Ségolène Royal, la candidata lanzada por LPD tras el trauma producido en el socialismo francés en 2002 (cuando el entonces Primer Ministro y principal candidato a la elección presidencial como consecuencia de su gestión unánimente percibida como más que aceptable, Lionel Jospin, no pasaba a la segunda ronda de las elecciones debido a la frívola dispersión del voto entre los partidillos y movimientos que le apoyaban en su duelo contra el inhabilitado políticamente Jacques Chirac, que de rebote, enfrentado al ultraderechista Le Pen, acababa convertido de nuevo en Presidente, por cinco años más), será la próxima Presidente de la República.

Cuando hace cuatro años LPD apuntó su nombre como la mejor esperanza de regeneración de la izquierda francesa, por mucho que la figura de Jospin, inmaculada en muchos sentidos, siguiera resultando muy atractiva por bagaje, preparación y carácter, nadie nos tomó en serio. Pero es que Jospin, por mucho afecto que le tuviéramos y le tenemos, ya no respondía a lo que requieren los tiempos. Algo que ha quedado, con el tiempo, sobradamente acreditado. Y que se rematará con las elecciones de 2007.

A diferencia de lo ocurrido con el efecto que tuvo el hecho de que Rodríguez Zapatero fuera ungido con el apoyo de LPD (único medio de comunicación que lo hizo, recordemos, por entender que no existía otra opción que pudiera aspirar, de verdad, a poner al PSOE en condiciones de convertirse en alternativa de poder), nuestra aproximación al fenómeno “Royal” se remonta incluso a momentos anteriores a que ella misma pensara siquiera en su candidatura. Sorprendentemente, todavía no hemos recibido felicitación alguna.

Hay una lógica en las dinámicas políticas modernas que las paquidérmicas estructuras mediáticas y de partido de la Vieja Europa siguen sin aprehender del todo (si es que la perciben, siendo generosos, lo más mínimo). No es que la política se haya feminizado, o deba hacerlo, sino que las sociedades son ahora más plurales y han incorporado valores de las masas que ya las conforman, a diferencia de hace unas décadas, de pleno derecho. Son las visiones y sensaciones de muchas personas, formadas de manera diferente, con un sustrato sociocultural y político y unos intereses difíciles de comprender para quienes siguen pontificando en sus tribunas o columnas desde sus cuarenta años de magisterio periodístico o político. Es normal que les cueste pocesarlo.

La necesidad de reconocimiento en el político, de sentirlo cercano a unos concretos valores y a la realidad social, unido al hecho de que las mujeres, crecientemente formadas, se han incorporado de pleno derecho a la vida política y contribuyen a moldearla (no simplemente a elegir entre un menú preparado por varones, a partir de lo que menos les desagrada) conduce a una política que no ha de ser llevada necesariamente por mujeres, pero que sí descartará inevitablemente, casi con toda seguridad, a los cavernarios (y orgullosos de serlo) políticos afirmados en una especie de pose machista. Tampoco podrán dejar de ser tenidas en cuenta las masas de jóvenes que, si bien es cierto que votan poco a loas veinte años, poco a poco van cumpliéndolos y van participando más. Quienes nacieron desde 1970 en España, por ejemplo, son muchos y conforman una realidad contra la que no es fácil, en masculino o en femenino, ganar unas elecciones.

No es que se trate de gente mejor o peor que los abuelitos con bigotito, señora con perlas y moño colgada de un brazo, el ABC bajo el otro; que los universitarios de camisa a cuadros y barba de Transición que ahora tienen imponentes barrigas que intentan domeñar incluso apuntándose a algún gimnasio en plan traición a su generación, visten americanas “a la moda” y se sienten muy satisfechos de lo bien que los han hecho; de los jubilados que reciben la paga y que sólo aspiran a que se la suban, a vivir tranquilos, a estar con los nietos y la familia, a dar moderadamente el coñazo y a sacar medicinas para toda la tribu a precio de risa. No son mejores, son simplemente distintos. Pero sin pretender que se les tenga más en cuenta a título de una supuesta superioridad, sí creemos demencial no tomar nota de algo tan obvio como que, joder, existen. Y son cada vez más. Y por primera vez las mujeres se creen de verdad, como colectivo, al margen de actitudes individuales, en tanto que parte de esa generación, que son parte plena de la definición de las obsesiones y convicciones de la comunidad. Los que no han procesado qué supone esta llegada lo tienen claro. Incluso en un país de un machismo tal como Francia (piénsese en la figura de Simone de Beauvoir y se percibirán las enorme contradicciones de la liberación de la mujer “à la gauloise”), incluso en un mundo tan cerrado y varonil como la política de ese país, acaba pasando lo que acaba pasando.

No es que Ségolène Royal sea demasiado inasumible para los señores y señoras de bigotillo, las clases funcionariales o para-funcionariales en la cincuentena, los abuelitos y abuelitas caraduras. Precisamente porque no lo es pero además conecta más o menos con lo que viene tiene todas las de ganar. Lo cual, sumado al hecho de que los franceses votan mucho a partir del autoconcepto que tienen de sí mismos (y en las próximas elecciones la cuestión será demostrarse a sí mismos y al mundo que a feministas e igualitaristas no les gana nadie), nos hace no ser capaces de concebir un candidato en la derecha francesa con posibilidades de ganar. Porque Dominique de Villepin es guapo, elegante y atractivo, pero ni siquiera así podría, enfrentándose a lo que representa Royal, ganar. Connota demasiada familiaridad, a su pesar, con ese otro mundo que en estos momentos, en política, inevitablemente queda asociado al pasado. De Sarkozy, Chirac y esas cosas mejor ni hablar.

Quizá quepa, de paso, señalar que parece mentira que en España, con lo rápido que nos dimos cuenta de esto (sobre todo la CEDA, reservorio del genio español en esos turbios años), todavía haya tantos a los que les cuesta asimilar dónde estamos.