2006 se va y lo hace cuando todavía no se ha difuminado del todo la estela de reacciones al fallecimiento de nuestro General Pinochet ni se han apagado las voces con sabios consejos españoles para ilustrar a los chilenos, subdesarrollados como son, sobre cómo saldar cuentas con el pasado, con los asesinos del ayer y con sus cómplices.

Mientras, así liberados de las ominosas presencias del Dictador en su casa y de Anita Obregón en la ceremonia de las uvas, todo el mundo despide pacíficamente 2006, los responsables de Televisión Española han dedicado el mes de diciembre a infligir a la ciudadanía ataques indiscriminados de nostalgia facilona, con un abuso de imágenes de Fernando Esteso que debería estar prohibo por la OMS (excepto para la Comunidad de Madrid), empleando para ello la emisión de programas y galas dedicados a conmemorar que nuestra tele cumplía 50 años. Con ocasión de tan sonada efeméride, los profesionales de Televisión Española se han dado un atracón de autocomplacencia y nos han explicado cómo trajeron la democracia desde dentro, socavando los cimientos del régimen donde más dolía. Pedro Erquicia y su “Informe Semanal”, nacido en el 73 para educar en la democracia y el pluralismo; Laurita Velenzuela y Joaquín Prats incitando a la rebeldía o el mismísimo Jesús Hermida son buen ejemplo. Sólo hemos echado en falta a Juan Luis Cebrián para explicar a la descreída ciudadanía de 2006 las maneras en que se luchaba valientemente por la libertad dirigiendo los informativos de la tele del franquismo.

Junto a esta meritoria tarea de educación cívica, los archivos desempolvados han permitido a la audiencia descubrir que el hilo conductor con el que Televisión Española ha desarrollado su pretendida labor de servicio público ha sido siempre el mismo: la cutrez, la corteza de miras, el fácil recurso a alentar las más bajas pasiones, la vocación de entretener a unas masas que se tienen por imbéciles y a las que se trata como tales. Desde los programas infantiles, de vergüenza ajena ayer, hoy y siempre; a los dedicados a los jubilados en celo ya sea en versión varietés con Lina Morgan a la cabeza (pa que nadie diga que estos fastos no han culturizado a la plebe, sepan que he aprendido que Hostal Royal Manzanares ha sido la serie de más audiencia de la historia de la tele en España, dejando claro que, pa chulos, nosotros), ya dedicados en horario matinal a hacer bromas picaronas con el Viagra. Con contadísimas excepciones, visionar los fragmentos de esa historia (y, con ella, de la de España) que ha venido emitiendo para celebrar su cumpleaños nuestra tele pública permite asistir a una radiografía de cómo, desde arriba, se ha visto y querido moldear al pueblo español.

Lejos, lejísimos, queda el ejemplo de la BBC. Pero también la más que digna tarea que realizan las televisiones públicas alemanas, tanto en su labor de ámbito regional como en las emisiones que de forma agrupada y cooperativa preparan para las dos cadenas de ámbito nacional. En España, por supuesto, la aparición de televisiones autonómicas ha servido para aumentar la gresca, el derroche y las toneladas de caspa, sin que sea posible ni imaginable ningún tipo de cooperación entre ellas (salvo para comprar partidos de fútbol) o con Televisión Española con el fin de hacer espacios de calidad.

Ni siquiera la línea francesa, con teles de partido comme il faut, ha sabido ser desarrollada en España. Con las obsesiones sindicales y estatalistas de un service public a la francesa, la tele pública de allí mamaba de las fuentes que mamaba, pero ofrecía productos cuidados y más o menos dignos. Los ministros podían llegar a sentarse a presentar un telediario y explicar a la anonadada audiencia que habían decidido que a partir de ese día la información en la tele se daría así o asá, bella tradición que hoy continúa poniendo a las compañeras sentimentales de los políticos a hacer esta función de comunicación pública (cuestión de avance feminista en la estela de Simone de Beauvoir), pero es que en España ni eso era necesario. Los telediarios y sus periodistas, ferozmente críticos y comprometidos con el servicio a la ciudadanía, han sabido siempre muy bien qué debían hacer y qué se esperaba de ellos. Alfredo Urdaci es quien mejor, probablemente, ha sabido inspirarse en las enseñanzas en esta materia de Pedro Erquicia, llegando ambos al extremo de comprometer la estabilidad de algo tan señero como la Primera edición del Telediario en aras al servicio a la patria. La injerencia política se ha reservado en nuestro país, por ello, para cosas más exóticas dada la innecesariedad de su empleo en los informativos, desde Carrero Blanco encargando directamente un producto como Crónicas de un Pueblo, a los gobiernos socialistas vetando a todo aquel que se confesase republicano en pantalla o, peor todavía, a quien osara invitar a un plató a alguien que hubiera criticado públicamente a la Casa Real.

