“No es lo mismo”, dice uno de los eslóganes del Partido Socialista. Y retrata a la perfección de qué van las elecciones.

En estos momentos, y tras el espectacular viraje del Gobierno de Rodríguez Zapatero en asuntos como lucha antiterrorista, ilegalización de partidos políticos, reparto del poder territorial en España, concesión masiva de beneficios fiscales a las grandes fortunas y empresas, establecimiento de ayudas y subvenciones lineales para cualquier actividad que pueda preocupar u ocupar a las clases medias… resulta, en efecto, para muchos, complicado determinar cuáles son las exactas diferencias que, en cuestiones importantes, separan al PP del PSOE, a Rajoy de Rodríguez Zapatero.

No se trata de mesarnos aquí los cabellos a cuenta de que, como es tópico decir, PP y PSOE sean lo mismo. Entra dentro de cierta lógica democrática que los partidos con aspiraciones de lograr mayorías que les permitan gobernar sean más o menos moderados o, si se prefiere expresar de otro modo, más bien poco revolucionarios. No hay nada demasiado anómalo ni sorprendente en ello. Porque, además, dentro de la moderación, es habitual que los partidos políticos que se disputan las elecciones tengan importantes diferencias respecto de cómo orientar la marcha del país, discutan sobre ellas y traten de convencer a los ciudadanos respecto de la mayor bondad de sus respectivas tesis.

En España, sin embargo, se ha producido un sorprendente fenómeno de armonización del discurso político de ambos partidos. Tanto más delirante cuanto ha sido el partido en el poder, el del gobierno, el que ha acabado asumiendo en su totalidad el discurso de la oposición respecto de los grandes temas (es un decir, claro) que han dominado la agenda política de la legislatura.

Desde este punto de vista, hay que reconocer al Partido Popular y a las personas que han determinado su estrategia de oposición estos cuatro años un rotundo éxito. No sólo han minado, según las encuestas y el CIS, como recordaba antesdeayer un eufórico Eduardo Zaplana, una desventaja de unos diez puntos a favor del PSOE tras las elecciones del 11-M (algo que entraba hasta cierto punto dentro de lo normal, dada la extrañamente brutal magnitud de la brecha), sino que ha conseguido dos logros notables: en primer lugar, convertir a su opción electoral en competitiva a pesar de presentar a los mismos que gobernaron y perdieron unas elecciones (y es bien sabido, como comprobó en sus carnes el PSOE, por ejemplo, en 2000, y de forma bien amarga, que esto es algo muy meritorio); en segundo lugar, haber logrado que todas y cada una de sus posiciones como oposición en asuntos de peso hayan sido, al final de la legislatura, asumidas por el PSOE.

En estos momentos, el PSOE se presenta a las elecciones dejando claro que ZP, en compañía de Bono y de lo que haga falta, son la mejor garantía para que el proyecto Españaza 2000 tenga continuidad, eso sí, con una sonrisa. Alardean de haber cortado en seco las derivas y ambiciones de vascos, catalanes, gallegos y quien se ponga por delante. En materia antiterrorista, ZP se ha convertido en el más acérrimo defensor de la ilegalización de partidos políticos, agrupaciones de electores y de cualquier cosa, ente, mesa o reunión de petanca que se mueva en la órbita abertzale y, para demostrarlo, ha logrado incluso que el Tribunal Supremo de España haya tenido que poner freno a sus exorbitantes peticiones de ilegalización. Por supuesto, todo ello acompañado de referencias a la complacencia del PP y de Acebes, quien, como es sabido, permitió que el Partido Comunista de las Tierras Vascas campara a sus anchas en su día. Ya no más. Por último, sin ánimo de ser exhaustivos, el actual Gobierno de España alardea de haber deportado a más inmigrantes ilegales que Aznar y Sarkozy juntos y pone cara de ser muy riguroso con el asunto fronterizo. Como le dejó claro ZP a Rajoy cuando éste mostraba su preocupación por las bandas de delincuentes extranjeros que nos entran, tan organizaditos ellos (y ellas) en el país, aquí los sufrimos por culpa de Aznar, que los dejó entrar a cientos por la frontera, el muy irresponsable, como nuestro Presidente se encargó de demostrar en el debate del lunes pasado, primero de la campaña.

Un debate que, por otra parte, confirmó punto por punto que la estrategia del PSOE pasa, precisamente, por hacerse con el argumentario popular en lo económico (superávits fiscales y bajadas de impuestos incluidos), social (inmigración), antiterrorista o en materia de partidos. Es más, los más agrios reproches de ZP a Rajoy lo fueron por osar escenificar desgarradores “desuniones” entre los dos grandes partidos en diversos asuntos de Estado. O eso, o por no haber sido el PP lo suficientemente duro con la chusma extranjera (que los regularizaban hasta con un bonobús, ¡oiga!) o simplemente antiespañola.

