La puesta de largo de la segunda campaña a la presidencia del Gobierno de Mariano Rajoy ha sido un festival a cuenta de la evicción de Alberto Ruiz Gallardón de las listas, colofón a las reiteradas manifestaciones públicas del alcalde de Madrid en las que declaraba su deseo de ir en las mismas para “ayudar” a Mariano Rajoy.

Llama la atención la sorpresa con la que el “gallardonismo” mediático ha comprobado al fin que no, que por extraño que parezca el candidato del PP no estaba precisamente entusiasmado con esas desinteresadas “ayudas”. Y es también bastante cómico el análisis de la prensa “rajoyista”, emperrada en glosar la exhibición de autoridad, una más, llevada a cabo por Mariano, rectificando a última hora listas electorales a golpe de amenazas de dimisión, ahí es nada, de los dos cargos públicos más relevantes del PP (los presidentes de Madrid y de Valencia).

Pero como no es todavía el momento de ponernos a analizar la pugna interna en el PP por suceder a Mariano Rajoy sino de glosar lo que más nos interesa de la precampaña, LPD pasa a comentar la que puede ser la más inquietante de las repercusiones electorales de la decisión de liquidar a Gallardón: una de las bestias negras de esta página, ya desde que se postuló como candidata a la secretaria general del PSOE allá por 2000, la sin par Rosa Díez, puede acabar por lograr su ansiado escaño por Madrid, para lo que necesita mejorar apenas un poquillo los resultados que en su momentos logró Jesús Gil.

El mensaje que la bulla del PP envía a la sociedad, sea coincidente con la realidad o no (eso es lo de menos) es doble: por una parte que Mariano Rajoy tiene montado un follón interno tremendo en Madrid con motivo de que ni siquiera en su propio partido se cree demasiado en su victoria y por otro, sobre todo, que el PP deja de lado un perfil más moderado y centrado (Gallardón, Piqué, Matas…) para abrazar con pasión su versión más ultra, clerical y federico-jiménez-losantiana. Es decir, que quizás haya votantes del PP, de esos que están totalmente de acuerdo con sus postulados en materia de terrorismo y nacionalismo, que acaben pensando que, visto lo visto, ¿por qué no votar a la simpática Rosa Díez y su partido, nucleado a partir de dos ideas fuerza tan caras a la derecha como la caña al nacionalismo y la equiparación de los que negocian con los terroristas con los propios terroristas, como limpio del perfil rancio y clerical del PP?

UPyD es un partido pensado para que las clases medias moderadamente ilustradas, que se sienten cómodas en un mundo de orden como el que tenemos pero que tienen la sensación de que ellos son más listos que la plebe y que los políticos populacheros que ésta elige no están a su altura, puedan votar a alguien que les reconcilie con la imagen que ellos mismos tienen de lo listos que son. Además, dentro de la defensa del orden establecido a todos los niveles, que es de lo que se trata, lo hace con una pátina de modernidad y de centrismo porque, en lo que es revolucionario en España, la defensa del statu quo se hace sin ir de la mano de la Iglesia o de la represión moral. Vamos, que UPyD es un partido para ti, para mí y, en general, para el tipo de gente que hace, lee o gusta de LPD.

Ése es el motivo por el que, pudiendo haber sido un partido que nos hubiera podido atraer (luego eso ya depende, como clase media ilustrada conservadora que somos, con qué perfil concreto nos aliñen el programa), se hace tan duro que se haya decantado no por potenciar sus propuestas de regeneración democrática (muy atractivas para quienes somos parte de ese sustrato ideológico) sino por dos banderines de enganche de una demagogia y arrabalerismo político sólo parangonables a la elección de su cabeza de lista. La imposición de una tránsfuga con una acrisolada trayectoria de búsqueda del discurso político que más conviene a sus intereses coyunturales y que une a sus constantes e interesados vaivenes la desfachatez en la crítica despiadada a quienes piensan como ella lo hacía cuando le convino es probablemente la mejor para defender dos postulados tan impresentables como:
- Los nacionalismos están hiper-representados en nuestro sistema político y hay que cambiar la ley electoral para minimizar su influencia en el Congreso, que deja el país en manos de “quienes menos lo quieren”.
- Con ETA no hay que negociar nada, nunca y sólo existe una vía para acabar con ella: la policial.

Obviamente, gente como Fernando Savater habría tenido problemas para defender semejantes ejemplos de engaño masivo a la ciudadanía como candidato (el primero directamente es un engaño matemático de esos que un niño de 6º de primaria te demuestra en menos de un minuto; el segundo es un engaño típicamente demagógico, por lo que es doblemente chungo, ya que todos nos lo conocemos), por lo que el muñidor de estas ocurrencias, como “experto politólogo” pergeñador de estrategias políticas ganadoras que es tenido en el partido como gran gurú para estas cosas, el tal Gorriarán, ha situado a alguien como Rosa Díez al frente. Pero con ambas decisiones el partido ha desmentido radicalmente, desde el primer momento, las presuntas intenciones de regeneración democrática “para las clases medias ilustradas” que preconiza supuestamente la formación. Y es una pena, porque más allá de estos tres mascarones de proa (dos programáticos y una “lideresa”) hay un programa político que es en gran parte muy atractivo pero que, lamentablemente, no puede servir para nada bueno con semejante presentación y supeditado a estas prioridades.

Ahora bien, a saber si la gallardonada les garantiza los votos mínimos necesarios para sacar uno o dos diputados por Madrid. Lo cual es triste, porque no servirán de nada excepto para conseguir que Rosa Díez siga con su carrera de chaqueterismo político cuatro años más. Y, la verdad, la perspectiva se hace dura.