Nuestro General Pinochet, ídolo de las masas huérfanas de nuestro Caudillo por la Gracia de Dios, ha fallecido en medio de la confusión sobre su estado de salud, que ya tiene mérito. Pero para quien prometió a Salvador Allende ser un recio valladar contra cualquier militar que pretendiera usurpar el gobierno a quienes tenían la legitimidad democrática para ostentarlo, en tanto que Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas del Chile previo a la Dictadura, nada hay imposible. De forma que la muerte, que normalmente tan clarificadora es sobre la buena o mala conservación de los organismos vivos, ni siquiera ha logrado, en este caso, despejar totalmente la incertidumbre. Donde haya un macho reciamente español, que se quiten las mariconadas previas al principio de indeterminación. Lástima que cada día queden menos (machos a la española, se entiende): Castro está en las últimas, parece. Y Sadam Hussein, que no era español pero lo parecía por lo prolongada y sabiamente cambiante de aliados, por mucho que siempre truculenta, acción de firme gobierno, ya sabemos cómo ha acabado por culpa de estar sentado sobre campos de petróleo en tiempos de escasez. Blas Piñar, que junto con Nuestro Señor, como es sabido, conforman una sólida mayoría absoluta en Cortes desde 1978, es de lo poco que nos queda. Y a saber por cuánto tiempo.

La marcha de Pinochet, de quien podemos apostar desde ya que será el protagonista de nuevos trabajos de historiografía creativa por parte de Pío Moa en cuanto se agote el filón de la Guerra Civil española o de una biografía novelada por parte de Don César Vidal (con el lirismo que sólo sabe darle a las vidas ejemplares de hoy de siempre la única persona del mundo que escribe más que lee), obliga a reflexionar sobre la vida, las sociedades, los seres humanos y las tonterías que con desgraciada frecuencia hacemos. Dejaremos discusiones apasionantes en torno a los 30.000 cubanos que había traído Allende para dar un inminente golpe de Estado (¡como los republicanos de izquierdas tras su victoria en España en el 36!, porque a los españoles ganar en las urnas les jode y no se pueden reprimir, ya se sabe, en cuanto se acomodan a los oropeles del poder echan de menos el monte y empiezan a programarte una dictadura neoestalinista) y la imperiosa necesidad de una reacción fulminante plenamente justificada dado lo que se avecinaba. Ya se sabe que no hay nada como montar un totalitarismo salvaje, liberticida y exterminador de la disidencia para conjurar cualquier potencial riesgo de totalitarismo liberticida, exterminador de la disidencia y salvaje. Este tipo de cosas, reflexiones demócratas de toda la vida de Todo a 100, insistimos, las dejaremos para los próximos best-sellers de nuestros colegas de Libertad Digital.

Lo que nos interesa ahora, como faro teológico que es LPD en estos tiempos de confusión donde hasta Ratzinger se pone sospechosamente racionalista, es resaltar la miseria de la población chilena. No por nada, no por joder ni ir de españolitos sin tacha (que esto se lo dejamos a Garzón y a todos los firmes partidarios de ajustar judicialmente las cuentas de todas las dictaduras del orbe menos una muy concreta, ¿adivinan cuál?), sino porque la cosa permite reflexionar sobre lo que no es más que un fiel reflejo del aspecto más turbio del alma humana, así como la entrañable y absurda candidez con que valoramos las acciones y posible trayectoria futura de lo que podríamos llamar “nuestros hijos de puta”.

