Documentándome para poder poner a parir con propiedad a Mariano Rajoy la semana que viene, cuando repita la prestación escolar y lamentable que nos regaló Rodríguez Zapatero en su charla televisada con ciudadanos que, ¡cuán refrescante fue su osadía!, le pedían solución a sus problemas cotidianos (que si necesito que me pavimenten la calle, que si quiero que cierren el bar de la esquina porque el olor a fritanga es infumable, que si me podría hacer el favor de pasarse por casa a cuidar a la abuela los viernes por la noche para poder irme de juerga…), me he tragado las apariciones de Ségolène Royal, Nicolas Sarkozy y Jean-Marie Le Pen en la televisión francesa. Mismo formato, dos horitas de duración con cada candidato (Le Pen la mitad porque el resto del programa lo componían la líder comunista y un tradicionalista de la Vendée, ¡cuán refrescante y osada es la política francesa!) y, de paso, un aperitivo que permite a LPD hablar de las inminentes elecciones presidenciales francesas. Y así, hacer gala de nuestra condición: criticar a Rajoy, preocuparnos de las elecciones francesas, defender a los progretarras del orbe y, con un poco de suerte, poder reírnos del MEMYUC (aunque con el añito de Capello la verdad es que la competencia ha sido tan fuerte que nos ha obligado a dar un paso atrás).

¿Qué sensación le queda a un español cuando asiste a las prestaciones de Ségolène Royal, de Nicolas Sarkozy o de Jean-Marie Le Pen (la de François Bayrou, la otra que tendría interés en tragarme, todavía no la tengo en mi poder y, si me lo permiten, me ahorraré el visionado de la cátera de trostskystas y antisistema de toda laya que oferta toda elección francesa para un día que quiera diversión embrutecedora)? O, por ser más precisos, ¿qué sensaciones le quedan a un español con el alma vendida a ZP como corresponde a cualquiera que escriba en LPD? Para resumir, más o menos, y sin pretender ordenarlas demasiado, no vayan a acusarnos de ser de derechas, éstas:

- Francia es un país político y acostumbrado a (o, más bien, apasionado por) la discusión política. Motivo por el cual, entre otras cosas, se explica la existencia, ascensión y éxito del Frente Nacional (aunque, la verdad, otra explicación es la indudable inteligencia táctica y política de su líder), así como la de los radicalismos progresistas varios. Cuando a una sociedad le gusta mucho algo, la política en este caso, es normal que aparezcan todo tipo de tendencias à la mode. Este sincero gusto por la política se manifiesta en que se habló más de ella en los programas de lo que ocurrió con ZP en España, donde la clave de bóveda de las dos horitas se concentró en descubrir que el precio del café solo en esta castigada piel de todo varía mucho, entre los treinta céntimos de euro y los 5 euros.

- Las elecciones presidenciales francesas de 2007 están mucho más abiertas de lo que parecen. Puede llegar a la segunda vuelta cualquiera de los cuatro principales candidatos (a saber, Jean-Marie Le Pen, Sarkozy, Bayrou o Royal) y puede ganar cualquiera de los tres últimos. Desde 1981 predecir un resultado electoral en Francia ha sido muy sencillo: consistía en no hacer ni puto caso a las encuentas (como en España) y atender a una tendencia de base constante que provoca que siempre acabe ganando la oposición en cuanto han pasado más de tres o cuatro años desde que un gobierno tiene mando en plaza, lo que es una fiel traducción de la malaise francesa que ya dura 25 años, en una sociedad que no sabe muy bien ni adónde va ni hacia dónde quiere ir pero que no está nada a gusto con cómo van las cosas (en este caso, justo lo contrario que en España, donde excepto si ee lo curra mucho un gobierno, pero mucho, mucho, ya sea estatal o autonómico, lo normal es que elección tras elección tienda a perpetuarse, traducción de la lealtad cortesana inherente al español postfranquista). Sin embargo, estas elecciones están abiertas de la hostia. La izquierda, a quien le toca volver, puede quedarse sin candidato en segunda vuelta debido a lo que ya les ocurrió hace cinco años (la pujanza de Le Pen o en este caso incluso de Bayrou y sus múltiples problemas derivados de la pluralidad de opciones exóticas para entretener la pasión política de todo francés “comprometido” y progresista, que puede “mandar un mensaje” trotskysta revolucionario, trotskysta militarista, trotskysta en vía de domesticación, verde, ecolo-anarquista, comunista, eurocomunista, comunitarista, antillano-leonés y todo lo que Usted pueda imaginar). Pero, sobre todo, no hay ningún candidato en la derecha que represente la continuidad con el proyecto de Chirac. Le Pen ha sido un histórico enemigo de Chirac (es una de las pocas cosas que siempre han honrado al personaje), Bayrou le tiene la lógica inquina de cualquiera que ha estado a punto de ser aniquilado políticamente y, por encima de todo, el más íntimo y personal rival de Chirac ha sido desde hace años, desde la famosa traición del hijo preferido (apoyo a Balladur en 1995) el propio Sarkozy.

