Nicolas Sarkozy élu à la présidence de la République à une large majorité

El resultado de las elecciones francesas es, simplemente, espectacular. No sé si tanto como la primera vuelta de la Presidencial de 2002 del ridículo de la “izquierda de verdad” que acabó votando masivamente a Chirac pero, eso sí, se dio a sí misma una lección de integridad ideológica en la primera vuelta y el gustazo de hacerse una fotito mientras, como cada 5 años, montaban su ritual trotskista para luego irse de copas con los amigos. Porque las masas acudiendo a las urnas por decenas de millones, las masas en las calles cantando la marsellesa y blandiendo orgullosos y felices banderas tricolores, la verdad, acojonan desde una perspectiva española. Eso por no hablar del escalofrío que nos recorre si abandonamos las huestes de Ségolène y nos vamos a las concentraciones del bando ganador, donde reina una alegría irreprimible, tanta que, incluso, durante unos días dejarán de hostigar a la escoria árabe, negra y pobre.

Ocurre que, lamentablemente, este último comentario es ventajista y chorramente estúpido. Pero algo hay que decir con tal de tirar mierda sobre Sarkozy que, dada la plana, planísima, campaña de la izquierda francesa, era la única forma de tratar de evitar o contener el efecto Sarkozy. Una campaña basada en explicar que Sarkozy es malo es totalmente absurda, dado que todo el mundo, incluyendo los fraceses, son conscientes de que es un hijo de puta. En el mejor y más francés sentido de la palabra, por supuesto, no se nos vaya a ofender nadie de la ultraderecha española alegando que insultamos y con ello les jodemos su monopolio para juzgar las características morales e intelectivas de los políticos. Pero la cuestión, sobre la que su trayectoria personal y política permite que haya pocas dudas, pasó hace tiempo a un segundo plano: el mérito, más que de Sarkozy, de la izquierda francesa, es que este hecho ha quedado amortizado, dado que, por muy impresentable que es el tiparraco, también es el único, el muy hijoputa, que plantea alternativas, que tiene un programa político, que propone medidas y expone sus sombras junto con sus luces.

Cuando en esta página analizamos las prestaciones televisivas de los diferentes candidatos, ya señalamos que Sarkozy era el único que se lo curró de manera respetuosa con la inteligencia de los espectadores y de los ciudadanos. Que lo hizo con claridad y con la pura apariencia de sinceridad que da siempre un tipo que se dedica, en vez de a regalar los oídos de la concurrencia, a plantearles sus ideas, en ocasiones opuestas a las de su interlocutor. Por duro y difícil que pueda sonar. Como es obvio para muchos biempensantes, lo que nos ocurría era claro: también a nosotros nos había invadido el espíritu de Le Pen, como a tantos y tantos franceses. Sólo de esa manera se explicaba que, frente a la chunga manipulación de las emociones y de los sentimientos en que ha basado Royal su campaña, nos pusiera cachondos la manera en que Sarkozy, de quien no tenemos dudas sobre su catadura ética pre-kantiana y sobre la pobreza de su argumentario político y limitadísima comprensión de la importancia de la solidaridad, afrontaba las elecciones. Pero es que, lo sentimos:

- Sarkozy ha comprendido que en Francia sólo se gana una elección desde la oposición y ha logrado lo increíble: estar en el Gobierno 5 años y presentarse encarnando la reforma, frente al inmovilismo y la continuidad representada por Royal.

- Ha entendido que a los franceses sólo hay una cosas que se la pone más dura que mirarse el ombligo y quedarse extasiados: pensar que los demás les estamos mirando su cuerpo macizorro y lo hacemos encantados. Frente al rollete “vamos a seguir a Zapatero y a Europa” de Ségolène, Sarkozy ha montado la campaña a partir de dejar claro que va a montar un show “à la francophone” en la Unión Europea, dejando claro que, o les hacen casito y les pagan más pasta para cuidar vacas y tener los pueblecitos rurales maqueados, o se las verán con una Francia más puñetera si cabe.

- Sarkozy, además, ha tenido el encanto siglo XXI de creer que las elecciones en estos tiempos, con medios de comunicación y votantes alfabetizados, no se ganan sólo así, sino que conviene que además la gente piense que, como poco, el candidato “hace como que tiene un programa”, con algo de entidad, y que cree en él.

En el otro lado, la izquierda francesa ha jugado la carta del buen rollito, con la esperanza de que la imagen de Sarkozy bastaría para vedarle el acceso al Elíseo. O su enemistad patente con Chirac. Cuando es todo lo contrario. Pero tampoco es cuestión de hacer demasiada sangre porque la izquierda francesa avanza: Esta vez no se han sentido obligados a votar por Chirac. Les ha bastado con dejar el camino expedito a Sarkozy. A lo mejor, en cinco años, despiezada Ségolène por la vieja guardia, los edecanes que guardan las esencias logran que vuelvan algunos apoyos mediáticos e intelectuales mientras pierden otros cinco millones de votos.