Viendo la que está cayendo habrá que convenir que esta crisis, además de incomprensible en muchos aspectos, no deja de resultar sorprendente. Uno creía que los criterios por los que se guiaba la actividad humana en todos los órdenes (el egoísmo irresponsable y la maximización del propio beneficio a expensas de los demás) se veían sustituidos, desde la misma base, por la mágica intervención del mercado, con la capacidad demiúrgica que le caracteriza para reordenar cualquier tipo de actividad con el férreo criterio de maximizar el bien común. Y luego, si surgen algunos problemillas de endeudamiento, ya aparecerá el Estado para evitar males mayores.

Por supuesto, no es cuestión de hacer el discursito, tan propalado estos días entre columnistas modelo “pero mira qué progre soy”, de “qué malas son las empresas” por sistema. También las empresas pagan impuestos, son un instrumento fundamental de la creación de riqueza, están gestionadas por ciudadanos, casi todos trabajan en ellas, … En fin, perdonen por la colección de obviedades. Pero sí es cuestión, en cambio, de hacer un breve recordatorio sobre lo que ha pasado y está pasando estos días la próxima vez, que cabe intuir será dentro de algunos años, en que algún gurú fundamentalista nos venga otra vez con la perfección natural de la “mano invisible” frente a la funesta acción del Estado.

En estos momentos, la labor de la mano en cuestión se parece mucho a la de un montón de groupies tirando sujetadores al escenario mientras chillan histéricas, en un clásico movimiento “bola de nieve” que genera multitud de profecías autocumplidas, sólo que si antes la cosa iba por el cauce de “ví a dejarme todos mis ahorros en esta urbanización de adosados para segundas viviendas en Navalmoral de la Mata, que va a subir seguro”, ahora el criterio es “esto es el fin de la civilización tal y como lo conocemos, así que ví a vender todo lo que tengo para comprar oro, meterlo debajo de un colchón y ponerme encima del colchón con un trabuco”.

En cualquier caso, a estas alturas poco es lo que se puede decir de la autenticidad de las motivaciones de la actual crisis económica que prácticamente acabamos de inaugurar. Es más interesante, sin duda, elucubrar sobre sus posibles efectos a medio y largo plazo. Cuando uno asiste a los acontecimientos que perduran después en la Historia en el momento en que se producen no puede ser totalmente consciente de hasta dónde llegará su alcance. E, indudablemente, una caída de las bolsas de más de un 20%  en una semana, las quiebras de instituciones financieras y la situación comprometida del sector, la intervención estatal, etc., son cuestiones que no ocurren todos los días.

¿Es esta una crisis cuyas consecuencias, a pesar de su espectacularidad en términos bursátiles, serán relativamente livianas, modelo crack del 87, o llegarán mucho más lejos? Cabe temer que estemos más bien en el segundo caso, y que nos enfrentamos a una crisis de larga duración; al definitivo “cambio de ciclo”, en suma, que ya venía apuntándose desde hacía años, pero profundizando y prolongando las vacas flacas mucho más allá de lo que estaba previsto. Y particularmente, por desgracia, en países como España, cuya economía ya estaba renqueante por la crisis del ladrillo y por la ausencia de alternativas mínimamente desarrolladas.

Si a eso unimos los efectos (últimamente mitigados) del aumento del precio del petróleo cabrá reconocer que al final Zapatero tenía razón con lo de la “leve desaceleración”: comparado con esto, lo de antes era una mariconada. La solución, al menos en España, a juzgar por la absoluta inacción, en términos reales, con que se mueve el Gobierno desde hace meses, será también el clásico español “virgencita, que me quede como estoy”, con miles de pisos construidos en el páramo.