La Reina Sofía, esa especie de paragüero que le pusimos a S.M. Campechano I hace ya más de cuarenta años, ha entrado de sopetón en la arena pública. Con la legitimidad moral que le da ante los españoles que llevemos casi esos cuarenta años sufragando la manutención de su impresentable hermano, el ex rey golpista Constantino de Grecia, y su inacabable familia, la Reina ha propalado sus opiniones sobre diversos asuntos de actualidad, que la ubican en un escenario moderno y contemporáneo, a caballo entre los siglos XIX y XX.

En una entrevista – libro con Pilar Urbano (periodista perteneciente al Opus Dei con la que la reina se siente particularmente cómoda), Sofía ha decidido, por fin y tras muchos años de aguantar en educado silencio la decadencia moral de la sociedad española, sentar cátedra sobre varios asuntos de actualidad. En concreto, Sofía ha dicho que bueno, que los gays si les da el vicio que vivan juntos, pero que de llamarlo “matrimonio” ni hablar, que eso es una cosa muy seria, como la que hizo ella con S.M. para que éste regularizara su situación y así pudiera ejercer su campechanía galante a gusto.

Tal opinión ha generado la previsible reacción del colectivo homosexual, tan intolerante y totalitario como siempre. ¡Como si la Reina no pudiera opinar, humildemente, desde su puesto de florero! ¿Qué pasa, que aquí vivir del erario público a propósito de una función centrada en exclusiva en la representación de España (nada mejor que una griega que no sabe hablar español correctamente, a estas alturas, para representar a España; ¿hay algo más español que eso?) nos invalida para meternos con el espíritu y la forma de las leyes?

Por supuesto que no. Al igual que contraria al matrimonio homosexual, la Reina también se posiciona en contra del aborto, algo mucho más comprensible dado que el aborto dificulta sobremanera la correcta ejecución de su oficio (tener hijos), y propone enseñar religión en las escuelas porque “es muy importante para conocer el origen de la vida” (¡ya va siendo hora de que el Creacionismo se instaure definitivamente en España!). Y, por último (al menos, de lo que ha destacado la prensa), y por encima de todo, querría señalar una opinión a mi juicio mucho más espectacular que las anteriores: según la Reina es malo que los medios de comunicación y las instituciones le den tanta relevancia a la violencia doméstica, porque esto provocaría un “efecto llamada”.

Por lo visto, aquí la gente pone la tele y es ver un anuncio de algún ministerio o una noticia en el telediario y apalizar a su mujer, porque así somos los humanos, naturalmente buenos hasta que la funesta técnica, bajo la forma de aparatos que permiten ofrecernos una apariencia de realidad transmitida desde Dios sabe dónde, nos hace ponernos a maltratar ¡Y con la de cortes publicitarios que hacen, que parece que están pensados para propinar una paliza a la parienta, si es que van provocando!

No como en los años cuarenta, cuando el problema no existía porque no salía en los medios (y porque, de todas formas, tampoco había medios interesados en sacar algo así). ¡Ahora es que parece que ha habido violencia doméstica siempre, y no desde que los maricones campan a sus anchas y las mujeres van por ahí trabajando y descuidando sus obligaciones familiares!

Pues no, amigos. Antes la gente tenía decoro y sabía subdividirse las funciones: el marido trabajaba (y, en el caso de Campechano I, salvaba a España), mientras la mujer cuidaba del hogar y educaba a los hijos, y todo iba, como es sabido, mucho mejor que ahora. ¿Que alguna vez al hombre se le iba la mano? ¡Qué le vamos a hacer, cuando hay mucho sentimiento estas cosas pasan, “va en el sueldo” del matrimonio, caray! En cambio, ahora parece que todo se nos ha puesto perdido de inmigrantes, que maltratan a sus esposas para salir en la tele, y de maricones que se casan para poder maltratarse mutuamente con luz y taquígrafos. Así es España (o lo que queda de ella), y alguien tenía que decirlo. ¿A qué espera la Conferencia Episcopal para montar una manifestación?