- Para añadir confusión a la historia, como por lo demás avalaron a la perfección los respectivos programas televisados con los candidatos, Le Pen es un excelente comunicador y una persona con gran olfato político, que ha logrado convertirse ya en parte del stablishment político francés y que ha modulado las aristas más irritantes de su discurso, cada vez más apto para las masas (a lo que contribuye la propia derechización de la política francesa, que ya es decir; y a lo que ayudó también el lamentable espectáculo de la elección de Chirac en segunda vuelta hace cinco años alentada por todo el poder político, económico y mediático con la intención de “demostrar al mundo que Francia es ultraderechista, pero sólo un poquito”, con un lógico efecto boomerang); Royal es una filfa dialécticamente y, según se atisba, también en la construcción y mismas bases de su discurso, profundamente conservador y basado sólo en la imagen; y Sarkozy es el único elemento (excluido Le Pen, sin posibilidades reales de ganar en la segunda vuelta) con un discurso realmente renovador.

Como no he visionado el programa con Bayrou no puedo calibrar cómo se desenvolvió él a la hora de afrontar la prestación, pero me temo que no demasiado bien. Nunca ha sido hombre brillante ni en exceso ocurrente. Buen tipo, sí. Más o menos cabal, también. Revolucionario, ¡ni pensarlo! Bayrou representa la esencia de la Francia cómodamente social, instalada en una democracia burguesa, socialmente católica pero abierta de mente, a la que aspira a retocar un poquito hacia la sensatez, Europa y algo de pimienta social. Como se ve, algo que no está, en el fondo, tan mal. Pero constituye poca chicha para un programa con ciudadanos preguntando, a no ser que se adentren en la ardua cuestión del catholicisme à la paysanne que Bayrou representa con cierta vergüenza, donde el tipo puede aportar, ahí sí, sus cosillas, sus contradicciones, sus íntimas excrecencias y dar algo de carnaza. Cuestión distinta es que Bayrou sea majillo, que lo es, con sus orejotas y su acento sureño. A los españoles no nos puede caer demasiado mal. Les oyes hablar y piensas que tampoco tienes un acento tan pésimo en francés. Con él al frente no da la sensación de que Francia nos fuera a putear demasiado ni a volver a ganar una guerra. Y llevaríamos así ya más de 150 años sin padecer una derrota militar a sus manos, lo que es nuestro récord de todos los tiempos. Pero, como ya digo, no habiendo visto todavía el programa, poco puedo decir sobre cómo lo hizo.

Me gustó mucho cómo se manejó Le Pen en el programa de marras. Y fue, además, muy significativo cómo reaccionaban los franceses a la hora de preguntarle. Hay, es cierto, una gran pasión política en cada francés de verdad (eso sí es una verdadera declaración de pureza racial y no los rollos pure souche o BYB que otros preconizan). Hay, es cierto, también, hasta un cuarto del electorado que puede llegar a sentirse cautivado por las “verdades del barquero” de Le Pen, su medida puesta en escena, su inteligencia argumentativa. Pero todo francés es también un patriota. Y, como tal, ama no tanto a Francia como a una cierta imagen de Francia que dar a los demás. En esa imagen no cabe que Le Pen exista. Y eso les hace excluirlo como pueden de las instituciones, de los medios de comunicación, de la autoconciencia nacional. Eso provoca que toda la izquierda en masa vote a Chirac en unas elecciones, no para impedir que salga Le Pen (que nunca habría podido salir elegido), sino para demostrar que “la Francia verdadera no es así”. En fin, eso provoca también que, frente al espectáculo lamentable del “¿Qué hay de lo mío?” del programa español la aparición de Le Pen sea poco representativa de cómo se comportan los franceses. Cada intervención era un canto a la preocupación de los “ciudadanos” por los derechos de los demás. Los blancos preguntaban por los negros, los franceses por los inmigrantes, los hombres por las mujeres y los negros por el genocidio armenio. Fue emocionante e interesante, pero algo cansado por forzado. Así como se hubiera agradecido un esfuerzo mínimo de los ciudadanos españoles por manifestar interés por algo que afectara a otros colectivos ajenos al suyo o por cuestiones referidas a la colectividad, la hipertrofia en esta pose que provocó Le Pen en quienes le preguntaron se hizo cansina. Uno se pregunta si los ciudadanos seleccionados por la tele francesa contenían al 15-20% de simpatizantes del FN que debieran haber contenido. ¿Dónde estaban? O los vetaron o no son tan radicales hablando (más suelta tenían la melena los españoles que le pedían a ZP que los inmigrantes no tuvieran servicios públicos, joder, y aquí ni Dios es no ya de ultraderecha sino sencillamente de derechas) o es que, como es frecuente, esta gente se sigue avergonzado de su verdadero ser y disimula en sus exhibiciones públicas. O en las encuestas. Así que ojito a Le Pen en la primera vuelta.

