Con la algarabía que hay organizada en España ya no sabe uno muy bien si hay motivos de peso para que se monte la que se está montando. Pero, la verdad, no importa demasiado que los haya o no, llegados a cierto punto. Porque, constatado que sí, que efectivamente está liada (y gorda) tampoco puede ser uno tan prepotente como para mirárselo desde lejos y pensar que los niños, ¡criaturitas!, llevan unos días algo más revoltosos de lo normal. A la vez, eso sí, los más entusiastas de la descripción del insondable precipicio al borde del cual estamos han de reconocer, por su parte, que la cosa sigue sin precipitarse. Es una verdadera jodienda esto de llevar tres años sorteando calamidades sin igual, una tras otra, y que no se hunda el país de una vez. Cuestión de potra, suponemos.

Pero, haciendo recuento, lo que nadie puede negar es que desde que Rodríguez Zapatero robó la Presidencia del Gobierno a quien correspondía se han sucedido los dramas de dimensiones sin igual en la Historia de España. Cada uno de ellos ha sido lo más de lo más y anticipaba un desastre de proporciones cósmicas, ya sea el mero robo de las elecciones de la mano de la ETA, la OPA a Endesa para que se la queden los amigos de la ETA, el nuevo modelo de Estado para que los amiguitos de la ETA puedan cargarse España o la reciente política de beneficios penitenciarios por los servicios prestados a las buenas gentes de bien de la ETA. Andamos todos por ellos, a estas alturas, un tanto cansados. Es como las películas de miedo que abusan del mismo tipo de susto demasiadas veces. Puedes seguir sobresaltándote, y mucho, pero tienes unas ganas de que se acabe la película, de perder de vista a los personajes y de soltarle un buen par de yoyah al guionista que pá qué. Lo peor de la reacción del PP tras haber perdido las elecciones ya no es, a estas alturas, su respuesta crispada, rememorando la estrategia del nefando trienio 93-96. No. Lo peor es que es un soberano coñazo.

No obstante lo interesante que podría ser divagar sobre esta cuestión o detenernos en cualquiera de los recovecos traumáticos producto de la sucesión de escándalos, encontronazos y llamadas a rebato para salvar a la Patria herida de muerte, conviene empezar a plantearse hasta qué punto el Gobierno e incluso su Presidente tienen algo de culpa en todo esto. E, incluso, si todo este asunto, más allá de ser aburridísimo, es en sí mismo malo. Leyendo hace un par de días la prensa alemana conservadora (como me dijo un amigo con cierta mala leche en una ocasión, lo que mejor llamar simplemente, por abreviar, “la prensa alemana”) me he encontrado con un resumen supuestamente desapasionado y revelador. Sostiene la FAZ algo así como que la polarización actual es buena prueba de que las concesiones realizadas no han logrado una total estabilización de España. El repaso que hacen a los últimos episodios de la contienda sangrienta que se desarrolla entre nuestros dos grandes partidos está realizado más con perplejidad que otra cosa. Desde fuera, estos señores conservadores y respetabilísimos no entienden nada. Muy especialmente, se les nota incapaces de entender qué pueda estar pasando para que lo que sí funcionaba hace décadas, lo que sí funcionó durante la transición, de repente ya no haya manera de volver a ponerlo en marcha: a saber, que ante ciertos riesgos (y más todavía si se percibe que son, como poco, de una mínima entidad), “la gente de orden” abandone una y otra trinchera para, arremangados en común, poner las cosas en su sitio entre todos. Y entiéndase todos, por Dios, en su justa medida. Esto es, excluyendo a ciertas minorías étnicas o políticas peligrosísimas como se pongan en plan extremista o, simplemente, salvajemente demócrata.

