El Día de la Patria Vasca, el Aberri Eguna, o el Domingo de Resurrección (para los que profesen otros cultos más modernos y sofisticados), si se vislumbra desde la distancia con cierto desinterés y hasta ánimo de chufla, se comprobará fácilmente que nos ha dejado una síntesis del problema, el asunto, el rollito, o la movida vasca de lo más elocuente: El Gobierno dice que Batasuna no se podrá presentar a las elecciones mientras no renuncie a la violencia de ETA; ETA dice que no renunciará a la violencia mientras Batasuna no se pueda presentar a las elecciones. Fastuoso. Se diría que se trata éste de un país hilarante y, efectivamente, así es. Y no sólo en esa región de verdes valles por los que la Ilustración se abrió paso con tres cuartos de siglo de retraso a base trabucazos isabelinos sobre pechos carlistas previa perforación del detente bala zurcido entre sollozos y oración por la amachu correspondiente, también en el resto cuecen habas.

El día antes de tan singular efeméride es el Sábado Santo, en el cual los católicos expresan su duelo por el pesar de la Virgen. Y también es Sábado Santo Rojo, aniversario de la legalización del Partido Comunista de España en 1977, para los que profesen otros cultos del ramo de la Cristiandad, pero más avanzados y viriles. Este lustroso acontecimiento de nuestra Historia reciente que cada año es explicado por Manuel Fraga Iribarne de una manera distinta -empezó con “ha sido un golpe de estado” para pasar al “me opuse porque no era el momento” y concluir hace unos días con “lo teníamos todo planificado”- posee algunos aspectos tangenciales que, a mi juicio, son tan risibles como el cruce de declaraciones del konflikto antes mentado.

Para ser legalizado, como todo el mundo sabe, el PCE se comprometió a retirar la bandera republicana y aceptar la rojigualda. Y también, en un sentido más profundo, tuvieron que retirar de sus cerebros la idea de promover un referéndum sobre la monarquía y aceptarla en su forma parlamentaria. Ramón Tamames, célebre converso y miembro de la cúpula del PCE por aquel entonces, ha manifestado en una reciente entrevista a EFE sobre este particular que el referéndum de la Constitución “sirvió de paliativo”. Y que lo de la bandera les dio a todos más o menos igual porque, entre otras cosas, no era la bandera de Franco, sino, de pertenecer a alguien en persona, la de Carlos III.

A partir de ahora, comienza el humo. Es decir, el análisis de un problema desde un punto de vista pop, que es al terreno al que pertenecen los símbolos y la iconografía en la era contemporánea. Y es que, efectivamente, la rojigualda no es la bandera de Franco por mucho que éste la utilizara a partir de la Guerra Civil, pues antes reverenciaba la tricolor, suponemos que actuando, para después faltar a su juramento o promesa -eso que aducen los defensores a ultranza de la unidad de España: “es que los militares la han jurao“, ya no hay marcha atrás jamás ni de coña pase lo que pase.  Las fuerzas represoras de la dictadura puede que se plegasen en demasía ante este trapo, el rojigualdo, de un coloreado con tres siglos de antigüedad, pero eso no quiere decir que éste las represente. También Franco llevaba calcetines y no por ello cuando estás en el aeropuerto en la cola con un alemán delante que tarda veinte minutos en facturar Dios sabe qué y encima lleva calcetines en tono ocre como el Caudillo, ataviado para la pesca deportiva en agua dulce, lo consideras una agresión fascista de primer orden y además neonazi.

Existe un grupo de españoles, los que se enmarcarían dentro de republicanismo, federalismo, progresismo, etcétera, al que los colorines nacionales que le excitan son los de la bandera tricolor, que presenta como diferencias respecto a la actual franjas del mismo tamaño y que la inferior es de color morado. En su momento, el morado fue el color de muchas de las sociedades secretas, germen de los partidos políticos, más avanzadas del siglo XIX. Lo tomaron, se lee por ahí, en honor a los Comuneros, por los que tifaban dado que, con más o menos razón, se opusieron a la peor maldición bíblica que jamás haya caído sobre este país: Carlos I de España y V de Alemania. Ese mismo morado, a su vez, también se decía que era el color del pendón de Castilla, tal y como extraigo miserablemente de la Wilkipedia: “Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad”.

