Se acabó la legislatura. Como empezó. Con muertos en atentados terroristas (uno hoy) y con una tremenda bulla ciudadana y política con el cadáver de cuerpo presente.

Hay un sentimiento compartido por casi todos, inevitable consecuencia de la piedad que nos une a nuestros semejantes, que impide dejar de lado el inmenso pesar que supone saber que alguien ha sido asesinado, que su mujer y su hija le han visto morir sin poder hacer nada más que llorar, y que todo pasa sin que tenga demasiado sentido más allá de la desgracia de esta lotería macabra que certifica un fracaso de todos.

Hay unos valores y unos anhelos que compartimos todos, desde las ganas de vivir en paz y tranquilos, dedicados a nuestros pequeños placeres y a solventar como buenamente podemos los problemas cotidianos, a poder aspirar a tener cierta tranquilidad que asegure nuestra subsistencia en la vejez, rodeados de quienes nos han acompañado a la largo de nuestras vidas. Junto a estos bienes están unos valores mínimos, porque la convivencia se construye a partir de un pacto tácito que nos obliga a colaborar en mejorar las condiciones de vida y seguridad de los demás, a cambio de que a su vez los demás se preocupen mínimamente de nosotros. Entre todos tenemos la obligación de colaborar para que esta sociedad sea mejor para quienes aquí estamos. Es así y, en el fondo, todos somos conscientes de ello. Por eso resulta, simplemente (sin que haga falta buscar otros adjetivos más elaborados), tan triste constatar que hemos fracasado con una persona que, sencillamente, quiso ser valiente y colaborar activamente en esa tarea que a todos nos obliga, se empeñó en ser valiente, y digno, por entender que no necesitaba otra protección que el ejercicio de decente convivencia del que todos somos responsables. Días como estos a todos nos dejan hechos polvo, porque son un inmenso, y dolorosísimo, fracaso colectivo.

Desde este sentimiento se puede afirmar sin dudar que en España llevamos un tiempo haciéndolo fatal. Porque cuando se torna imposible poder reflexionar en silencio sobre la desgracia y el crimen en estos términos es que pasa algo verdaderamente anómalo.

No porque discutamos sobre terrorismo, dado que es probablemente sano que se haga, que se discuta y se enfrenten públicamente las diferentes ideas y visiones respecto a cómo resolver el drama que hasta la fecha no hemos logrado liquidar del todo. ¿O acaso es un asunto poco importante, del que no tendría sentido hablar?

Tampoco me parece, por ello, demasiado grave que la oposición no siga al Gobierno en estas cuestiones. Puedo estar más o menos de acuerdo con la elección que ha hecho la oposición, pero no me parece indecente ni triste que opte por seguir una línea propia. Del mismo modo, no tengo, espero, por qué compartir la manera en que el Gobierno afronta, en todos sus puntos, la lucha contra el terrorismo, sin que por ello me parezca que el Gobierno traiciona a los muertos.

Lo que es asqueroso, lo que resulta difícil de digerir, es constatar cómo de secundario es el sentimiento de fracaso colectivo y de tristeza frente a un muerto. O frente a más. Y ésa es la tónica, cada día más clara; ésa es la prueba de que lo estamos haciendo mal.

Algo va mal cuando la oposición, como empezó a ocurrir en España en 1994, echa en cara al Gobierno la responsabilidad por las muertes a manos de una banda terrorista. Como si hubiera gobiernos capaces de asegurar que no haya atentados. Algo repugna en que los muertos sean empleados como arma arrojadiza, sin el más mínimo pudor, en la lucha partidista. Como si no se notara, como si no fuera obsceno. Frente a presidentes del Gobierno que alardean de tener menos muertos que otros, movidos por no se sabe qué resortes defensivos y sentimientos de victimización, se nos aparecen líderes y lideresas de la oposición que con el cadáver de cuerpo presente empiezan a despacharse a gusto, con una ausencia total de escrúpulos, una tan absoluta inexistencia de tristeza, por muy fingida que se pretenda, que asusta. En torno a ellos, algunos medios de comunicación especializados en hacer gala de un partidismo a prueba de duelos ya empiezan a tratar de dar lecciones. Y merece una mención especial, creo, Alcaraz, el de la AVT (tampoco está de más recordar hoy el nombre) que se ha pasado la última semana anunciando un acuerdo ETA-Gobierno que garantizaría a unos y a otros la consecución de sus objetivos y que anda hoy embarcado en una espeluznante huida hacia adelante.

Puestos a despojarnos de la tristeza tan rápido, puestos a dejarnos llevar por una fría capacidad para la reacción racional, podríamos analizar qué dice este atentado de las intenciones de ETA, pero sobre todo de su exacta capacidad en estos momentos. Y, a partir de las conclusiones que se podrían extraer, definir qué estrategia sería la mejor para darle la puntilla. Pero no parece que sea la reacción dominante en quienes no están dominados por el pesar y han pasado rápidamente a la reconstrucción racional del evento, a velocidad de vértigo.

Darse una vuelta por Internet es, ahora mismo, bastante deprimente. Y, más allá de las peleas en la capilla ardiente protagonizadas por los de siempre, más allá de algunas declaraciones, más allá de todas estas cosas, llama mucho la atención cuánta continuidad hay entre la actitud que exhiben ciudadanos y sus representantes. Pero, por encima de todo, sorprende y escandaliza comprobar cómo de secundaria ha pasado a ser la pena, casi reducida a una ritual expresión, protocolaria, más formal que significativa, que ahuyentar cuanto antes. Para poder dedicarse, a continuación, a cosas, al parecer, más productivas.