Si uno escribe en Google “La Página Definitiva AVT” y es una persona normal (es decir, que sólo mira los diez primeros resultados de las búsquedas antes de probar otra cosa) acaba poniendo “LPD AVT”, desesperado, para ver si aparece algo y así encontrar que la única referencia que hay por ahí de cosas que hayamos escrito que mencione a la sedicente Asociación de Víctimas del Terrorismo es una mera apelación de pasada. Como comprenderán, esto no puede ser. Incluso siendo como es seguro que habrá otras cosillas escritas sobre el particular, habrá que intentar algo para que Google nos tome más en serio (no, no he probado la combinación “LPD AVT sexo”).

La Asociación de Víctimas del Terrorismo es un engendro, generosamente regado con dinero público, cuya función consiste en interferir en la política antiterrorista del gobierno de turno en lo que se refiere a la normal transmisión de los contenidos y valores de la misma a la opinión pública y, en consecuencia, alterar el normal debate público que sobre una cuestión tan grave como ésta cualquier sociedad democrática desarrollaría. Esto, dependiendo de la pasta que recibe la AVT de unas y otras Administraciones, tiene un cariz diferente según gobiernen unos u otros. Así, dado que la relevancia pública de la asociación, su empleo como agente para-gubernamental y el copo de sus puestos de dirección por víctimas profesionalizadas en el papel (desde Alcaraz a Irene Villa) estuvo amparado y financiado con los impuestos de todos los ciudadanos en tiempos del Gobierno que fue del Partido Popular y de José María Aznar López, la mentada AVT mantuvo durante los años dorados en los que España salía del rincón de la historia una actitud hacia las políticas llevadas a cabo en esa época tan crítica como la que pueda dispensar L’Osservatore Romano a un discurso de nuestro querido Benito XVI, en Ratisbona, sin ir más lejos. Así, por ejemplo, convalidó tranquilamente toda la actuación del PP durante la tregua de 1998, por mucho que ésta se pareciera sospechosamente a lo que ahora está haciendo, contra toda lógica divina y humana, el mendaz gobierno socialista. En justa correspondencia, una vez sobrevenido el cambio de gobierno (y desde el preciso instante en que éste se produce, esto es, desde el mismísimo día del golpe de estado del 11-M, convenientemente denunciado por sus responsables como una pantalla de humo para favorecer a ETA), la AVT ha seguido comportándose como lo que, guste o no (incluyendo, a buen seguro, a parte de sus afiliados en el disgusto), es: el brazo armado del PP ante la opinión pública para las opiniones en materia antiterrorista que sería infame que osara proferir un dirigente político. Al amparo de que son víctimas, por lo visto, se presume (con notable acierto) que nadie se atreverá a calificar su mendaz actuación como lo que es. Escribir esto que están leyendo, por ejemplo, les informo desde ya (y así nos lo ahorramos después), supone no respetar la memoria de las víctimas ni su dolor.

La AVT organiza periódicamente a tal efecto manifestaciones multitudinarias con las que obtiene financiación adicional a la que sigue recibiendo vía presupuestos generales del Estado (el PSOE no se ha atrevido del todo a privarle de la subvención, si bien la ha reducido considerablemente, por eso de que las víctimas, incluso las asociadas en la AVT, tienen su buena prensa y a que, además, la AVT, al menos oficialmente, asegura repartir parte de la pasta entre los afiliados más necesitados), vía administraciones públicas controladas por el Partido Popular o por las facciones del Partido Socialista no entregadas a Ben Laden (PP Bono y demás). Con todo, a pesar de la utilidad de un engendro de este tipo para plantear las posturas más cavernarias, el PP se deja llevar en ocasiones por el entusiasmo y se suma a las mismas, lo que las desnaturaliza un poco. Pero tampoco es algo que sea demasiado grave. Más o menos la opinión pública sabe que a la AVT y al PP les separa un línea tan tenue como la que deslinda la selección española del Real Madrid. Serán diferentes, sí, pero se nota bien poco. Además, el éxito de convocatoria de las manifas de la AVT, con sus millones de participantes que una y otra vez plantan cara a ETA (la AVT es la única entidad que nunca ha convocado una manifestación a la que hayan acudido menos de un millón de personas) hace difícil sustraerse a la presión. Lo comprendemos.

La miseria que anida en la negra alma de todo español hace que estas concentraciones de señoras con abrigos de pieles y pendientes de perlas que llevan del brazo a un señor con bigotillo sumido en una desquiciante lucha interior por desprenderse del hábito de comprar el ABC no sean vistas con buenos ojos. Por eso el PSOE ha intentado montar asociaciones paralelas de víctimas, a las que correlativamente se obsesiona con regar presupuestariamente, a ver si con constancia la planta acaba saliendo tan robusta como la AVT. Y, demostrado que este proyecto, si fructifica, lo hará con el tiempo, se empeña en apadrinar ante la opinión pública a víctimas del terrorismo (mutilados, hijos de asesinados, viudas, incluso de vez en cuando aportan a algún hermano de herido en atentado, como diciéndole a la AVT “cuidadín, que nosotros también disfrutamos de todo tipo de legitimidad”) que no comparten el credo de la AVT: desde los que piensan que se puede negociar con los terroristas y que el proceso actualmente en curso es una iniciativa legítima por parte del Gobierno a los que no están de acuerdo con sentenciar a cadena perpetua o a muerte a los terroristas, pasando por los que opinan que Alcaraz, por mucho líder democrático y representativo sin tacha de la AVT que sea, viste con pésimo gusto.

