La Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, ha recibido numerosas críticas por sus primeros  proyectos. Entre ellos destaca la posible puesta en marcha de un número telefónico para que los hombres, no sólo los maltratadores, puedan canalizar su agresividad. Hay que tener en cuenta, según palabras textuales de la ministra, que “muchos hombres se encuentran perdidos ante el inicio de la ruptura del sistema patriarcal y tienen dudas sobre cómo asumir su paternidad, la corresponsabilidad en las tareas domésticas o sobre su salud sexual”.

Esta medida ha levantado una polvareda. Sin embargo, muchos hombres que vivan solos o se queden solos porque su esposa se ha ido a desempeñar alguna obligación, suelen tener precisamente problemas domésticos, acerca por ejemplo del centrifugado, o bien no tiene claro cómo asumir su paternidad cuando el bebé expulsa cosas por los conductos. El teléfono de asistencia parece una buena solución, ya que el varón puede en esos casos tenerlo pegado a la oreja mientras maniobra con los pañales y balbucea con imperdibles en la boca pidiendo instrucciones a la operadora, imperdibles que seguramente se clave si no sigue recibiendo las pertinentes instrucciones. Así que esperemos que el servicio esté bien organizado. Los hombres, como está demostrado, no pueden hacer dos cosas a la vez.

Pero lo más importante del teléfono es que avanza en cuestiones relacionadas con el progreso social si nos centramos en los maltratadores y violadores. En el siglo XX se materializan algunas reflexiones ilustradas en los países occidentales relacionadas con la consideración de que muchas circunstancias sociales podían influir en las acciones, y por supuesto en la “creación” de malhechores. De esta manera dejaban de ser culpables ante un Dios que había muerto y pasaban a ser víctimas de determinadas situaciones socio-económicas y familiares, sin que esto significase que carecían de responsabilidad. Pero al final del túnel había luz y los criminales podían reinsertarse para poder seguir delinquiendo o, aún peor, encontrar un trabajo honrado, es decir, aquel multiplica por dos las horas que se esperaba trabajar y divide por tres el sueldo que se esperaba recibir. Pero fue un paso adelante para sacar la cárcel a la calle y acercarla a la ciudadanía.

Ahora llega un paso más, el paso Bibiana. Este paso fomenta la responsabilidad individual, el reconocimiento de lo que uno es y de lo que ha hecho mal. Equivale a un examen de conciencia laico, con dolor de los pecados incluido. Los alcohólicos dicen su nombre en alto y su problema. Los ludópatas también. Ahora los violadores y maltratadores. Como el jugador de baloncesto que levanta su mano en gesto de reconocimiento de que sin querer se le fue el codo a 200 kilómetros por hora a los piños de su rival en un lance del juego, estos seres violentísimos pueden aceptar su condición y empezar su redención para recuperar al final la autoestima que les haga de nuevo dignos de la sociedad. Sí, soy violador. Sí, soy maltratador. De acuerdo, no has hecho bien las cosas, le respondemos. De acuerdo, has estado sometido a tensiones. De acuerdo, el nuevo papel que representa tu sexo en una sociedad moderna te aturde. Todos te comprendemos violador. A ti también, maltratador. Venid, abrazadme. Este esquema tan sencillo no sólo puede convertirlos en buenos vecinos y maridos, sino actuar como primera fase de lo que deberíamos construir en esta España de todos y todas.

Hablo de una España llena de valores humanos. Donde el petirrojo se pose en el dedo al amanecer, cuando en gayumbos uno sale bostezando al balcón, y diga pío-pío. Con lágrimas en los ojos podríamos contestar, bello petirrojo, que fácil sería para mí cogerte con la mano y lanzarte como un pedrusco contra el asfalto que se ve abajo, convirtiéndote así en una pequeña bomba de sangre y plumitas de colores, pero no lo voy a hacer, y no porque me falten ganas, sino por una España de igualdad. Mírame cuando te hablo, Petirrojo.

Así los asesinos podrán reconocerse como tales ante el teléfono de Aído, y no pasar la vergüenza de hacerlo personalmente, con lo que muchas veces se retraen y siguen matando por pura inercia. Y lo mismo los mafiosos y los concejales de urbanismo, valga la redundancia. O el ladrón. O los estafadores. O los albano-kosovares. ¿Pero es que nadie más se da cuenta de que la utopía está cada vez más cerca? ¿Nadie se da cuenta del progreso que significa todo esto? ¿Nadie de verdad? ¿Nadie? ¿Hola?