Más útil, por natural, es comparar las entrevistas a Sarkozy o Royal con la de Rodríguez Zapatero. Y aquí sí que se demuestra que la diferencia entre Francia y España es enorme. El “¿qué hay de lo mío?” era tan frecuente en España como exótico en Francia. Aunque, sí, en algunos casos, también, apareció. Es digno de constatar, por cierto, que mucho más con Royal que con Sarkozy. Y esto permite aventurar varias explicaciones. O bien se trata de miedo a que Sarkozy te envíe a los CRS a poco que te pongan personalmente exigente con él y su política. O bien que Royal es tenida por poco seria y poco interesante respecto al fondo de su pensamiento y de sus ideas sobre la sociedad, por lo que la gente le pregunta por sus cositas en mayor medida. Probablemente se trata de esta segunda opción si tenemos en cuenta, además, que así como con Sarkozy los temas tratados fueron variados, con Royal el programa se centró en más de la mitad del tiempo en tratar de asistencia social y hospitalaria.

Quizás haya un problema de machismo latente en todo esto. Y, en consecuencia, a Royal le preguntaban por cosas “de mujeres” (la casa, los niños, cómo cuidar a los enfermos, los problemas al hacerse mayor, el punto de cruz…). Pero lamentablemente, da la sensación de que Royal se empeña en cultivar esa imagen de “la mamá de los franceses”: les habla con cariño, les regala los oídos, les suelta rollos moralizantes e ideológicamente les proporciona una papilla bon marché para que no se indigesten, los pobrecitos. El momento más espectacular del programa es cuando un minusválido habla de la vida y de lo que supone una tara, recuerda a un amigo suyo, ya fallecido, y no puede evitar que le embargue la emoción. Ante la vergüenza ajena de la audiencia (al menos, de la mía) y el pavor y rechazo del hombre en silla de ruedas (supongo que harto de verse mirado por los demás como alguien necesitado de un plus de atención por los demás), la reacción de Royal es emitir un gritito a medio camino entre el suspiro de pena y ternura (”aaaaaaayy”) como diciéndole “pero no llores, chiquitín”. Y, a continuación, se acerca al pobre hombre, lo acaricia cuidadosamente y le toma de la mano. Yo no quiero decir nada, pero esto son cosas que a uno le previenen contra votar a alguien. A no ser que haya motivos muy fuertes que te obliguen a hacerlo. Piénsenlo bien: ¡es un gesto que podría tener el mismo Rodríguez Zapatero, así, sin tener la más mínima vergüenza en mostrarse así en público!

Para no cargar demasiado las tintas, he de confesar que Royal presenta un proyecto atractivo en dos aspectos: su atención a las vías de participación ciudadana (atractiva aunque muy distante de estar bien pulida) y su reflexión sobre la necesidad de fortalecer los mecanismos de solidaridad porque un país no sólo no pierde sino que gana con ellos (aunque, la verdad, esto no lo explica demasiado y uno lo tiene que inferir de sus discursitos poniéndole buena voluntad, dado que la reflexión a este respecto es de una puerilidad que asusta). No sé si eso es capaz de compensar su tendencia a dar la razón a todos, a ponerles buena cara, a asegurarles que resolverá todos los problemas y a soltar un discursito precocinado (ahora entendemos que le llamen “la Zapatera”) en cuanto podía. Y, especialmente, no sé si compensa lo más grave de todo: sus constantes afirmaciones de ser la única capaz de resolver los problemas, algo de lo que los ciudadanos habían de tomar nota, se supone, para decidir votarla pero que a mí, en cambio, me espanta.

Frente a la visión salvífica de sí misma que da Royal, la puesta en escena de Sarkozy me pareció más efectiva, brillante, pegada a la realidad y respetuosa con la inteligencia de los ciudadanos. Tiene tendencia el tiparraco (porque, joder, hemos de reconocerlo, es un hijo de puta y en lo personal tiene toda la pinta de ser un cabrón de tomo y lomo) a decir la verdad, a decir lo que piensa. O algo que se parece sospechosamente a la verdad de lo que piensa. A argumentarlo, razonarlo, exponer pros y contras y aclarar los motivos por los que él se inclina por una cosa y no por otra. Y, a continuación, a plantear a los franceses que a lo mejor no está él en lo cierto, pero que espera poder convencerles de que así es. Más allá de que en muchas de sus posiciones yo no estoy de acuerdo con él (pero en otras muchas sí), el planteamiento me cautiva por lo anómalo. Que sí, ya sé que no debería ser así, pero lamentablemente así es.