Esta alucinante, vista desde fuera y por la gente de bien, ausencia de capacidad de entendimiento para meter en vereda a ciertas personas y ciertas ideas, puede responder (y así lo aseguran desde la izquierda institucional de toda la vida) a que en el PP se han vuelto locos y, cegados por la pérdida del poder, animados por la creencia de que gobernar España les corresponde por derecho divino (derecho convalidado, por lo demás, por siglos de Historia), no están dispuestos a ceder ni un ápice hasta que no recuperen lo que es suyo. No están dispuestos a tomar rehenes por el camino ni a llorar por los daños que pueda causar la Reconquista. Quizá puedan verse así las cosas, y no es nuestra intención ponernos demasiado impertinentes con las viejas glorias del grupo PRISA ni ser tocapelotas, con lo que lo dejamos apuntado. Sin embargo, es posible también analizar la reacción partiendo de la base de la racionalidad del comportamiento popular. Es decir, entendiendo como sensato e inteligente para sus intereses esta búsqueda de la confrontación y ruptura. Actitud que, para que tenga sentido, ha de constituir no otra cosa que la inevitable reacción a la previa ruptura que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha evidenciado respecto del más importante consenso nacido en nuestro país en tiempos de la transición: la idea de que, a la hora de ceñir en corto a peligrosos extremistas, nacionalistas y demócratas descontrolados, marcharíamos todos juntos por la senda del realismo. Las “concesiones” de las que se habla desde fuera, que tan buen resultado dieron durante décadas, permitiendo un espacio de consenso entre los dos grandes partidos y la estable e inocua visión de la acción pública que, ambos, compartían. Estas “concesiones” suponían ciertas renuncias: a avanzar en algunas direcciones, a criticar ciertas posturas (políticas de Estado, se las suele llamar), a debatir democráticamente sobre asuntos centrales, a mirar al pasado y pedir responsabilidades y justicia…

Si el Gobierno de Rodríguez Zapatero está dispuesto a dejar de hacer esas concesiones, si está contaminado por una nueva generación y una nueva visión de cómo ha de hacerse política en España, es indudable que el partido Popular ha de reaccionar como lo está haciendo. Ante la ruptura del tácito (o más bien explícito, ¿quién sabe?) pacto de “gobernabilidad” a cambio de cesiones y concesiones por parte de uno de los dos grandes actores del mismo, ¿por qué ha de estar el otro sometido al mismo? Si de veras el PSOE ha virado y ha iniciado, aunque sea tímidamente, un cambio generacional, llevándole a plantear alternativas políticas no tan pegadas al consenso en torno a las realidades de El Príncipe que hasta la fecha han dominado la escena pública en España, ¿es en el fondo criticable que el PP haga lo propio?

La cuestión es hasta qué punto estamos o no en esa situación. Hasta qué punto, de verdad, el actual Gobierno ha sustituido, por ejemplo en política antiterrorista, los viejos modos. Que, resumidamente, consistían en actuar cara a la galería, cara a la población, haciendo apelaciones a las gónadas y combinando en las bambalinas cosas espeluznantes cuando se entendía que tocaba, que convenía, con la existencia de permanentes canales de diálogo. Acciones todas ellas apoyadas por la oposición. Si de repente la izquierda española se pone sensible y empieza a actuar con principios y rollos sobre el Estado de Derecho (en plan ideológico, lo que desde la derecha llamaríamos “ensoñaciones faltas de realismo”) y eso no es sólo una manifestación de cara a la galería con la pretensión de diferenciar su marca sino que va en serio, la derecha tiene todo el derecho a abandonar el pacto de toda la vida y lanzarse, a su vez, a marcar sus posiciones desde una perspectiva puramente ideológica. Defendiendo, a su vez, principios. Que, por su parte, son tratados como majaderías ultraderechistas desde la orilla contraria.

Que la lucha antiterrorista, o la política exterior, o la política territorial sean objeto de debate político, de discusión pública, de enfrentamiento a partir de posicionamientos ideológicos, de clase o futboleros, no es algo malo. Lejos de compartir lo que piensan los señores de la FAZ, que se llevan las manos a la cabeza al asistir a una ensalada de yoyah como la que tenemos montada en España a cuenta de asuntos serios, no creemos que la discusión política haya de quedar restringida a las cosas poco importantes mientras que lo trascendente lo apañamos con un paripé público más o menos logrado que oculte un funcionamiento más o menos pactado y consensuado a partir de dinámicas que perpetúan la manera de obrar de los viejos intereses que dominan el cotarro.

