José Luis Rodríguez Zapatero, en su alocada carrera por llegar al 9 de marzo en una situación óptima para revalidar su mayoría electoral, sigue prodigando gestos demagógicos y haciendo acopio de todo tipo de propuestas impresentables de esas que los expertos consideran la llave para articular mayorías, ya sean nacionales, ya de progreso. La última ocurrencia, en una línea muy semejante a la del cheque-bebé, es prometer a todos los contribuyentes 400 eurillos para que nos vayamos por ahí a cenar, a tomar unas copillas y que, de esta manera, el lustroso modelo económico que tenemos, basado a partes iguales en el hoy declinante ladrillo y la hostelería pringosa dedicada a la estafa al guiri y a cualquier persona despistada que pase por ahí con 400 eurillos en la mano, a ver si así aguanta la cosa un poco más y conjuramos el riesgo de tener que ponernos a trabajar en cosas serias, a estudiar un poquillo, a crear algo con un mínimo de contenido y que permita avanzar a la sociedad.

Así pues, mientras que las dosis de circo nos las proporciona su “firmeza” contra ETA (enchironando a De Juana aunque ya haya cumplido la condena, metiendo en la cárcel a todo político que no condene la violencia terrorista y liquidando el asunto con los fuegos artificiales de final de legislatura en forma de ilegalización de varios partidos políticos más), el “pan” nos llega a los ciudadanos en forma de rebajas fiscales desatadas, con ambos grandes partidos compitiendo en un ejercicio lamentable de irresponsabilidad fiscal. Así las cosas, con 400 euros en mano (y una propuesta de los de enfrente de eliminar la tributación de todos los que ingresen menos de 15.000 euros al año, así como rebajar el tipo máximo del IRPF al 40% y el de sociedades al 25%), 2.500 por hijo (que en comunidades autónomas como la valenciana el gobierno regional ha prometido incrementar con 6.000 más) y numersosas subvenciones a la vivienda joven en propiedad o alquiler (con el complemento de unas masivas promociones de vivienda protegida adjudicadas por medio de sorteos y demás chuscos procedimientos), con promesas de incremento de las pensiones, de todas, las no contributivas, las de viudedad y lo que sea menester…. con todo eso, se supone, los ciudadanos hemos de afrontar el futuro tranquilos.

Liquidado el sistema fiscal y su progresividad, en este mundo donde desaparecen impuestos (o eso parece) todos los días (sucesiones, patrimonio…), pareciera que España fuera una sociedad opulenta, con servicios públicos de calidad y suficientes, de los que todos nos podemos servir cuando nos hacen falta y de lo más satisfactorios. Pareciera que el Estado en España, las distintas Administraciones Públicas, contaran con recursos más que suficientes para desarrollar bien las funciones de interés general que tienen encomendadas. Porque sólo en tal caso se entiende este zoco fiscal en que se han convertido las elecciones. Y sólo así se comprende que los ciudadanos no se alcen en armas contra el espectáculo.

Antes al contrario, España y su débil poder público carecen de recursos para articular correctamente su acción en defensa de los intereses generales. No sobra dinero, falta. Cualquier rebaja en IRPF y demás impuestos directos y progresivos supone que la presión fiscal ha de aumentar correlativamente, como así está pasando, en la tributación indirecta. Que, visto lo visto, y el esperpento del modelo de IRPF español, pues tanto mejor, dado que no sólo es más que discutible que sea progresivo sino que quizá sea regresivo gracias al fraude y, lo que es peor, los numerosos mecanismos legales de escape que tienen quienes más ingresan. El problema es que nuestro sistema de imposición indirecta, basado en el IVA, tiene también altísimas tasas de fraude, que consolidan un trato desigual brutal en favor de ciertos sectores, que a nadie parece interesar lo más mínimo atajar. Y eso por no mencionar cómo, en qué cosas, se gasta el dinero. De los efectos del hecho de destinar fondos públicos a esas cosas. Por no hablar del corolario: no dedicarlo a otras.

Los ciudadanos, tratados como borregos que tenemos derecho a circo y a pan, en las condiciones descritas, conservamos también, todavía, mecanismos formales de participación democrática. Estaría bien que funcionaran y castigaran con severidad un modelo de hacer política que desprecia su inteligencia (y también, en realidad, si es de lo que se trata, la cartera de la gran mayoría de nosotros).