Habrá que actualizar el grito de guerra, digo yo. Porque siempre me ha extrañado lo de “España Una y no Cincuenta y una”. ¿De dónde viene? No puede ser de cuando Javier de Burgos acomete la división provincial. Es cierto que en esa época teníamos 49 (y no 50) provincias (vamos, si no recuerdo mal, dado que inicialmente las Canarias conformaban una sola provincia), pero también teníamos parte de las Indias (todavía). Y nuestro raquítico Imperio norteafricano no se reducía a Ceuta y Melilla.

Puestos a hablar de divisiones en España, Ex-paña o los restos del naufragio Españaza-2000, mejor apelar a las 8.000 Españas de la lógica inherente al cantón independiente de Almodóvar de los Infantes (y eso, como mínimo, que siempre podemos ir más allá del municipio y declarar la identidad propia de parroquias y todo tipo de entidades locales menores), a las 52 que señalan las provincias más Ceuta y Melilla si nos atenemos a un indeseable cartesianismo aritmético o a las 16 Comunidades Autónomas + 1 regalito foral que nos legó el constituyente. Incluso, puestos a jugar, cabe la posibilidad de atender a las reclamaciones de las antiespañas varias, que persiguen dividir la cosa en Castilla y el entramado Galeuzca con el nefando apoyo de la Constitución española y Herrero de Miñón. Pero lo que no se sostiene es lo de “España una y no cincuenta y una”. O sí, ¿quién sabe? Nuestra magna y docta audiencia tiene ocasión de demostrar su enciclopédico saber con una exhibición de conocimiento sobre los orígenes de la simbología más freak del nacionalismo español: el gritito de marras. Ya puestos, si alguien sabe de dónde proviene la moda Ultra-Sur de sustituir al simpático e inofensivo pollo de la rojigualda por el toro de Osborne, más allá de las borracheras Erasmus al grito del “Asturias patria querida”, por favor, que se manifieste.

El caso es que, puestos a gritar algo así, mejor hacer un favor a las matemáticas de nuestro mapa provincial y pasar a eso de “España 2 (y no 52)”, que tiene la ventaja de invocar la eterna cuestión de las dos Españas. Ésas tan famosas que andan pegándose de hostias, se supone, por motivos futbolístico-patrióticos. O, en realidad, creemos, otras…

Porque las manifestaciones del PP, más allá de que estén más o menos amortizadas políticamente a estas alturas y de que copen la agenda de la mitad de los altos cargos de la nación (es lo que tiene vivir en el único país del mundo donde las manifestaciones las suelen montar desde las instituciones, que acaban ocupando mucho esfuerzo de las buenas gentes de bien que nos representan; otro daño colateral es que, claro, históricamente hemos sido malacostumbrados a cifras hinchadísimas de participación, dado que quienes mandaban y contaban solían ser los mismos que se manifestaban para brindar al sol con manzanilla, lo que ha acabado provocando el absurdo de que una manifestación con apenas un par de cientos de miles de personas sea considerada una cosilla de nada por todo el mundo, un fracaso en términos de movilización), sí son un termómetro fiable de la existencia de dos Españas netamente diferenciadas.

