El presidente de la República francesa, Jacques Chirac, acaba de pinchar el hermoso globo del orgullo español con un machete dentado propio del Vietcong y las mesitas de noche de cientos de miles de ciudadanos norteamericanos. Este caballero galo de expresión bobalicona y que, junto a Gerhard Schröder daba una imagen de putrefacción y decadencia europeas que ni los gerontócratas soviéticos metiéndole la lengua hasta la garganta a Honecker, este sujeto ha dicho lo siguiente: “No tengo ninguna admiración por esas hordas que llegaron a América para destruirla, además, no fue Colón quien descubrió América, sino los vikingos ¡y cinco siglos antes!”

Y sí, efectivamente, se está refiriendo a nosotros. Vamos a ver, no es que el descubrimiento de América lo tengamos a gala en este país como si fuera la quintaesencia del ingenio. Tampoco lo desconsideramos, en un gesto de modestia y generosidad sin límites, como otros inventos españoles de gran relevancia: el helicóptero, el submarino, la fregona o el chupachups. Honra que fueran pendones castellanos los que constatasen la buena nueva al mundo entero: la Tierra es redonda. Pero tampoco es para tanto.

La realidad es que los españoles no éramos más listos que los demás. No mirábamos de soslayo al horizonte y, rascándonos la tripa, murmurábamos entre dientes: joder, hostia, para mi que esto es redondo. Tuvo que ser un genovés el que estuviera convencido de ello, lo necesario como para querer montar una expedición y comprobarlo. El tío, Cristobal Colón es su nombre, dijo allí en Italia que si le seguía alguien a buscar una nueva ruta para las Indias y le contestaron: ma io no tengo auto, señorinna, ma puedo beberme el capuchinno derramándolo en su chocho. A lo que Colón replicó que no, que él iba con esos pelos y esas pintas, pero que se trataba de un varón. Y se vino a España. Aquí la cosa le resultó mucho más fácil. Entró en un bar, invitó a una ronda y dijo: A que no hay cojones de ir en barco a los confines del Universo donde un abismo aloja a criaturas y alimañas abominables. ¿Que no hay cojones? -contestó un tal Pinzón dándose puñetazos en el pecho desnudo. ¡Me cago en tol´copetín! -irrumpió también su hermano manotazo en barra. Y ya está, así se fraguó el Descubrimiento. No es algo de lo que se pueda presumir mucho en este país. Chirac, aquí ocurre todos los días y genera miles de muertos. Pero aunque no sea nuestro máximo orgullo, tampoco nos toques la pirola.

A continuación, no contento con ello, el presidente francés, que concluye su mandato, sigue con sus memorias acuñando la siguiente joya digna de un orfebre maestro: “los vikingos, a diferencia de las expediciones europeas posteriores, no montaron tanto lío y tuvieron la elegancia de destruirse ellos mismos”. Con lo que se colige que al mandatario gabacho le corre el coñac por las venas como en las mejores galas. A continuación, confiesa que eliminó París de los festejos de 1992 cuando era alcalde de ese poblacho y Nuestro Amado Líder, Juan Carlos I de Borbón, Rey de las Comunidades Autónomas Subpirenáicas Soviéticas, le mandó una carta: “Me he quedado estupefacto al saber que has decidido que París se abstenga de participar en los festejos”. Que en jerga diplomática quiere decir: “Eres tonto del haba”. ¿Y qué le va a decir? ¿Se puede ser más francés?

Después de darnos por saco a nosotros, arremete con los americanos, que son los siguientes en la cola dignos de su más profundo desprecio, no obstante, con la muerte de millones de jóvenes ganaron por ellos dos guerras contra el pueblo alemán para que ahora, simplemente, existan. “Me cuesta soportar la hegemonía de firmas como Coca-Cola y tengo sin cesar un problema cultural con los americanos, siempre proclives a imponer sus puntos de vista”. Finalmente, se confiesa coleccionista de cestitas y demás porquerías que venden los pueblos indígenas en las tiendas caras de París, para soltar, sobre su propio país en referencia a África: “luego de haber robado su cultura, hemos robado sus recursos y sus materias primas valiéndonos de la mano de obra local”. Mira, qué cosas, hasta un francés es incapaz de mentir tres veces seguidas. Esto es verdad. Puede que no tenga el corazón tan negro, al menos no tan negro como su hígado, que con estos niveles de alcoholemia, debe ser hincha del Sporting de Gijón.