La llegada regeneracionista de Rodríguez Zapatero ha permitido transformar una de las dos dinámicas de fondo de nuestra tele pública: su feroz gubernamentalismo. Nuestra tele no se parecerá a la BBC nunca, pero al fin dejará de beber no sólo en los profesionales repudiados por la RAI (Lazarrov, Torrebruno, Rafaella Carrá y tantos otros grandes de nuestras ondas) sino también en ese peculiar estilo, en el inconfundible descaro con el que en Italia se apoya a quien manda políticamente en la tele de turno (que allí, al menos, como el botín se reparte en tres canales, uno de cada tendencia, se produce una suerte suma cero de bazofia televisiva que crea un entorno de manicomio donde nada tiene demasiada importancia menos el muslo y pechuga en prime time, efecto que en nuestro país sólo se lograba en las CC.AA. con gobierno de signo distinto al del Estado). Seguirá TVE, sí, siendo cutre y pobretona, nada ambiciosa y con su suerte fiada a programas de baile para jubilados nostálgicos del antiguo régimen, espacios presuntamente humorísticos con gran éxito al sur de Despeñaperros y productos de hechura pretendidamente intelectual que desde hace treinta y cinco años son encargados a los mismos luchadores por la libertad, demócratas de toda la vida, o sus familias, que son la sal de la vida de nuestro audiovisual. Pero al menos ya no está descaradamente sesgada a favor del Gobierno de turno. Pero no teman, Rodríguez Zapetero no está loco ni es un radikal, por lo que nuestra tele de servicio público sigue estando volcada en el cuidado de ciertos valores, no vaya a molestarse nadie en demasía como se descontrole la cosa (lo que pasa periódicamente con la BBC, ya se sabe). De un medio de comunicación lo menos que puede esperarse en estos tiempos de penuria crítica, de acuerdo con la ideología del talante, es que no genere conflictos. Y los nuevos rectores de la corporación pública de radio y televisión se han puesto a ello con óptimos resultados. Este es el motivo de que la nueva Televisión Española, transformada en icono del regeneracionismo chupiguay de Rodríguez Zapatero, haya pasado a inspirarse en el credo políticamente correcto dominante: una tele que no transpire, ni moje, ni cale, ni transpase…

Haciendo virtud de la necesidad (progresiva pérdida de una audiencia por lo demás muy envejecida, galopante pérdida de credibilidad), Rodríguez Zapatero ha renunciado a emplear como Noticiario Documentado la tele pública. Se ha dado así un paso más para convertirla en una emisora privada más, desprovista de cualquier rasgo que la singularice como emisora pública, dado que no ha venido el magnánimo gesto acompañado de una voluntad de servicio discernible. Sólo le queda por ello a la tele de todos como factor de legitimación, eso sí, la nostalgia, el cultivo oficialista a una determinada historia de una determinada España. Tenemos así una tele fina y segura, consagrada a competir en el barro y oficializada como vehículo de transmisión de lo que ha sido y se entiende que es, nuestra Historia.

En este sentido cabe entender el éxito de series como Cuentáme… o la orgía remember de espacios como La Imagen de Tu Vida. Y ahí afloran divertidos tics corporativistas y estatalistas, dulcificadores y mentirosos, de los que sólo paso a relatar dos ejemplos recientemente visionados por quien esto escribe. Que de ese se trataba cuando empecé a escribir esto para despedir el año, de relatar dos anecdotillas simpáticas:

- Hace ya años nos preguntábamos perplejos cómo una tele pública podía permitirse dar una imagen tan florida y edulcorada del franquismo como la da Cuentáme cómo pasó. A día de hoy la serie sigue, y con notable éxito de audiencia. Es un producto más de esos marca de la casa: blandito, fácil de digerir, que aúna frente al televisor a abuelas y señores de mediana edad emocionados recordando los sofás de skay con niños y adolescentes necesitados de bromuro interesados en las tramas (o como se quiera llamar a lo que se emite) humanas de los personajes en flor. Pues bien, uno de los protagonistas trabaja ahora en Pueblo, cantera de periodistas de raza, como es sabido, y que en la serie aparece dibujado como un diario “crítico” con el franquismo. Me ahorro comentar nada al respecto porque lo que viene es aún mejor.

