Hace unos días hablaba yo sobre las dos Españas y especulaba sobre cuáles eran las líneas de fractura más profundas entre los españoles. Vista la experiencia del pasado martes en TVE, con los ciudadanos tirando lamentablemente a la basura la oportunidad que tenían de interrogar al Presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero sobre cuestiones políticas de calado para emplear su oportunidad en el tan reciamente español recurso al “¿qué ha de lo mío?, no puedo sino reconocer que me equivoqué. Puestos a hacer el cabestro, todos quedaron más o menos igual de mal, los viejos y jóvenes, los hombres y las mujeres, los progres y los fachas, los letrados y los iletrados. Las únicas excepciones, confirmatorias del hecho de que hay una identidad española que nos une, las protagonizaron los extranjeros: la mujer sexualmente más interesante era una serbia, la sonrisa más ingenuamente sincera acompañada de una pregunta de fondo con una alegría que saltaba a la vista la hizo eso que ahora se llama un subsahariano y la expresión de preocupación más sincera por un colectivo distinto al suyo y que le puede hacer la competencia (los inmimgrantes sin papeles) la hizo un ucraniano que está en España de forma legal. Lo demás, en general, fue un espectáculo lamentable. Al menos, y a falta de que alguien analice desde su competencia profesional el asunto con una óptica más informada, a ojos de quien esto escribe, que asistió al espectáculo como mero ciudadano interesadísimo. Aprovecho desde aquí para solicitar a nuestro experto que se ponga a ello, joder, que estamos todos ansiosos.

Mientras tanto, empezaré por poner un poco a caldo a Rodríguez Zapatero, que a fin de cuentas es lo que distingue a una mente independiente y amueblada en este país. Para que no se diga. Y no enfilo también a Don Jesús de Polanco porque se me hace difícil en este contexto, pero conste que no es por falta de ganas. Con todo, no me parece que vaya a ser necesario porque con las yoyah que le van a caer, con toda justicia, a ZP creo que cubro el cupo de ejercicio de independencia.

No es difícil hacerlo hoy. Porque más acartonado y alejado de lo que un programa como el del otro día exige es difícil estar. Cuando un político se pone a responder a preguntas de 100 ciudadanos, ¡qué menos que les escuche y les responda! ¡O al menos que disimule un poco! Lo más sorprendente de las respuestas prefabricadas y llenas de generalidades y datos estadísticos con las que Rodríguez Zapatero martirizó a quienes preguntaban y a quienes veían el programa es que haya algún asesor que pueda de veras creer que sirven de algo. La gilipollez del precio del café (sobre la que estamos leyendo análisis sesudísimos) en realidad tiene su importancia porque de alguna forma es la cristalización de todo lo que demostró el Presidente: que su relación con la vida real y cotidiana se hace a través de discursos prefabricadísimos, dispuesto a soltarlos donde sea menester. Un formato que no sólo aconseja, sino que obliga a mostrarse cercano (y mostrarse cercano no es sólo hablar de tú a la gente) es demoledor para quien se parapeta en discursos autistas. ZP lo único que pretendía era “clavar” sus pildoritas, trabajosamente memorizadas, preparadas por su asesores y endilgadas sin anestesia a troche y moche en cuanto veía ocasión. Lo que mejor simbolizó el “diálogo”, por así llamarlo, entre ciudadanos y Presidente es el momento en que alguien en vez de preguntar se pone a hablar de su vida y sus problemas como autónomo. El presentador, inquieto, harto, le inquiere que cuál es la pregunta. Y ZP sale al quite, perplejo de que el presentador no lo comprenda. ¡Si la pregunta está clara!: autónomos. Como el tío habla de que es autónomo, obvio es para el modelo de respuestas planteadas por el Presidente que va a poder soltar su rollo preparado sobre autónomos.

Una persona con los problemas de expresión oral de Rodíguez Zapatero tendría que haber aprovechado más una versión de sí mismo más cercana y natural. Lo que han hecho minimiza daños, deben de pensar, pero es un rollo. Probablemente, de hecho, es uno de los problemas del formato, que fomenta esa actitud “defensiva” de los políticos, la mejor manera de evitar riesgos. Aunque esperemos que Mariano Rajoy aprenda de los errores de ZP y aproveche para mostrarse natural. Como su oratoria, por comparación, recuerda a la de Demóstenes (aunque en un estadio en que todavía le queda alguna piedra en la boca), a poco que aplique inteligencia y se sitúe en un plano más accesible y socarrón, puede dar una buena tunda, por comparación, al Presidente. Eso sí, siempre y cuando la prestación de Rodríguez Zapatero no haya sido suficiente para ahuyentar a una gran masa de espectadores de cara a la cita con el líder de la oposición.

El formato, la verdad, no ayuda. Los políticos aparecen acartonados y cohibidos. Sólo pueden responder en positivo a los ciudadanos. Es un poco como si se trasladara a la política el espectáculo de las teles locales y sus echadoras de cartas. Las respuestas son siempre del mismo tono. “Te veo muy bien”, “hay algunos problemillas pero los superarás con tesón, porque tú eres una luchadora, lo veo en el tres de oros”. La única alternativa viable para darle vidilla al formato es que el entrevistado sea alguien que ya no se juega los garbanzos ante el severísimo tribunal de la opinión pública. Yo, a los diez minutos, estaba echando de menos a Aznar. ¿Imaginan el juego que daría en un programa así, ahora que está de vuelta de todo y sólo preocupado por salvar lo que de decente queda en este mundo de la morisma, dando consejos de estilismo y abroncando a quienes le preguntaran?

