El segundo fin de semana de marzo de 2008 pasará a la historia como una de las expresiones más puras de nuestra joven democracia. No lo decimos por las elecciones generales que, al fin y al cabo, no dejan de ser la constatación de que nuestro país está inmerso en las inercias políticas internacionales, sino por esa rémora de raigambre franquista que obstaculiza gravemente la modernización de España: el Festival de la Canción de Eurovisión. Más de 50 años hemos tenido que esperar para ver cómo se democratizaba por fin una de esas instituciones propagandísticas de la dictadura que confirmaban el tópico desfasado e interesado del “Spain is different”. Ya sólo nos queda democratizar el fútbol, los toros y la copla para que España sea un país tenido por serio de una vez por todas.

El Festival de Eurovisión nació en un contexto muy claro. En primer lugar, en un contexto de vocación de unidad europea. Unos cuantos países pensaron que la música era la solución y que, haciendo un programita conjunto, no se potenciaría la chabacanería folklórica de cada país, sino que se establecerían nexos de unión entre los distintos pueblos del Viejo Continente. Una proto-Alianza de Civilizaciones, para entendernos. En segundo lugar, ante la prehistoria tecnológica del momento (sin internet, sin TDT, sin televisión por cable, a saber cómo lo resistieron), la creación de un programa televisivo conjunto habría de abrir las mentes de cada comunidad y descubrir lo que hacía muy bien ya por entonces la televisión norteamericana: mostrarnos las peculiaridades de nuestros vecinos del otro lado del continente. Y, en tercer lugar, se eligió el formato musical más en boga en aquel momento, la canción ligera, que, al centrarse en canciones de amor, pocas ínfulas revolucionarias llevarían a los espectadores, de tal manera que no habría problema en ver cuán unidos estábamos ya los europeos, dado que todos los países podíamos ser iguales en al menos una cosa: hacer el idiota cantando idioteces.

El franquismo rápidamente vio el filón y se puso manos a la obra. La receta era perfecta. Por un lado, se cogían a cantantes inocuos que cantasen tonadillas sin sentido. Ahí quedan odas como el “La, la, la” o el “Vivo cantando”, que reflejaban a la perfección las mayores preocupaciones de los españoles que llevaban años soportando una dictadura infame. Por otro lado, se institucionalizó una “voz”, porque lo que se trataba era de crear un aparato propagandístico similar al NO-DO. Así, se escogió a José Luis Uribarri, el Matías Prats del festival, que, además, se especializó en el Festival de Eurovisión. Para que luego digan. Los hay que se especializan en detectar a qué factoría embotelladora pertenece una botella de Coca Cola. Los hay que se especializan en abrir nueces con el culo. Y los hay que hacen (¡suspiro!) como José Luis Uribarri.

La máquina publicitaria funcionó a la perfección y, vista en retrospectiva, tenía su lógica. Lo que ya parece más disparatado es que esa máquina se haya mantenido tal cual, sin retocar nada, desde la instauración de nuestra democracia hasta el pasado fin de semana, el segundo fin de semana de marzo de 2008. Porque lo que hemos tenido que sufrir en estos treinta años es un sinsentido de prolongación de un festival carente de cualquier tipo de validez mientras todos los contextos (el político, el cultural y el tecnológico) han ido cambiando a pasos agigantados. En estos años, se ha consolidado la Unión Europea (con nada menos que una unificación de la moneda), han surgido innumerables movimientos musicales y culturales y se han desarrollado las nuevas tecnologías haciendo inútil el mantenimiento de un programa de emisión simultánea como herramienta política. Pues no, señores, ahí ha seguido el Festival, reivindicando, en nuestro caso una españolidad bien clara: la de Remedios Amaya, Paloma San Basilio y Operación Triunfo. Y todo eso, ¿con qué voz? Tachán tachán: con la voz del franquismo, la de José Luis Uribarri, por si quedaba alguna duda al respecto de qué iba el asunto.

Uribarri es como esas figuras del franquismo, que siempre dicen que se retiran, pero que siempre están por ahí, dando su opinión, mandando, y los demás escuchando y asintiendo. Uribarri se ha establecido en su rincón de poder (el Festival de Eurovisión, ahí es nada) y dicta sentencia sobre quién le gusta y quién no. Y a Uribarri le gustó mucho Operación Triunfo. Y toda la España rancia apoyó a ese grupito de jovencillos voluntariosos capitaneados por una ingenua andaluza cuya máxima aspiración en la vida era montarse una tienda de pollos asados. Se elevó al estrellato a un grupo de freaks (en el peor sentido del término) para que Europa se enterara de una vez por todas de cómo se había modernizado España. La canción del grupito (”Europe’s living a celebration”) no triunfó en el Festival, pero sí que se encargaron de que se escuchara mucho los medios de comunicación patrios, siempre tan preocupados por nuestras señas de identidad.

Todo ese tinglado se desmontó este pasado fin de semana, el glorioso segundo fin de semana de marzo de 2008. Es lo que tiene la democracia: cuando dejas votar a la gente, la gente se expresa. Y los españoles por fin nos hemos liberado de los grilletes de la disciplina franquista, y hemos entonado con alegría el nuevo himno de la libertad. ¿El resultado? Que irá al Festival Rodolfo Chikilicuatre, un personaje encarnado por el actor David Fernández, el humorista que aparece en el programa de televisión Buenafuente, emitido por la Sexta. Un canal que sale realmente triunfador este fin de semana, en que ha hecho doblete ganando sus dos candidatos, Rodolfo Chikilicuatre y José Luis Rodríguez Zapatero. La grandeza de este triunfo es que, por fin, los españoles hemos podido expresar lo que opinamos de Eurovisión: que es un pitorreo y que merece la burla más abierta. Por eso ha triunfado un personaje paródico, que se mofa de eso cantando una canción con una coreografía disparatada.

Los medios de comunicación se han llevado las manos a la cabeza. Así, mientras el sábado fue la jornada de reflexión de las elecciones generales, el domingo fue la jornada de digestión de las votaciones de Eurovisión. Algunos digirieron esto tan mal como la victoria de Zapatero en 2004. Ni que hubiera salido un presentador de televisión a decir que nos iba a representar en Eurovisión Al-Qaeda. Pues que quede claro: Rodolfo Chikilicuatre, por mucho que digan los medios, no es un friki. Es un personaje. Es una parodia. Pero no es un friki. Frikis eran los de Operación Triunfo, porque ésa es la condición sine qua non del frikismo: tomarse en serio a sí mismo. Pero aquí estamos ante el caso contrario. Y por eso le ha votado todo el mundo, a través de internet, usando por fin las nuevas tecnologías para arremeter contra un festival desfasado y que de glamouroso no tiene nada. Por mucho que se empeñen los medios de comunicación. Por mucho que se empeñe Uribarri.