauvas, pesado, tíobrasas.

Los políticos tienen gabinetes para percatarse de este tipo de emociones. Y así habrá obrado el gabinete de Sebastían, el tipo que se presenta a alcalde de Madrid para, según dicen los que entienden, cobrarse el ridículo con un ministerio en la próxima legislatura socialista en el Gobierno de España. Al candidato del PSOE le habrá pasado su gabinete un informe en el que se explicaba que si al pueblo de Madrid le han llamado subnormal en la puta cara y no hay montado un escándalo de dos mil pares de cojones en toda la Comunidad, reducidos al ámbito municipal mejor no esforzarse mucho en la campaña contra Gallardón porque, como se ve, nadie está por la labor de pensar mucho.

Así pues, la campaña de este hombre se centra en faraonadas, hacer peatonal la Gran Vía; proyectos no tan viables como parecen a simple vista, Wifi pal pueblo; promesas estratégicas para el dos más dos son cuatro de los votos, quitar los parquímetros de Fuencarral, Hortaleza, Carabanchel y parte de los de Tetuán y Arganzuela; basura y mentiras, vivienda para jóvenes, más transporte público; y la emoción y alegría de los mejores goles de los Mundiales: Gallardón tiene una putita.

Gracias al debate del otro día los madrileños nos dimos cuenta de que, además de elecciones próximamente, parece ser que antes tiene lugar algo que se conoce como campaña electoral. En la televisión, Sebastián alzó una revista con la fotografía de una mujer. Dijo que esa señora estaba imputada en el caso Malaya y le preguntó a su oponente si había tenido alguna relación con ella añadiendo al final de las subordinadas “en lo referente a adjudicaciones y todo el copetín”. En esos escasos segundos, yo, que soy un auténtico pornógrafo voraz, bulímico, pensé que le habían jodido a Gallardón porque habría hecho alguna adjudicación, recalificación, subvención o vete tú a saber qué tejemaneje o apaño con esa señora. Pero Gallardón me sacó rápido de dudas, dijo: “no voy a hablar de mi vida personal”. Es decir, traduzco: “Me la estoy follando”.

Hasta que Alberto no abrió la boca a mi ni se me había pasado por la cabeza que se tratase de un tema relativo al ufano pene casquivano del alcalde. Pero helo ahí. Después ya nos hemos enterado muchos de que esta relación había sido destapada por un par de revistas hace meses y tal y cuál. Así como también hemos leído que supuestamente esto es una especie de venganza rastrera de Sebastián por las basurillas que se cuentan de él en relación al BBVA, el tal Conthe y San Dios, acusaciones elaboradas con cero coma cero pruebas.

Asimismo, parece que lo relativo a Gallardón y esta mujer aparecido en el sumario del Caso Malaya no tenía nada que ver con delitos y, de hecho, al hacerse éste público se omitieron sus conversaciones telefónicas por no tener relación con el caso. Y aunque así fuera, la forma de preguntar revista en mano del candidato socialista distaba mucho de lo que se entiende por un debate político para zambullirse de cabeza en los usos y costumbres de las tertulias televisivas del corazón, fascinantes hará diez años por la novedad y su violación de todos los límites cada semana en progresión geométrica, y también un rollo a día de hoy porque de todo se cansa uno en esta vida, hasta de que le chupen la polla.

Estos días de campaña y precampaña en Madrid han sido y son para venir y contarlo, como el País Vasco. Redadas en los bares, estos con la música al uno mandando callar a los clientes para que por favor no alcen la voz, indentificación de viandantes de color de tostado a negro tizón en todas las esquinas -una de éstas abofeteando públicamente al moreno la vi yo con estos ojos en la estación de Avenida de América- cuatro mil quinientas inauguraciones -en las pasadas elecciones fueron bibliotecas sin libros, este año parece que se han decantado por hospitales con incubadoras de atrezzo y enfermeras de profesión real figurante y modelo- y encima, rematando la infamia, especificando que no se trata de inauguraciones, sino de visitas oficiales de “obras culminadas”. Un desparrame es lo que es esto.

Y en todo este remolino de falsedad ha brotado como flor de mayo una bola de mierda y se ha ido a estampar en la cara del único político que si por algo se ha destacado en su carrera es por su educación y buenas maneras hasta la nausea. El mierdoso acontecimiento, como era de esperar, ha generado una reacción en cadena muy esclarecedora del nivel moral colectivo. Por ejemplo, Joaquín Leguina en el ABC titula una espectacular e histórica columna “Un debate convertido en telebasura” y nos informe de “una norma no escrita proscribe hablar en público acerca del gusto, de las desmesuras eróticas y, en general, de las prácticas sexuales de los adversarios” todo esto afilando la pluma y cargando las tintas, todo esto, señoras y señores, a cargo del autor de generoso en epítetos editorial de El País sobre el video de Pedro J. Ramírez. Y tampoco estuvo mal ayer Hora 25 -reciba Carlos Llamas un abrazo de mi parte por su pronta recuperación- donde se dijo que las principales víctimas de esto eran los familiares de Gallardón. Pues no. Tampoco. La víctima principal y más importante es Gallardón. Punto. En fin, que visto lo visto, hasta donde hemos llegado y lo que tenemos que tragar, sólo una petición: queremos más.