Si la opción del PP en política antiterrorista es la vía testosterónica, como hoy mismo demostraba su portavoz en el Senado en debate con el Presidente del Gobierno (línea argumental que se resume en dar vueltas a la denuncia de que Bambi no tiene cojones, que no tiene huevos, que se hace caquita cuando los de la ETA le amenazan), ¿acaso es malo que se manifieste así y que lo haga con virulencia? ¡Qué menos en una democracia que poder visualizar ese tipo de conflictos! ¡Qué menos que aspirar a que las discusiones se centren en la forma en que es más correcto adoptar las políticas más importantes para orientar la vida en común!

Sin embargo, esta nueva dinámica no acaba de ser entendida en España. Y no es culpa del PP sino del Gobierno. Porque el PP reacciona porque sabe, o cree saber, que ZP y sus secuaces han abandonado esas concesiones al posibilismo que se les reclaman desde tantos foros. Y que lo han hecho para siempre. Responden en consecuencia. Algo que sería perfectamente entendible si todos tuviéramos tan claro que lo que está haciendo el Gobierno es precisamente eso. Ocurre, no obstante, que ni los que lo podríamos ver bien ni los que lo podríamos ver fatal (a mí me pasa que según me levante con el traje de creyente en la democracia y el debate público o con el vestido de la lógica del Estado y de la necesidad de que las cosas se hagan “bien”, por encima de todo, pues me parecería bien o mal, aunque espero que en general me pareciera bien) tenemos todavía claro que Rodríguez Zapatero y su gobierno estén en esa línea. Dan la impresión de sí, de creérsela, de vivir con esos nuevos ideales, de provenir de la peligrosísima educación en democracia y libertad de quienes fueron a clase en los setenta y en los ochenta, de tener muy claro que sin atajos y recto y democráticamente y por Derecho se pueden conseguir las cosas. Y conseguirlas bien. Pero dan también la impresión de luego, a la hora de la verdad, no ser capaces de despojarse de la lógica cínica y pragmática, de gato negro o blanco cazador de ratones, que asegura victorias a corto plazo. Y, claro, en este batiburrillo, como ejemplifica el follón a cuenta de la ETA y especialmente del preso De Juana Chaos, dan la sensación de medio creer con fuerza en una opción no testosterónica sino más bien angélica (aplicar la ley, buscar la reinserción, hablar, negociar, poner la otra mejilla extremar las garantías y el respeto a los derechos de todos…) para luego bajarse del caballo a mitad del río y subirse al consenso tradicional, consistente en no contrariar a la opinión pública, al menos puertas para fuera, en el teatrillo montado pidiendo sangre y venganza. Con el consiguiente follón. Porque entonces no se les entiende muy bien. Y buscan defenderse a la vez desde ambas trincheras, la de los principios y la del descarnado realismo. No es posible conciliar algo así y, además, no se puede aspirar a que se comprenda.

La ventaja es que, gracias a que los primeros que no lo entienden son los del PP, estamos asistiendo por fin a la forma en que un debate sobre política antiterrorista se ha de desarrollar en una sociedad democrática. Llegan unos y te dicen qué creen que hay que hacer (hablar, tratar de resolverlo con alguna concesión aquí y algún beneficio penitenciario allá, con tal de que cesen los asesinatos y por mucho que eso suponga tragarse la rabia y parcelas de dignidad frente a los que han matado y torturado), llegan los otros y te dicen qué es mejor a su juicio (poner los huevos encima de la mesa y demostrar a ETA que vamos contra ellos con todo, así nos dejemos el Estado de Derecho hecho jirones). Parece mucho mejor esto que tener un supuesto consenso de mínimos asumible por ambos bandos (vendemos unos principios que defendemos públicamente y que luego podemos selectivamente olvidar, en parte gracias a que nos ponemos más o menos de acuerdo para hacerlo, hoy por ti, mañana por mí). Tocará a la ciudadanía, en breve además, elegir qué vía prefiere.