Hay una España que nació antes de 1960-1965-1970, más o menos, que está políticamente educada en las manifestaciones convocadas desde el poder político, en los dogmas de España… (”…una y no cincuenta y una”; “…Una, Grande, y Libre”; “…, España, España, ra, ra, ra”) y en el grato recuerdo que la política “Europa-años 30″ dejó en sus conciencias. Ya saben, masas movilizadas, un par de muertos de vez en cuando, partidos militarizados, agit-prop, buenos y malos… Me decía hoy un amigo que lo más alucinante de la política opositora del PP son las fuentes estéticas y estratégicas en que bebe, por anacrónicas. Tiene razón, pero es que, joder, no es el PP sólo: hay toda una España, enterita, que sigue instalada en eso. En la política de la movilización no para convencer o hacerse oír sino en la iteración de la misma para “demostrar la fuerza con que se cuenta”.
Para bien o para mal, esa España, tenga una sensibilidad-filiación-afición (o como queramos llamarlo) u otra, se encuentra encantada y comodísima con el chapapote de esta legislatura. Por eso, más allá de su efecto político, lo que está ocurriendo es interesante en términos sociológicos. Todos los medios de comunicación y señores y señoras respetables, incluyendo a quienes están en el Gobierno y en la oposición, son todavía hijos de esa cultura, tan extraña a lo que ocurre en el resto del mundo civilizado. Las manifestaciones de más de dos millones de personas en cualquier país europeo o en los Estados Unidos hace décadas que no se ven. En España tenemos una cada mes. Pero los medios de comunicación, los gabinetes de comunicación y de crisis de los partidos políticos, mis padres y probablemente los tuyos, se toman muy a pecho todo esto. Máxime cuando, joder, todos ellos creen ser conscientes de que en el envite nos jugamos, ni más ni menos, algo tan crucial como la propia esencia y definición de la patria y su dignidad. Quienes sonríen, alucinan o simplemente pasan cuando alguien muy alterado les menciona la dignidad de la patria es que son, para los parámetros en que se se mueve este discurso político, de otro planeta. O de otra España.
Por debajo del radar, por debajo de los 35-40 años de edad, circulan estos extraespañoles. Es la España que veía “Crónicas Marcianas” mientras la opinión publicada no entendía nada de lo que pasaba en el guirigay que se montaba allí. La de la LOGSE, tan vilipendiada por los abuelos entrañables que copan todas las tribunas públicas. La que no se entiende muy bien ni sabemos cómo es porque, entre otras razones, no hay manera dado que no tiene demasiada presencia. Pero la que, también, vive con un despego tremendo el espectáculo, para ellos tan lejano como un Kabarett berlinés. Por buena que sea la gresca montada por la vieja clase política. Estamos hablando de gente educada en otros cánones estéticos, de comunicación e, incluso, vamos a decirlo, morales.
La generación LOGSE coincide con la generación educada en democracia. Son niños a los que en el cole desde pequeñitos les han hablado de paz, de entendimiento, de derechos humanos, de solidaridad. Pasan un poco de todo, van a su bola, pero fruto de ese ¡impresentable adoctrinamiento! sus resortes son diferentes. Ya no saltan al grito de “España” ni temen a Dios, sino que se sobresaltan al grito de “injusticia” y les acojona que les cancelen las fiestas populares. Les mueve el rollo ecológico siempre y cuando no les suponga demasiados sacrificios, son consumistas y hedonistas, pero comparten un cierto sentimiento de desdramatización de la contienda política y de puesta en relieve de valores más globales como cosas importantes (pero sin agobiar, ¿eh?): el Tercer Mundo, la Liga de las Estrellas, bajarse series de televisión… Es una generación que no se compra el Interviú para hacerse pajas ni ve con buenos ojos a los fumadores. ¡¡Es otro mundo, joder!! Otra España. El otro día iba en el autobús y dos chavalas cedieron su asiento a dos abuelos más o menos inestables que antes de iniciar el trayecto habían escupido al suelo en clásico ademán. Mientras soltaban pestes, claro, sobre la juventud de hoy en día. Tan ignorantes, tan maleducados. Y es normal, no saben de qué va la historia, no es fácil entender a esa otra España cuando se ha vivido 70 años en el reducto espiritual que constituía la otra. Estamos hablando de gente que programa sus vacaciones con antelación y que no es capaz de decir el nombre de un solo matador de toros. Así de rápido y de profundamente ha cambiado el país.
En parte la poca visibilidad del cambio tiene que ver con el problema de que mucha de esta gente no vota. Ya se sabe, por debajo de 18 años no se tiene derecho. Y de los 18 a los 30 se “pasa” bastante del asunto. Un marxista diría que es una reacción crítica contra la democracia burguesa y sus sesgos. La nueva España no sabe qué es eso del marxismo, sólo que le “molaría” que se quedaran escaños vacíos que correspondieran a los votos en blanco. Porque sería divertido ver todos esos bancos vacíos. Pero en realidad no tiene sentido hablar de esta realidad como un “problema”. Ya llegará el momento en que, por huevos, la política reflejará la España que llega con más nitidez. Es inevitable. Mientras tanto, eso sí, esa España, cada vez más importante, cada vez más prominente socialmente, está infrarrepresentada políticamente y sólo aparece de vez en cuando, intuida, en monstruosas deformaciones como Leyre Pajín, por poner un ejemplo que realmente asusta. Y, joder, se entiende que así sea. Pero tampoco es grave. Es ley de vida. Y pasar inadvertido, no ser atendido, tiene sus beneficios. A cambio de eso, pues se tiene la ventaja de no poder ser localizado en ni siquiera un mísero plano de las manifas rituales de esta legislatura. Eso que tienen ganado los chavales de esa generación, con la excepción hecha de las comunidades cristianas de base y espacios adyacentes (pero es que la fe religiosa no ha sido desde hace unos 1700 años aliada de la transformación social, la verdad, de forma que no estamos ante ninguna anomalía demasiado notable).

Ocurre, también, que es mejor que nos vayamos acostumbrando a esa otra España. Porque la biología es muy perra y los abuelos la van palmando. Gracias a la pasta que los jóvenes inyectan en el sistema de salud cada vez más tarde, sí. Y esos abuelos votan y provocan lo que provocan: que ningún partido se atreva a hablar en serio de pensiones, por ejemplo. Dice la teoría que es que “están más capacitados para votar que un chaval de 16 años”. Y un cuerno. No sólo yo a esa edad, que también (de hecho, vivía mucho más informado que ahora), sino que la mayoría de los chavales de esa edad saben más de cómo están las cosas que cualquier jubilado y tienen un interés menos sesgado y más orientado a largo plazo en la manera en que han de determinarse los asuntos públicos. Por no hablar del hecho de que en este país se vota sólo a partir de los 18 años apelando a razones de “capacidad” pero no se conoce el caso de que a nadie se le inhabilite por una manifiesta “incapacidad” como consecuencia, por ejemplo, del Alzheimer. Y ahí tenemos elección tras elección los espectáculos que tenemos en las residencias de ancianitos. Pero vamos, el caso es que la infrarrepresentación política de esa España tiene no sólo una explicación socio-cultural, sino también institucional.

No obstante lo cual, a medida que las horas avanzan, también se aclaran. Bastaba ver la manifestación del domingo para, de entre los dos millones y medio, constatar cuán pocos menores de 30 años había (sin contar a los niños llevados a hombros o en carrito por sus padres, claro). Como el debate en España en estos momentos ha dejado de ser ideológico y se conduce por otros caminos está dejando espacio para que aparezcan fracturas mucho más curiosas e interesantes. Y una, cada vez más evidente, es la que divide a las dos Españas que de verdad hay ahora sobre la mesa: la de la generación que tuvo ocasión de comprarse un piso y en su madurez se puso a acapararlos y a invertir en ellos y la de los que viven la mera posibilidad de alcanzar algo así (unos metrillos cuadrados para vivir a su bola) como un sueño casi irrealizable en parte, precisamente, como consecuencia de la tendencia a acumular capital inmobiliario de sus mayores.