Como de momento el programa lo tiene TVE (que, por cierto, manda cojones que para tener la idea de que unos ciudadanos pregunten a políticos haya que “comprar el formato” a una tele extranjera) y no la Fox tendremos que esperar. Pero no con demasiada confianza en que haya verdaderas posibilidades de mejora. Porque, en el fondo, y más allá del ridículo dialéctico protagonizado por el Presidente, la culpa de que la cosa fuera un peñazo la tienen, como decíamos desde el principio, los ciudadanos que preguntaron o quienes les dejaron hacer esas preguntas.

Señor Presidente, ¿qué hay de lo mío? Es que soy jubilado, ¿qué hay de las pagas, las van a subir? Es que soy autónomo, ¿me van a aumentar las prestaciones de la Seguridad Social? Es que soy minusválida, ¿me van a cuidar más? Es que soy de Melilla, ¿cómo me arreglan los viajes a la península? Es que cultivo remolacha, ¿cómo va a actuar para que sea rentable?

Hasta cierto punto uno entiende a Rodríguez Zapatero si el pasotismo y desinterés del que hacía gala era consecuencia de la reacción normal de cualquier persona sensata ante tal batería de preguntas: ¿Oiga, y a mí que me cuenta? Cultive otra cosa si las remolachas ya no son rentables, joder. Y el chaval de 19 años que quiere vivienda que se lo curre y trabaje. ¿Acaso se supone que el Jefe de Gobierno ha de prometerle una vivienda pagada por todos para ser un político como Dios manda? Pero, de verdad, ¿de qué estamos hablando?

Un Gobierno está para aplicar políticas generales y adoptar decisiones políticas sobre cómo asignar recursos de forma prioritaria sobre otras esferas y sobre cómo organizar la convivencia. Sobre dónde poner límites en beneficio de la colectividad y dónde reconocer derechos individuales y garantías de autodeterminación. Sobre dónde dejar que la sociedad y el mercado funcionen libremente y dónde, en cambio, intervenir públicamente con los costes de todo tipo que ello supone, porque entendemos que los beneficios son superiores o porque hay razones para hacerlo. Son cuestiones del suficiente calado como para exigir que se discuta sobre eso. Y no sobre una sucesión de temas concretos en los que el Presidente siempre va a decir que hay que hacer un gran esfuerzo y que cada vez haremos más, a pesar de lo mucho que ya hemos avanzado. Pues no. Las cosas no son así. Porque o se pone más pasta en un sitio o se pone en otro. Y habrá que explicar por qué se entienden unos ámbitos prioritarios sobre otros. Porque o se opta por dejar más ámbito a la libertad de mercado o se incrementan las intervenciones públicas. Y habrá que explicar los motivos y razonar el tipo de intervención.

Nada de eso se discutió en las dos horas de programa. Porque al presidente del Gobierno le daba igual pero, peor todavia, porque parecía que a la mayoría de los ciudadanos también. A cada uno de ellos le interesaba sólo lo suyo y punto. Con contadas excepciones. Que coincidieron, claro, con los momentos más interesantes del debate, con las pocas preguntas reales que se colaron en el programa y que, claro, ZP esquivó todo lo que pudo:

- ¿Cree el Presidente del Gobierno que es justo que la gente que vive aquí, con independencia de su nacionalidad, pueda elegir a quienes gobiernan dado que a fin de cuentas están tomando decisiones que también afectan a sus vidas?

- ¿Cree el Presidente del Gobierno que la Monarquía sigue teniendo sentido? Y más importante todavía, ¿cree el Presidente del Gobierno que es importante en estos momentos que los ciudadanos tenemos cierto derecho a poder expresarnos sobre el particular o, por el contrario, lo ve una cuestión menor?

- ¿Cree el Presidente de nuestro Gobierno que la lucha contra la pobreza y la exclusión haya de ser una proridad en nuestras sociedades que justifque el desvío de recursos a esos fines que se detraerán de otras políticas más centradas en la atención a las personas que están en situación diferente y, como consecuencia, sí contribuyen en mayor o menor medida a “sacar adelante” esta sociedad?

- ¿Cree el Presidente del Gobierno que Aznar ha de ser perseguido por crímenes contra la humanidad?

- ¿Cree el Presidente del Gobierno que para solucionar el problema del terrorismo vasco se ha de dar prioridad a la búsqueda del fin de la violencia futura sobre la justa retribución por sus delitos a los terroristas? ¿Por qué? ¿Con qué límites?
Las preguntas de este estilo, cuando surgieron, lo fueron casi de casualidad. Y Rodríguez Zapatero las ignoró de forma soberbia. Porque no se habló de política, en realidad, en el programita de marras. En una charla de café, al menos, eso sí suele hacerse. Pero es que esto no fue ni siquiera eso, fue una sucesión de agravios y problemas expuestos al Presidente que deja en muy mal lugar a una ciudadanía que sólo aprovecha la oportunidad de tenerlo delante para preguntarle “¿qué hay de lo mío?”. Es, la verdad, bastante patético.

Asqueroso, incluso, en algunos casos. Como cuando, en hasta tres ocasiones a cargo de distintas personas, la queja se completaba con alegatos en favor de la exclusión o preterición de los no nacionales en el disfrute de ciertos servicios o derechos que, según el sentir que allí se pulsaba, por lo visto, han de ser prioritariamente para españoles. Pero tampoco podemos cebarnos demasiado en el sentir ultraderechista latente en tales manifestaciones cuando el mismo Presidente del Gobierno, en varias ocasiones, realizó la habitual loa de la inmigración según impone la corrección política actual: a los inmigrantes conviene no maltratarlos demasiado, joder, que nos están pagando parte de la Seguridad Social y haciendo los trabajos más ingratos. Madre mía.