En un reciente episodio a un redactor le zumban y otro recibe numerosas amenazas por sus constantes informaciones críticas con el régimen. Ante la grave situación y riesgo para sus redactores, el mismísimo director del periódico, D. Emilio Romero, toma cartas en el asunto. Defiende a sus redactores e incluso el actor que caracteriza al prócer del periodismo patrio (convenientemente gafudo y calvo), además de felicitar a sus izquierdistas redactores, descuelga el teléfono para llamar a capítulo a no se sabe quién con el fin de que paren los ataques. La misma historia es de por sí, narrada de esta forma, extraña. ¿De dónde sacaba tanta autoridad, en esa época, un director de un periódico crítico e izquierdista? Claro que los guionistas que nos quieren vender la cabra, en realidad, en esto no engañan. Porque lo que es poder y contactos sí tenía D. Emilio Romero, periodista aúlico a fin de cuentas del Generalísimo y franquista hasta la médula de toda la vida de Dios. Que una serie de televisión, en la tele pública para más señas, pueda tener la osadía de dibujar su figura como la de un luchador comprometido con las libertades y dedicado a combatir el franquismo es un burla obscena. Que la cosa pase así como así y no suscite la hilaridad y rechifla generalizadas demuestra hasta qué punto el franquismo sociológico de los gerifaltes (todavía hoy) de los medios españoles y su espíritu de casta están comprometidos en escribir una historia paralela donde, cómo no, eran precisamente ellos mismos y sus amigotes los que luchaban por la libertad más que nadie.

- Es así que, claro, el Caudillo murió en la cama. Y su sucesor, designado por él mismo al margen de cualquier legitimidad (ni los españoles lo eligieron ni tenía legitimidad dinástica, su posición como Jefe de Estado se explica exclusivamente por la voluntad del Caudillo de que él fuera su sucesor), Don Juan Carlos de Borbón, hubo de ser proclamado Jefe de Estado y coronado Rey, en estricto cumlimiento de todo lo que dispuso Francisco Franco. Así se hizo. Y Televisión Española estuvo allí.

Con ocasión del festival remember del programita La Imagen de Tu Vida, han pasado varias veces las imágenes de la ceremonia, con las palabras del Presidente del Consejo de Regencia, tras jurar el cargo Nuestro Campechano I de Borbón. Sin embargo, ¡oh sorpresa!, faltan unas palabritas. Porque Alejandro Rodríguez Valcárcel, presidente del Consejo de Regencia, justo en el momento en el que Juan Carlos I de España juraba su cargo de monarca, y antes de lanzar sendos vivas a España y al Rey, intercaló un sentido “Desde la emoción en el recuerdo a Franco” que le honra y nos pone la carne de gallina a todos los españoles de bien cuando lo escuchamos. Pues bien, TVE nos ha cortado la secuencia histórica y ahorrado las palabritas, dejándonos con un coitus interruptus en el proceso de inmersión en nuestra reforma respetuosa con la legalidad vigente que hemos tenido que solventar yéndonos al Valle de los Caídos a pegar un par de hostias a cuatro franceses que pasaban por ahí. Y no hay derecho.

Para los ciudadanos que han visto el programa, el Rey jura el cargo y luego un tipo muy serio oficializa el nombramiento y lanza vivas a España y al Rey. En realidad, este señor lo que hizo fue oficializar el nombramiento de acuerdo con la voluntad del Caudillo y en estricto cumplimiento de la legalidad que nos legó y, desde el emocionado recuerdo a este gran hacedor, y en tanto que él así lo quiso, saludar con un “viva” la entronación de Campechano Primero. Estos tres segunditos escasos de grabación que han sido cortados porque, seguro, ocupaban un incómodo espacio preciso para que Hermida pudiera acabar el sintagma nominal de alguna frase sin apuros, permiten que la llegada de Juan Carlos a la Jefatura del Estado, vista desde la actualidasd y por alguien ignorante de lo que ocurrió, parezcan una cosa muy normal. Incluso que se intuyan como un noble evento que consagró el triunfo de un heroico acto de resistencia: “murió Franco y el Rey ganó la batalla por la democracia”, vienen a decirnos. Obvio es que, con la secuencia completa, las cosas se entienden mucho mejor y dejan claro de qué se trataba. Pero Televisión Española, en esto sí fiel a su tradición e historia, sigue empeñada en cultivar una mirada a España y a su pasado digna de un país inmaduro y tercermundista. Sigue empeñada en demostrar que está al servicio, para lo que haga falta, de ciertos intereses muy por encima de cualquier servicio a la verdad y a los ciudadanos que la sufragan. Probablemente, claro, son las consecuencias de una triste herencia. Y es que falta habría hecho, a la luz de lo que en la actualidad sabemos, que un comprometido liberal y antifranquista como Don Emilio Romero hubiera sido el encargado de ponerla en marcha. Otro gallo habría cantado.