De momento es una batalla perdida. “La opinión de las víctimas” es, para la opinión pública española, la que emiten los órganos rectores de la AVT. Y lo será por un tiempo, por alucinante que pueda parecerle a cualquier persona sensata. Que quien desee luchar por lograr un mínimo de racionalidad en los debates al respecto se ocupe de esta anomalía o llame a Iker Jiménez para que lo haga. De momento, no será LPD, para quien la cuestión nuclear no es qué piensen las víctimas porque, dicho con todo el respeto, nos la pela. Como debiera pelársela al resto de la sociedad. Y, quede claro, cuando digo LPD digo “quien esto escribe”, pero permítaseme darle dramatismo a la proclamación.

Uno de los grandes avances de nuestra cvilización consistió, allá por la Edad Media, en la asunción de una idea muy sencilla: para que la convivencia funcionara mejor no convenía que se encargara uno mismo de decidir el castigo de quien te asesinaba a un hijo o te lo violaba, pues ello sólo generaba ulteriores problemas y espirales de violencia. La proscripción de la venganza privada y la implantación de sistemas al principio muy poco evolucionados de justicia públicos constituye una de las bases de la civilización. La decisión sobre qué actos son graves y cómo han de ser castigados los culpables no se reconoce desde hace unos quinientos años en ninguna sociedad donde la gente sepa leer y escribir en porcentajes superiores al 20% a las víctimas.

Bueno, pues LPD va un paso más allá. Así, afirmamos que esta idea se puede aplicar, incluso, a la AVT. Si nos ponemos chulos, además, consideraremos que también se les aplica la ley de la gravedad y entonces andarán jodidos de verdad. O sea, que mejor que se anden con ojito. No vaya a ser que la cosa acabe con que la AVT no está al margen de la realidad que envuelve al resto de los humanos. La legitimidad que tiene Alcaraz para opinar sobre si el Gobierno hace bien o mal negociando con ETA o sobre si debe regular competiciones interautonómicas de carreras de caracoles no es superior a la mía o a la de cualquier otro ciudadano. Con una pequeña diferencia que cualquier sociedad madura aprecia: si bien sus posiciones en lo que hace al segundo de los supuestos pueden ser asumidas con total naturalidad con el mismo valor que las de cualquier hijo de vecino, respecto de sus opiniones sobre el primer asunto hay que adoptar la sana cautela de ser conscientes de que, humanamente, es comprensible que cualquier víctima esté fuera de sí y, al margen de lo más conveniente para la sociedad en su conjunto, su juicio se vea nublado por el muy humano (en el peor sentido del término) deseo de venganza.

Irene Villa, icono de la AVT que voluntariamente juega ese papel, no es alguien de suyo especialmente relevante para opinar sobre política antiterrorista. A pesar de lo que ella crea y de lo que los que la utilizan de una forma lamentable (haciendo lo que Jesús Quintero hacía con el Risitas o Alfonso Arús con Carlos Jesús) pretendan. Quizá podría llegar a serlo, como cualquier persona, si demostrara grandes conocimientos, gran capacidad intelectal, gran sentido común. Quiere esto decir que ser víctima tampoco invalida para poder opinar de forma muy pertinente (aunque habrá quienes aventurarán, con bastante razón, que sí lo dificulta mucho). Pero lo que en ninguna caso produce es otorgar de suyo un conocimiento revelado que haya de ser atendido por una sociedad madura. O una mayor legitimidad para opinar. Las naciones serias, llegado el caso, atienden a las razones de quienes merece que se les haga caso. Comparen a Irene Villa con Eduardo Madina y juzguen Ustedes mismos.

En ningún caso las víctimas del terrorismo, por el hecho de serlo, han de ser tomadas en cuenta a la hora de dirigir la política antiterrorista o de optar por negociar o no. Dar pábulo a su irrupción en la escena pública como han hecho algunos en España sólo demuestra hasta dónde están dispuestos a llegar para lograr que se imponga una concreta visión de cómo han de hacerse las cosas. Utilizando torticeramente a las víctimas. A quienes, en una sociedad como Dios manda, se atendería como merecen (que, por cierto, si en España no hay presos políticos tampoco hay víctimas de crímenes políticos con lo que, en consecuencia, las víctimas de cualquier muerte violenta deberían ser tratadas por igual según el credo de quienes asumen la premisa expuesta) y no se prestaría la más mínima atención como lobby ideológico. Para eso ya tenemos a los pensionistas.