Quienes andaban contentos con el PSOE que parecía atisbarse de la mano de ZP, en lo que suponía de novedad y de cambio respecto del antiguo PSOE, están ahora francamente cabreados, con Maragall, por ejemplo, a la cabeza. Por el contrario, todo lo que representa sociológica y políticamente PP Bono está en plena y gloriosa resurrección. Así son las cosas. Puede gustar más o menos, pero es difícil negar que son así.
Parece ser que todo obedece al vértigo electoral que supuso sospechar que las posiciones del PP, especialmente en su dupla gloriosa ETA-Cataluña, eran muy bien recibidas por el cuerpo electoral. Y, especialmente, por la mayoría silenciosa de españoles, excepción hecha de las tres o cuatro excepciones periféricas de siempre. La cosa tampoco es que tuviera demasiadas evidencias palpables, mediante elecciones por ejemplo. Pero la sospecha y el miedo hiceron fortuna y pronto encontraron terreno abonado. De la mano de una brutal presión de los medios de comunicación (incluyendo los considerados próximos) y de los resortes del poder económico e institucional de este país, en su versión más clásica, el Gobierno socialista renunció con insólita rapidez a un proyecto propio y moderadamente regenerador, rupturista en algunos casos, para volver al redil. Al PP no se le puede negar el indudable éxito de haber marcado no sólo la agenda sino las soluciones de la legislatura.

Engordar para morir, dicen que es. Porque parece ser que el oportunista giro de ZP, al decir de los expertos, es precisamente lo que va a privar al PP de la victoria electoral. Esa mayoría que tan cómoda se siente en las pautas políticas y económicas de toda la vida es la que, entusiasmada, va a plebiscitar a ZP por segunda vez. Convalidando el éxito de su jugada. O eso dicen.
Las elecciones cuya campaña acaba de empezar, con el debate como pistoletazo de salida, son precisamente importantes porque se juega la reelección un Gobierno que, lejos de confiar en el buen juicio del pueblo y proseguir en la política que entendió justa y oportuna, aspirando a lograr convencer de sus bondades a la ciudadanía, ha optado por copiar la estrategia de una oposición que, según temía, parecía estar anotándose puntos uno tras otro gracias al viejo populismo de toda la vida, a la tradicional demagogia Españaza 2000.

Será interesante constatar si el análisis profundamente despreciativo respecto de la inteligencia del electorado llevado a cabo por los estrategas del PSOE tiene, a la vista de los resultados electorales, visos de pasar por un juicio acertado de la situación. Dicen las encuestas, de momento, que no parece que haya sido una jugada demasiado buena, porque el PP pisa los talones en todas ellas al PSOE. Y es que, ya puestos, habría que explicar a la gente cuáles son los motivos, sonrisas aparte, de preferir a ciertas copias sobre los originales. A eso está dedicada la campaña del PSOE. Ya veremos. Porque todo esto depende también de que nos fiemos mucho de las encuestas que se hacen en este país y, a la vista de los resultados que acreditan en las dos últimas décadas, mejor seguir instalados en un cómodo agnosticismo demoscópico.
Además, y lamentablemente, pase lo que pase, será siempre muy difícil saber si tenían razón o no quienes pensaron en los electores como ganado. Si ganan, porque tampoco sabremos si habrían ganado, de haber seguido otra política, por más, por menos o si simplemente no habrían ganado. Si pierden, por lo mismo.

De modo que nos quedamos (nosotros y los partidos, estrategas o aprendices de brujo) con muy pocos instrumentos para decidir si conviene pensar en que la gente que (nos) vota es sensata, madura e inteligente, prefiere la discusión razonada entre posiciones a la excitación de las vísceras o si, por el contrario, son (somos) unos mastuerzos a los que se puede conducir con cuatro consignas a cambio de que explotes temas de éxito como el hit ETA-Cataluña que ha marcado estos últimos años.

A falta de poder afirmar con un mínimo de seguridad una u otra cosa, prefiero pensar que la gente sabe lo que se hace y que prefiere que la traten con respeto, valorando a quienes les proponen cosas con un mínimo de honradez intelectual. No teniendo pruebas en sentido contrario, ¿por qué no actuar como si las cosas fueran así?

Por este mismo motivo, claro, también tengo en cierta consideración que los partidos políticos actúen a partir de esa premisa. O, más bien, a los partidos y a los políticos que así lo hacen. O que lo hacen un poquito.
Sí, en efecto, lo han adivinado: la pre-campaña, la campaña y el debate del lunes no es que me entusiasmen, precisamente.