Personalmente, cuál es el verdadero color de Castilla me da exactamente igual. La confusión, explicada en numerosas páginas web a disposición del consumidor, viene dada por un montón de factores históricos. Eso sí, de 1991 hacia delante, no saber que el color castellano por antonomasia es el rojo carmesí dice mucho de los niveles paupérrimos a los que ha llegado la cultura y el sistema educativo español, que se permite el lujo de no inculcar a los jóvenes cuál era el color de la camiseta del Real Burgos Club de Fútbol, que se mantuvo tercero en la clasificación de la Primera División Española durante toda la primera vuelta por detrás de Atlético y Real Madrid con Ayucar, Loren, Juric y Gavril Balint asombrando a la ibericidad y acongojando a los mediocentros defensivos en unos tiempos además en los que llevaban bigote en lugar de mechitas. El caso es que, en resumen, la bandera tricolor lo es porque a un sujeto le dio por ahí y luego Azaña mostró entusiasmo por la idea, a lo que hay que sumarle un encanto previo por ese halo de clandestinidad y esperanza popular que significaba una futura República, espíritu que no envolvió, me imagino, la gestación de la rojigualda, que fue una cosa más científica para un fin puramente empírico: no hundir la propia flota por confundir los pañitos.

Dicho esto, yo me niego a creer que tanto la animadversión como la pasión por la rojigualda o la tricolor no respondan a las consignas más bien baratas que a causa de la Guerra Civil del 36 y la dictadura posterior aún perviven entre nosotros. Y es una pena, porque si nos remontamos a la guerra civil anterior, la alternativa a la rojigualda era la Cruz de Borgoña sobre fondo blanco, que esa sí que es verdaderamente bonita, que parece de los AC/DC, conjunto musical que también puede valer como símbolo de España, pues no hay país en el mundo entero donde gusten más que aquí. Ni en su Australia natal.

Dado que la rojigualda es aceptada por los buenos españoles -la ultraderecha-, los Zarzalejos de la españolidad y una parte importante de progres de mierda asesinos del once eme -derecha e izquierda más o menos tibia-, pero no por los españoles de una izquierda más exquisita, distinguida y refinada, hemos tratado de buscar un símbolo que cumpla uno por uno los requisitos de su delicado paladar.

En una primera fase de este experimento se reunió a un grupo de abertzales lo más ágrafos posible y se les preguntó qué tenemos en común los oprimidos y los no oprimidos por el Estado represor Español dentro de sus fronteras ilegítimas, pero actuales. La respuesta fue unánime: somos todos alcohólicos. Efectivamente, en Iberia todo gira en torno al alcohol, luego sería representativo de los españoles algo relacionado con una bebida espirituosa. También sería lo suyo que ese símbolo no lo hubiera diseñado cualquiera. Por lo que pasamos a buscar un símbolo relacionado con el alcohol diseñado por un comunista de los de la Guerra Civil, de los que deshuesaban niños en Paracuellos para comerse el tuétano. Apuntado esto, también tendría que ser un símbolo reivindicado por el pueblo, es decir, no impuesto por una monarquía o dictador de voz aflautada.

Se introdujeron todos los datos en las computadoras de la NASA y por la impresora apareció una referencia. Se trataba de un dibujo del comunista español Manolo Prieto (1912-1991) relativo a una bebida alcohólica elaborada en España: el torito bravo del Brandy de Jerez “Veterano” de Bodegas Osborne. Y olé. La historia de este toro es conocida por todos: un anuncio que por el Reglamento General de Carreteras hubo que quitarlo y a la gente le dio pena, de modo que surgió la campaña “Salvemos al toro” y éste pasó a ser considerado un bien cultural. Es en ese momento cuando se otorga un premio de relieve a un tipo que se había recorrido el país de motu propio para fotografíarlos todos. Y son tiempos en los que más de un español que triunfaba aquí y allá posó con el toro tatuado en el País Semanal, revista y periódico donde una década más tarde se publicó más de una, de dos y de tres cartas al director que arremetían contra el símbolo al considerarlo faccioso, así, porque sí. Hasta 2007, cuando el toro de Manolo Prieto cumple cincuenta años y es innegable y está asumido por todos que se trata de un símbolo que representa estas tierras, para bien o para mal.

Ahí está. Quizá el primer símbolo de esta nación que nace de un amplio consenso espontáneo de los ciudadanos. A no ser, claro está, que los gitanos que lo venden en los tenderetes por la calle tengan un departamento de marketing de agárrate los machos y la cosa haya llegado impuesta por el vil metal del capital. Como si el Grupo Mercadillo de los Martes de la Carretera de Canillas Madrid-Este S.A. fuera a lanzar una OPA contra General Motors con la aquiescencia de George Bush gracias a oscuras intrigas palaciegas de este poder fáctico maligno, el de la venta itinerante.

Pues nada señores. El proceso de creación de un nuevo símbolo popular que represente a nuestro país ha resultado infructuoso: diez de cada diez pulcros intelectuales de izquierda consideran el torito chabacano y fascista, por lo que lo desaprueban y afean incluso con altanería. Habrá que esperar otros cincuenta años a ver qué nos depara el destino y la frágil sensibilidad pop del pensamiento de vanguardia que impregna de hedor axilar las butacas de las filmotecas.