Y es que, como saben, la versión oficial nos dice que las buenas gentes de bien chilenas, católicas apostólicas romanas ellas, demócratas burgueses, industriales civilizados, políticos medio acostumbrados al debate y la discusión, apoyaron con entusiasmo la misión saneadora, la Cruzada diríamos casi con emoción, de Nuestro General. Si había que limpiar las sentinas, pues se miraba un poquito para otro lado, porque Allende había puesto el país perdido de esperanzas y, no lo olviden, de miles de militares y espías cubanos (en estimación conservadora, contados por los servicios de Interior de la Comunidad de Madrid dedicados a calcular el número de manifestantes podemos estar en cifras que hablarían de una capacidad de movilización que ni Britney Spears) y eso no se podía consentir. De forma que orábamos todos juntitos con un emocionado recuerdo para Nuestro General y a otra cosa mariposa. A mirar alegres y confiados para otro lado. Una vez hecha la limpieza, se suponía, ¿quién iba a pensar que alguien con el corazón nobilísimo de Augusto Pinochet se amarraría al poder? Y es que la burguesía chilena, por muy civilizada que se pretendiera, ni había leído, por lo visto, el trabajo sobre la dictadura de Schmitt ni, a la vista está, había aprendido demasiado de sus cercanas experiencias. Pero es una característica de todos los seres humanos, como demuestra la Historia, tantas veces espectadora de estas situaciones, en muchos y distintos tiempos y países, olvidar que hay una ley de bronce de la naturaleza que dice que cuando se acude alegremente a alguien para que se haga con todo el poder y lo emplee sin frenos ni controles para salvar a la nación, este personaje suele tener una incomprensible tendencia a entender que su trabajo no termina de poder entenderse como finiquitado nunca. Resulta alucinante que gentes cultivadas y sensatas olviden con tanta facilidad este impepinable realidad y que como consecuencia los humanos caigamos una y otra vez en el mismo error: cuestiones morales aparte, demostramos ser unos verdaderos majaderos cada vez que apoyamos sinceramente la intervención de un caudillo confiados en que en cuanto vuelvan las aguas a su cauce, los rojos a la oposición, los separatistas a sus ponzoñosas charcas, los judíos a los negocios de repostería o los infiltrados cubanos a las playas del Caribe nuestro querido tirano se alejará pacíficamente del poder con la satisfacción del deber cumplido.

A esta extravagancia los seres humanos, como demuestra el caso chileno, unimos una segunda característica de idocia también bastante común. Y es que solemos pensar, ingenuemante, quizás contaminados en el mundo hispánico por la impronta de la intachable figura de Francisco Franco Bahamonde, que los carismáticos salvadores de la patria operan desinteresadamente, como si el mismísimo Rey Juan Carlos Campechano I de España fueran. Y luego se te ponen de consejeros en alguna corporación del gran capital, como cobrando los servicios prestados, y los esquemas se te vienen abajo. ¡Pero si eran almas puras! ¡Si sólo querían salvarnos desinteresadamente! ¿Qué está pasando? ¿Qué estafa es ésta?. Con Nuestro General Pinochet la cosa ha sido, como es habitual, más o menos así. Y la escandalera que se ha montado en Chile porque el buen hombre se había hecho con unos ahorrillos no sólo ha herido a las buenas gentes que creyeron en su bondad y ha liquidado cualquier resto de simpatía por su figura en el país sino que, lo que es peor, ha sorprendido a la mayoría. Angelitos. Será que muchos piensan, catolicismo mediante, que de quien demuestra carecer de escrúpulos para liquidar a todo el que se ponga por delante, asesinar masivamente a los que opinan de forma distinta, torturar y violar a todo lo que se terciara ha de esperarse que mantenga una conducta sin tacha en lo referido a dos o tres mandamientos, para compensar su poca afición a seguir el resto. Pero mucho nos tememos que, normalmente, la cosa se limita, si acaso, a santificar las fiestas o no decir el nombre de Dios en vano. Porque presumir que la condición moral de un dictador furibundamente homicida le convierte en incorruptible es algo que sólo se cree alguien verdaderamente naif.

Aunque, claro, nos dirán, a lo mejor todo tiene que ver con la francamente exitosa transformación de Chile en una economía de mercado como Dios manda. Algo que queda certificado fehacientemente con el propio hecho de que la población, endiabladamente educada en la ética del capitalismo, no valore como tan grave asesinar a varias decenas de miles de compatriotas como desviar sutilmente a Suiza varias decenas de miles de dólares. Pero es ésta una concreta afirmación del fiel de nuestra peculiar balanza moral que, por lo visto, también es congénita a la naturaleza humana, o de algunos humanos. Mientras las vidas sean de otros y el dinero, al menos en parte, sentido como propio, la escala con la que se juzgará una y otra acción es fácil que sea la que señalamos. Pero allá cada cual con lo cómodo que se sienta en ese retrato.
El caso es que Augusto Pinochet ha muerto y nadie parece llorar demasiado su pérdida. Menos, eso sí, en varias emisoras de radio en España, donde esta misma mañana uno podía escuchar encendidas loas a su figura. Por guardar las esencias con pasión que no sea, joder. Aunque, claro, en este caso es fácil: a fin de cuentas Nuestro General tampoco les ha robado a ellos que, en ese caso, otro gallo cantaría.