La Cumbre del Milenio, que iba a cambiar la economía mundial de arriba abajo, ha sido un fracaso. Algo sorprendente, tratándose de un cónclave consistente en decir generalidades sin ofender a nadie por turnos de ocho minutos. Pero, por supuesto, no era el éxito o fracaso de la Cumbre lo que se estaba jugando aquí; eso estaba muy claro desde el principio. Lo importante, como es natural en este mundo de facebooks y flickrs, era hacerse unas cuantas fotos, poner cara de aquí no ha pasao ná y “entrar en la Historia”

Es casi un clásico de las segundas legislaturas: el Presidente del Gobierno sale de su reelección con cara de “joder, hay que ver lo cojonudo que soy, ¡me han reelegido!”, en seguida mutada por la preocupante urgencia del “¿y ahora qué?”. España se les queda pequeña, y buscan satisfacer sus ínfulas en el exterior.

A Zapatero el síndrome le ha afectado muy rápidamente, tanto que ni siquiera ha querido esperarse a que llegue Barack Obama y EE.UU. muestre un rostro más amable para con las aspiraciones “salir del Rincón de la Historia” de nuestro nuevo Cincinatus. Por eso se ha pegado dos meses atormentando a la ciudadanía con la especie de que estar en la Cumbre era algo fundamental, y movilizando a toda la diplomacia española en pos de lograr ese objetivo. Para sorpresa de la concurrencia, finalmente lo alcanzó. Y cabe señalar que, alcanzándolo, se ha apuntado un tanto que ha hecho daño a la oposición y adláteres. Está muy bien adoptar la estúpida pose de “qué barbaridad, arrastrarse por una silla en una reunión”, pero la cosa no cuela. La derecha se ufanaba pensando que a Zapatero le iban a dar con la puerta en las narices, y el rollo este quijotesco que están desplegando ahora tiene muy poco efecto frente a la dilución del clásico argumento del PP “con Zapatero, España no pinta nada” que significa esta silla.

Pero, ojo, una cosa es que sea legítimo utilizar todas las armas diplomáticas en pos de un objetivo y una estupidez llamar a eso “arrastrarse”, y otra muy distinta que el objetivo mereciese la pena. La Cumbre, como estaba claro, no va a solucionar ni aclarar nada. Gastar energías y credibilidad, incluso aunque se logre el puesto en el sillón, en principio no puede beneficiar a España. Claro que aquí no se trataba de España, sino de la mayestática foto del líder providencial en segunda legislatura, aunque para ello hubiera que lograr un 20+2, en plan Ángel Nieto.

Pero lo peor de todo es que la cosa puede salirle incluso bien. A España se le acababan las ocasiones de entrar en cualquier G-algo más restringido que la Asamblea General de la ONU. El G-8 era una pretensión ridícula desde sus orígenes, por inflación de países europeos y porque al rollo ese de “la octava potencia económica del mundo” le quedan como mucho, en términos de PIB, dos anualidades. El gran argumento para entrar (“somos más grandes que Canadá, y ellos están desde el principio”) es el clásico “quítatetúparaponermeyo”, impresentable y de patio de colegio incluso para los estándares de la diplomacia española.

El G-20 era una oportunidad mucho más razonable, en la que además podía jugarse la carta de “puente entre Europa e Iberoamérica”, argumento de mayor peso que “somos más que Canadá”. Pero Zapatero, por aquello de que no le confundieran con Aznar y su apuesta por el G-8, dilapidó absurdamente las posibilidades de España negándose a postularse. Por eso ahora ha habido que montar todo este follón.

Y la suerte de Zapatero estriba en que, a pesar de ello, todo apunta a que la historia esta absurda de las Cumbres del Milenio puede convertirse en una costumbre, transformando el G-20 en algo así como un G-27 para incorporar a España, Holanda y cuatro o cinco países tercermundistas que le den color al asunto. Al final, vaya Usted a saber, igual Zapatero fue a por una foto y vuelve con un photobook entero para los próximos años. Haciendo un símil, es como si vas a un país tercermundista para hacer una Acción Humanitaria, porque quieres que esa pobre gente tenga algo de democracia, joder, y en esto que encuentras petróleo. Y ya puestos, pues oye, sacas algo de petróleo, que la democracia está muy cara. Y, cuando el pozo se seca, perforas a más profundidad hasta que: ¡coño! ¡que hay más petróleo aún, campos y campos enteros!

Lo que queda por dilucidar, por supuesto, es el precio del sillón. Ya saben que el mirlo blanco de la historia, quien consiguió la invitación para España metiéndosela doblada a Bush (que ya hay que tener mala intención, por un gustazo que se quería dar el hombre y su 23% de tasa de aprobación pegándole un buen corte de mangas a Zapatero), fue el presidente francés, Nicolás Sarkozy, por la vía de ceder a España una de sus dos invitaciones (como si esto fuera un baile de gala o una entrada para el teatro). Y, claro, la gran pregunta que todo español mayor de quince años se hizo desde ese preciso momento fue: ¿cuántos trenes de alta velocidad habrá que comprarle a Francia a cambio? Ya saben que, en lo que a relaciones bilaterales con Francia se refiere, ésa es, desde los tiempos de Mitterrand, la moneda de cambio oficial.

Y a eso se ha agarrado la derecha mediática con desesperación, a ver si podemos poner el Mode “Zapatero destructor de España” más ON que nunca. Y en esto que aparece una fuente tan fiable como el diario francés Le Figaro diciendo que Zapatero, a cambio de la foto, le ofreció a Sarkozy “Todo lo que quieras”.

Y cuidadito, que Le Figaro es una fuente nada sospechosa: ¡si incluso el propio ex-presidente Aznar escribió pocas semanas antes en esa misma cabecera su célebre diagnóstico de que Bush es un incomprendido al que la Historia le hará justicia! (Tal vez por eso Aznar defienda que “la crisis durará dos trimestres en EE.UU. y diez años en España”; porque, claro, no es sólo que ahora esté Zapatero; ¡es que, si Zapatero se va, será porque llegue Rajoy, que es aún peor!).

Así que estaba yo preguntándome qué pediría Sarkozy a Zapatero además de los trenes: ¿las tierras españolas al norte del Ebro, como en tiempos de Napoleón? ¿La Alhambra? ¿El señorío del Real Madrid? Y he decidido hacer un poco de Periodismo de Investigación. Es decir, me he leído un par de comentarios de un blog que debe ser de la ETA, porque estaba en vasco; he escuchado la radio (no sé qué emisora) un par de minutillos; he sacrificado el peón de reina de la partida de ajedrez que estoy jugando por correo; y, con todo ello, he decidido atar cabos.

Por fortuna, la cosa no ha llegado tan lejos: ya saben que Zapatero es, desde que llegó al poder merced a su alianza con ETA y los moros, el amigo del terrorismo por antonomasia. Siempre buscando la negociación, siempre arrodillado frente a ETA, siempre intentando regalarles Navarra, y el País Vasco, y qué sé yo qué más. Y precisamente esta semana, justo al volver de la Cumbre, la policía francesa captura al líder de ETA, Txeroki. ¿El líder de ETA? ¡Joder, si es el líder debe de ser uno de los mejores amigos de Zapatero! Y, claro, Sarkozy, que es un señor de derechas, con principios, con convicciones, no es complaciente con el crimen, ni débil frente al terrorismo. Y se ha cobrado su precio: “ya está bien de proteger a tu amiguito, déjame detenerlo de una vez” (no me explico a que están esperando El Mundo y la Cope para desarrollar esta línea argumental).