Un Goya para Pene

Los premios Goya, la gran fiesta del (cachondeo del) cine español, celebraban este año su edición número veintiuno. La ceremonia que se ha ganado el pitorreo popular de ser el paripé más autocomplaciente y aburrido del panorama cultural (?) de nuestro país lo ha probado todo para quitarse ese honor labrado con tesón: se ha intentado cambiar de día su celebración, cambiar la duración, acortar el tiempo para los discursos, insertar números musicales, cómicos y dramáticos, probar con un presentador, con dos o en grupo, darle un toque político reivindicativo o pelotero con la Monarquía. E incluso se ha intentado ya el colmo: poner a mujeres al frente de la Academia de Cine. Porque, después de varios experimentos, la conclusión es obvia: ya que la principal labor de quien preside la Academia es llorar y pedir más subvenciones, pues qué mejor que hacerlo mediante un bello rostro femenino. El mecanismo de pensamiento es perverso y machista, pero poco debe extrañar esta situación en un país en el que los Ministerios importantes se dejan a los hombres, y los verbeneros (los considerados de segunda categoría), a las mujeres, para satisfacer la cuota.

El caso es que la nueva presidenta ha cumplido con su papel en la ceremonia de los Goya 2007. Después de avisar, en su discurso, de que no era momento de pedir más subvenciones, procedió a leer una historia incomprensible escrita en un papel arrugado y cutre. Se nota que la presidenta, Ángeles González-Sinde, ha sido guionista de la serie Cuéntame, porque cualquier parecido entre lo que decía y la realidad era pura coincidencia. En la reivindicación de su discurso de “un cine para todos los ciudadanos”, uno ya se pone a temblar. ¿Qué quiere decir? ¿Que nos van a obligar a ver cine español actual? ¿Que “todos los ciudadanos” tenemos que ser más generosos con el actual cine español? En cualquier caso, hay que decir que González-Sinde promete porque no es Aitana Sánchez-Gijón y eso, vista su gestión inocua, pues al menos reconforta.

De cualquier manera, la ceremonia de los Goya se reinventa cada año. Los responsables buscan lo imposible: ya que el cine español actual pierde espectadores, los Goya tienen que ganar televidentes. Esa ecuación tan incomprensible es la que mueve los nervios del sector del cine de nuestro país, inalterable ante la cruda realidad: que, en general, importa poco su fiesta privada de Hollywood de pueblo montada para homenajearse a sí mismos y que el espectador sensato lo que quiere un domingo por la noche es distraerse viendo una película de puñetazos de Steven Seagal, y no que le recuerden con una gala el país de trapicheos y culturilla de opereta en el que vive.

Con todo, un año más hemos cumplido con nuestra labor y hemos visto la ceremonia, con algún tímido zapeo, eso sí, que uno no es de piedra. Y hemos pensado que el interés de los Goya siempre está en un par de aspectos sobre los que conviene volver una vez más:

1. El cachondeo por lo aburrido de la gala. En esta ocasión, la solución ha sido retransmitir en diferido la ceremonia. Desde la Academia se ha negado que sea por cuestiones de censura (¿cómo puede haber maledicentes que piensen eso?), pero la cuestión es que la emisión realizada por TVE llegaba con media de retraso. Creemos sinceramente que no se trata de censura, sino de un asunto más práctico: la voluntad de no dejar cinco minutos sin un plano del escote de Pene Cruz. La actriz de peliculones como Woman on Top está lanzada definitivamente al estrellato en Hollywood, y en casa le tienden la alfombra por esa fascinación que existe en cualquier parte del mundo libre por la combinación de un par de tetas y una cabeza hueca. La veneración llega hasta tal punto que el presentador de la ceremonia, José Corbacho, le ha pedido perdón por su parodia de la actriz en la película Volver.

2. El presentador. Precisamente éste es el elemento nuclear de la ceremonia. Esta vez se ha elegido a Corbacho para presentar la gala. Y a pesar de que lo ha hecho bien y con cierta gracia parodiando las películas nominadas, aquí tenemos que volver a romper una lanza en favor de Antonia San Juan. La echamos de menos. Creemos que los Goya no han vuelto a alcanzar aquel momento sublime en que presentó la ceremonia y la boicoteó en cuanto supo que no le daban el galardón a la mejor actriz. Nos conformamos incluso con volver a ese otro momento en que apareció vestida de Dulcinea a lomos de un caballo. La chabacanería, la presencia arrabalera de la San Juan es lo que mejor define los Goya. Por eso nos parecen injustos estos intentos de sofisticación de los premios sin contar con una de las actrices que más han hecho por mostrar un retrato fiel de nuestra identidad como pueblo.

Podríamos hablar de los premios, pero tampoco vamos a decir mucho porque no queremos ser tan aburridos como los Goya. Teníamos esta vez de todo: la película del genio (Volver), la superproducción (Alatriste) y la peli buena (El laberinto del fauno). En resumen, la mejor película es la de Almodóvar, el mejor guión el de Guillermo del Toro y veintipico categorías más para que todo quede repartido, todos contentos, pero eso sí, la protagonista es Pene, la mejor actriz. Y la ministra Carmen Calvo estaba en la sala con ojitos de envidia: qué guapa, pensaría, ¿le sentará bien una chupa de cuero?