La soledad

No podía elegir mejor película la Academia del Cine como merecedora de las principales categorías de los premios Goya en este 2008. Por dos motivos. El primero es que La soledad es una excelente película de Jaume Rosales que narra la vida en paralelo de dos personajes y sus respectivas familias sometidas a tensiones propias de la vida cotidiana (la decisión sobre la venta de un piso entre varios hermanos, por ejemplo) y a alteraciones graves de acontecimientos extraordinarios (el atentado terrorista en el autobús). Es una película tan personal y peculiar que no parece española ni en el reparto. El segundo motivo es más metafórico y alude a la sensación de soledad que alberga el cine español, repetida hasta la saciedad como discurso victimista por sus representantes. Las cifras de pérdidas de espectadores en 2007 son perfectas para que la Academia entone ese discurso entre lastimoso por la situación y de regañina hacia los espectadores que son tontos porque no defienden la cultura propia.

Discurso que ha quedado resumido en el manifiesto con ínfulas poéticas leído en la ceremonia por la presidenta de la Academia, Ángeles González-Sinde. Con su tirón de orejas adornado de incomprensibles metáforas en que quería decir que las nuevas tecnologías se van a cargar nuestro legado cultural, uno no sabe ya si González-Sinde hablaba en nombre de la Academia o de la SGAE. Pero una pregunta más surgía según brotaban las palabras de su boca: ¿cómo puede escribir un discurso tan malo alguien cuyo oficio es el de guionista? Mal construido, peor argumentado y cargado de retoricismos, tras leerlo casi ha tenido que susurrarle al público, “que ya he acabado, aplaudan, aplaudan”. La que fuera guionista de la serie Cuéntame, es decir, de uno de los productos más falsos y manipuladores de nuestra (?) industria (?) audiovisual (?), no sabe hacer la o con un canuto. Y cuando en entrevistas publicadas en los medios de comunicación este pasado fin de semana, le preguntaban si tenía la Academia alguna idea para cambiar las pautas del modelo de negocio en un contexto cambiante, respondía algo así como que si no tenían ideas ni los americanos, cómo las íbamos a tener nosotros. En definitiva, en vez de  un gestor, la Academia tiene un busto parlante (que no pensante) que sigue la trayectoria de Aitana Sánchez-Gijón, aquella actriz que, como presidenta de la Academia, decía que lo que había que conseguir era que se hablase en los telediarios más de cine que de fútbol. Y con ese ideario se quedaba tan ancha. Pues ahora igual, o peor.

En toda esta sinrazón, lo mejor que pueden hacer los actores es lo que ha hecho Alfredo Landa al recibir el Goya honorífico por toda su carrera: callar. Bien es cierto que Landa no ha articulado palabra por la emoción de verse aplaudido por los compañeros de una profesión tan cainita. Vamos, tanto que aquí, en España, ni se disimula. En Hollywood hay de todo, pero a la hora de salir todos en la foto, dejan sus rencillas aparte y dicen lo maravillosos que son todos. En España, no. Para qué. Aquí Landa se pelea con Garci y lo airea a los cuatro vientos. Almodóvar se pelea con todo el mundo (o todo el mundo se pelea con Almodóvar) y las cosas no se arreglan. En definitiva: los americanos tienen muy claro que tienen que guardar las formas porque son una industria. Aquí, en cambio, si pudieran se escupirían. Pero, a lo que íbamos. Que Landa se ha quedado mudo de la emoción. El actor que ha hecho del cabreo y la antipatía (tanto personal como profesional) una marca actoral (creando escuela en actores como Antonio Resines) no ha podido articular palabra. ¿Por las palabras de González-Sinde? Pues no parece, porque no había quien entendiera el discursito de marras.

Con todo, y dejando de lado estas chiquilladas, hay que reconocer que la 22 edición de los premios Goya ha estado bien. En primer lugar, por el presentador, José Corbacho, que ha hecho lo que hay que hacer: tomárselo todo con sentido del humor, desde el desencuentro con Almodóvar hasta la cara de pocos amigos que ha puesto Carlos Larrañaga cuando se ha quedado sin estatuilla. En segundo lugar, porque los Goya a la mejor película y director han sido para La soledad, lo que hará que se reponga en algunos cines, porque, la verdad, la película estuvo en cartel menos de lo que dura un suspiro. El orfanato también ha ganado estatuillas, pero al menos no ha sido un escandalazo: los premios justos, porque la película ha dado muchísimo dinero, pero sin pasarse, que tampoco es un film del otro jueves. Algún premio también para Las trece rosas, y algún detalle curioso, como ver a la pesada de Médicos sin Fronteras soltando el típico rollazo ONG-solidaridad-paz en el mundo, y sin enterarse de que ella no era el centro del mundo y que los discursos tenían que ser breves. Y todo porque habían premiado un documental sobre conflictos olvidados. Anda que si le dan un Óscar, la que arma. Y en tercer lugar, porque la ceremonia se ha emitido con un retraso de media hora. Y ya va bien, que se aprenda a abreviar, que por fin hemos llegado a unos Goyas que han durado menos de 3 horas. Es de agradecer, la verdad.

Es curioso que, cuando peor está el cine español, es cuando se ha organizado la mejor ceremonia de los Goya. Atrás quedan esos tostones de horas y horas de entregas de premios hechas en plan somos-rolleros-y-aburridos-porque-no-somos-como-los-yanquis. Hasta el breve recuerdo a Fernán Gómez ha resultado comedido, sincero y agradable. Al final, las ceremonias de los Goya serán agradables de ver y todo. Aunque no haya películas que premiar. Eso sí, que pongan a alguien inteligente al frente de la Academia, que seguro que hay gente válida.