El lunes pasado se produjo una cosa llamada por casi todos, con la generosidad con la que los españoles tratamos a quienes mandan, “el primer debate entre candidatos a la presidencia del Gobierno en 15 años”. Los partidos andan ya preparando el segundo de los encuentros entre Rodríguez Zapatero y Rajoy, que se producirá en unas horas. No es que es para lanzar cohetes, visto lo visto hasta ahora, pero hay que reconocer que los debates, al menos, han tenido la ventaja de centrar la campaña electoral y ahorrarnos estériles reflexiones sobre los mítines y demás actos de campaña a los que nuestros partidos siguen siendo adictos, empeñados en no abandonar las entrañables pautas decimonónicas (y la estética, y las ideas, a veces -otras, lamentablemente, ni eso-).

Eso sí, por muy generosos que seamos los ciudadanos es difícil que lleguemos a igualar algún día a los periodistas en complacencia. Porque todos ellos nos han comunicado, con ese señor mayor que desde hace una década ha dejado de trabajar como periodista para ocuparse de cuestiones de comunicación institucional y trabajarse un retiro dorado en esa cosa rara llamada Academia de Televisión que se denominó “moderador” a la cabeza (empleando para ello unos cuarenta minutos del debate, que él ocupaba en decirnos lo cojonudos que eran él, los candidatos, el debate y los españoles que lo disfrutábamos) que el debate estuvo fenomenal, que fue espectacular, que la fórmula pactada por los partidos políticos (con ser rígida) no quitó nada de interes o de viveza al debate y, además, que los candidatos demostraron fiereza, convicciones y una gran capacidad dialéctica para defender sus posiciones. Resultado de todo ello, claro, las encuestas demostraron que los ciudadanos, más o menos, dieron la victoria en el duelo a quien previamente ya tenían en mejor consideración. ¡Una prueba más de lo muy competido e interesante que estuvo!

Ante semejante entusiasmo, adobado además con la muy exigente tarea realizada por los periodistas-hooligans de cada partido político para ensalzar la actuación de su líder y gurú respectivo, me siento solo. Incomprendido. Pero con la sospecha de que hay mucha gente ahí fuera que me comprende. Y bastante que, acostumbrada a ver debates electorales en la tele francesa, en la alemana (aunque esto de los debates allí es menos frecuente) o, sobre todo, en la estadounidense, andará deprimida. Como yo. Porque por muchas milongas que nos cuenten, no hay color.
Dado que se yergue sobre nosotros la amenaza de un 2º round igual de deprimente, me aventuro a deslizar unos humildes ruegos, que es obvio que nadie atenderá pero que, al menos, me permiten desfogarme:
- Que quiten a Olga Viza. Dado que el “moderador” no sirve para nada, no guía el debate, no hace preguntas, no interactúa y encima, como demostró Campo Vidal, se enrolla con tonterías de autobombo hasta el punto de que estaría bien que hubiera un tercer reloj que controlara también sus tiempos… estaría bien prescindir de la figura. Que pongan un cronómetro y suene una sirena cuando se acabe uno de los discursos y ya está.

- Que traten, si lo desean, el tipo de asuntos que les obsesionan y que marcan el debate político en España: ETA, inmigración, los malvados catalanes, la nación española y demás cositas. Personalmente me encantaría que se pudiera debatir también sobre el modelo de seguridad social, de sanidad o educación públicas, el sistema fiscal, la estructura económica y productiva del país… Que, no crean, el debate del otro día entre Hillary Clinton y Obama empezó con 20 minutos dedicado a algo tan abstruso com explicar sus diversos modelos de reforma de la Seguridad Social (por llamarla de alguna manera) yanqui. Vamos, que estas cosas hay sitios donde pasan. Yo no pido tanto. Que hablen de lo que quieran. A fin de cuentas son asuntos los que a ellos entusiasman, lo reconozco, que también son importantes. Pero, por favor, que uno y otro se dediquen a explicar y razonar sus posiciones, evitando enlazar eslóganes y frases vacías, pasando olímpicamente de retomar lo manifestado por otro. Que, por piedad, hilen un discurso argumentado y racional. Y que discutan. O, al menos, que se dirijan con un discurso coherentemente hilvanado a los espectadores, que no sea una mera iteración de mensajes muchos de ellos, por cierto, contradictorios entre ellos.
- Que las frases de uno y otro tengan sujeto, verbo y predicado en, al menos, un 50% de las veces. A ver si así, pasito a pasito, la a con la a, la be con la be, llega un día que empieza la cosa a dejar de ser una sucesión de “golpes maestros” demagógicos y, empezando porque haya frases bien estructuradas, una cosa lleva a la otra y acabamos teniendo luego párrafos con cierta continuidad después.
- Que no lean frases y discursos previamente cocinados constantemente. O, al menos, que no se note tanto.

- Que no tartamudeen, que no se líen con el significado de palabras no demasiado técnicamente incomprensibles como “recesión”, que no titubeen, que no repitan la misma frase que acaban de decir para disimular que se han quedado en blanco.

- Que, si les han preparado gráficos y dibujitos para enseñar a la audiencia, alguien les explique cómo han de hacerlo para que la gente los pueda ver. Alternativamente, que alguien le explique al realizador que estaría bien que tratara de currárselo un poco para intentar que la cosa pueda ser vista por los espectadores, si ellos no lo hacen o, aun intentándolo, no saben.

- Que, por piedad, dejen los chascarrillos malos para el guión de sus mítines (sí, ese rollo que repiten milimetradamente, palabra por palabra, día tras día, como cualquiera que haya seguido por la tele alguno de ellos o haya escuchado alguna entrevista a los candidatos, a estas alturas, ya sabe).

- Que, si no les importa, se molesten en explicar por qué quieren que les votemos y, más en concreto, poniéndonos ya pesados y democráticamente pejigueros, qué pretenden hacer si ganan. Cositas tontas como qué proyectos tienen para el país: leyes que quieren aprobar, prioridades presupuestarias, grandes reformas que crean preciso acometer, posibles sacrificios que estiman imprescindibles para mejorar la situación…

- Que se ahorren cursilerías, desde niñas que no vienen a cuento a citas de cultureta dudosamente pertinentes.

Pero, sobre todo, por favor, que lleguen a un pacto entre partidos políticos para eximirnos de tener que aguantar, pase lo que pase, a la relamida y autosatisfecha clase tertuliana, encantada de haber asistido a un debate “espectacular” e “interesantísimo”. Que acuerden que centrarán sus esfuerzos, con sus respectivos efectivos, cada uno de los bandos, en tratar de asegurar lo que verdaderamente les importa: transmitir la imagen de que “el tuyo” ha ganado. Y que no nos darán la tabarra, al menos, tratándonos de convencernos de que todo ha estado fenomenal. Porque eso deprime mucho. Pone muy triste. Que si tienen movilizados a más periodistas el próximo lunes que interventores el 9-M no sea para decir que han ganado un debate de altura sino, simplemente, para intentar crear el famoso “momentum” repitiendo machaconamente que han ganado, sí, vale, pero no necesariamente en un duelo vibrante y espectacular sino en una “cosa” bastante tenebrosa.