Adicionalmente Sarkozy, junto a planteamientos que no creo inteligentes ni buenos para una sociedad (como su poca empatía con los que están en malas condiciones y su poca visión de las ventajas que supone para todos establecer redes de solidaridad que permitan a quienes estén o caigan en esas situaciones salir de ellas o ayudarles a ello, ya sean inmigrantes o pobres de banlieue; como sus planteamientos retroconservadores en materia de derechos civiles….) sí que aporta una reflexión de fondo importante y rupturista en un país como Francia: el valor del esfuerzo individual, del trabajo, la necesidad de que la colectividad lo respete y lo proteja, lo prime y lo cuide. Esta exigencia cívica (republicana, que dirían en Francia) es especialmente importante para ayudar y primar, precisamente (y aunque muchos sigan obcecados en no verlo), a los más desfavorecidos. Una sociedad sana no ha de primar la asistencia (que, como es obvio, no ha de negarse a quien la necesite) sino el intentar dar a todos posibilidades de mejora y progresión acordes a su esfuerzo y capacidad. Y hacerlo permitiendo igualar las desventajas de origen con que muchos parten. En esto último, por supuesto, Sarkozy no incide demasiado. Pero eso no quita para que en gran parte de sus razones no esté más que acertado. Para quien más importante es un escuela pública exigente y de calidad, un mundo del empleo competitivo y en el que se pueda progresar, una protección de la seguridad y de los bienes a cargo del Estado que sea eficaz, etcétera, no es para el rico, no es para el privilegiado. Porque todas esas cosas, si no las asegura la colectividad, la sociedad, el Estado, el rico, el privilegiado, el que ha tenido la suerte de nacer en cierto ámbito, se las va a poder apañar por otras vías.

Sarkozy, por último, hace un esfuerzo por entender y explicar que alguien como Le Pen y sus ideas puedan atraer al 20% de los votantes. En contra de lo que habitualmente se dice sobre él, no creo que sea algo criticable. Como tuvo ocasión de explicar en el programa, habrá qué analizar qué pasa con tanta gente, humilde y desfavorecida en su mayor parte, que se siente abandonada por las instituciones en vez de estigmatizarlas. Eso no implica que haya que compartir sus ideas o dejar de combatirlas, pero sí que es absurdo y contraproducente tratar de establecer artificiales cordones de seguridad en torno a ese electorado, tratar de contenerlo, que no crezca, aislarlo y poco más. Probablemente el esfuerzo de Sarkozy no sea exclusivamente sincero y tenga un componente táctico. Pero también lo tiene el cultivo por parte de la izquierda francesa de la idea de aislamiento del FN (que le permite, desde hace décadas, ganar de vez en cuando elecciones en un país con un 60% del electorado, en el mejor de los casos para la izquierda, profundamente conservador).

Los franceses, en estas elecciones, se la juegan entre un outsider medio simpaticote y esencialmente inocuo como Bayrou (lo cual puede no ser una mala opción), una incógnita respecto de todo lo bueno que puede traer pero con todo lo malo a la vista y de tan poco fuste como Ségolène Royal y un tipo más listo, más formado, más sensato, más sincero, menos mesiánico pero socialmente muy conservador que, además, es un reconocido hijodeputa como Sarkozy. Porque de Royal se pueden tener dudas al respecto (a lo mejor es buena gente, a lo mejor no), mientras que de Sarkozy cabe albergar pocas. Le avala una trayectoria plagada de ventajismo personal, de traiciones, de ejercicio despiadado de egoísmo político que podrían servirle, si pierde las elecciones, para escribir un manual del perfecto trepa. Nadie tiene demasiadas ganas de que le gobierne una persona así y, lo que es peor, que todo el mundo sabe que es así. Imaginen pues cómo están las cosas en Francia para que, aún así, la idea de que llegue a ser el próximo Presidente de la República no sea del todo desagradable para muchos (aunque, a lo mejor, influye aquí el ver las cosas desde fuera y desde dentro todos tienen claro que de un trepa hijoputa hay que huir). Porque, como demostraron claramente los interrogatorios con los ciudadanos (y, al menos para eso, sí sirvieron), está claro que la izquierda francesa es empalagosamente conservadora. Por lo que, por sorprendente que parezca, Sarkozy es quien encarna los riesgos y atractivos del cambio. Él. Mejor que nadie. El hijoputa. El trepa. ¡La vida puede ser así de chunga si eres francés!

Por cierto, una última diferencia entre los programas francés y español: el plató francés tenía moscas (o bichitos que volaban y se veían) mientras que el español no. ¡Para que luego dude alguien del cambio climático!