Habíamos depositado mucha confianza en el futuro inmediato. Pensábamos que las cosas podrían cambiar algo, un poco, lo justo, venga, un milímetro, una micra, un angstrom. Una vez más, la realidad se encarga de abrir los ojos. El sector político, tan estático en España, había experimentado con la irrupción de Ciutadans casi un terremoto a juzgar por algunas reacciones. Sin embargo, el pasado oscuro de Albert Rivera ha mandado al traste toda posibilidad de renovación.

Este personaje, al que habría que calificar de personajillo, estuvo afiliado a las juventudes del PP. Observen con detenimiento. Rivera entra en la sede del PP, se acerca al mostrador, le dice algo a la recepcionista, que le indica una dirección. Sigue por el pasillo y se introduce en otra estancia tras llamar a la puerta. Allí le ofrecen un papel, que rellena. Presten atención ahora. Se ve claramente como Rivera firma el documento tras cumplimentarlo. En la repetición quizá se percaten mejor. Rivera entra en la sede, la recepcionista le guía, llega a otra parte del edificio, allí, con un bolígrafo, seguramente, aunque no se aprecia bien, un Inoxcrom, rellena un papel y, ahora lo volvemos a ver, termina firmándolo. Un poco más cerca… ahí se aprecia la firma. El trazo final… ras. De nuevo. El trazo final… ras. Este es el momento en que el miembro de Ciutadans se hizo de las juventudes del PP.

Todavía no está claro si la mañana de autos tuvo lugar en el 2002 o en el 2003. En el caso de que, como apuntan algunos medios de comunicación, sucediese en junio de 2003, Albert Rivera podría considerarse no sólo culpable de afiliarse a las juventudes del PP, sino de convertirse en cómplice de asesinato en calidad de porcentaje por la vía de la participación ideológica en la guerra de Irak. ¿Cuánta sangre mancha sus manos? Y en caso de que todo pasara en septiembre del 2002 lo cierto es que al año siguiente no pidió la baja, por lo que ¿cuánta sangre mancha sus manos?

Al margen de este delito, quizá el más grave, bastaría la misma afiliación como ciudadano libre a la rama juvenil, aquí juventudes, de un partido democrático de derechas para condenar al personajillo. Para colmo, según el PP, también los traicionó, puesto que ni se llegó a por el carné ni pagó cuota alguna, ya que escogió premeditadamente un distrito donde no se cobran. Asesino, fascista y roñica.

En su defensa arguye que jamás militó, sino que quedó apuntado en la base de datos tras pedir información. Incluso así, ¿no es la simpatía por este partido suficiente para que las acusaciones sigan teniendo la misma solidez? Quizá, y en honor a la justicia, podemos atenuarlas hasta el grado de tentativa.

La indignación se torna repugnancia al conocer que con toda seguridad está afiliado al sindicato UGT, por lo que su ambición y avaricia no han dudado en navegar entre dos aguas, engañando a ambas partes quién sabe con qué fines, fines que afortunadamente se han truncado gracias a tan logradas pesquisas.

Ahora las investigaciones van a centrarse en dilucidar de dónde sale el extraño y desagradable olor a azufre que Albert Rivera deja a su paso (donde, por cierto, ni vuelve a crecer la hierba ni luce la solería como antes).