Las cumbres entre España, Portugal (porque los portugueses van, ¿no?, vamos, que está más o menos claro que a nadie le importa demasiado si es así o no, pero es por disimular un poco) y nuestras antiguas colonias americanas son una bella ocasión para el reencuentro, para rebozarnos de españolidad, para comer y beber como Dios manda (los del G-8, en cambio, tienen menús poco contundentes), para montar francachelas con amiguetes y compañeros de correrías varios y para hacer negocios o patrocinar a compañías de tu propio país en su legítimo derecho por abrirse paso en sectores regulados por otros gobiernos. Como es evidente, todos ellos son motivos de peso para que las cumbres en cuestión tengan muy buena prensa.

El tópico dice que España es vista con mucha simpatía en Latinoamérica, que los nativos nos tienen en alta estima porque, a fin de cuentas, somos la Madre Patria, compartimos lengua, religión y cultura y, ¡qué caray!, nos sentimos reconocidos los unos en los otros. Los medios de comunicación, además, aseguran periódicamente que las empresas españolas que han cruzado el charco para ofrecer sus servicios de telefonía, agua, energía o autopistas, por mencionar sólo algunos ejemplos, a los sudamericanos lo hacen incluso, en ocasiones, con un nivel de servicio y respeto al cliente semejante al que les acompaña en su actividad en la península (juzguen por sí mismos cuán contentos andarán). Por último, como es sabido, una de las muchas ventajas que supone tener un Rey (también conocido como “señor Rey”) como Jefe del Estado, además de ahorrarnos molestos trámites democráticos que, como es consustancial a España, nada bueno podrían traer, es que su buen hacer y su permanencia en el cargo le permite tejer unas relaciones privilegiadas con las diversas satrapías con droit de cité reconocido en el orbe, como pueda ser la dinastía saudita o nuestro querido “sobrino” marroquí pero también, como la historia demuestra, con los gobernantes latinoamericanos, incluso en el caso de que sean elegidos democráticamente. Así de bueno es el Rey, así de majo y simpático, sí, pero también eficaz. Y no crean, que sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, aplicadamente, se han esforzado en preservar este legado y, como es bien sabido, gracias a ello nuestros lazos con Latinoamérica y sus elites dirigentes son fenomenales y cada día mejores.

Sobre lo que ya no hay tanto acuerdo, pero bueno, para algo somos españoles, en algo se tiene que notar, es respecto de si la recia política de José María Ánsar, en su gallarda maniobra de postrarse a los pies del Emperador a la velocidad del rayo y a continuación emplear el látigo con los “países amigos” de América a poco que se salieran de madre fue buena o mala para defender esa entelequia llamada “intereses españoles”. Hugo Chávez, con golpe de Estado y todo, fue el que más disfrutó de las caricias de la nueva diplomacia española, algo por lo que el tipo parece bastante resentido. Así es la ingratitud humana, siempre presente para con España y su grandeza, como Santiago y cualquier español de bien, a estas alturas, esperemos que hayan aprendido y comprendido definitivamente. Digámoslo claro, Hugo Chávez no sabe aguantar ni siquiera una broma de nada. Es culpa suya. Y un dictadorzuelo, porque el apoyo popular expresado masivamente en las urnas, como bien podemos explicar a los marroquíes o a los argelinos, por no hablar de los turcos o como nos pongamos tontos de los mexicanos o de los estadounidenses, no ha de confundirse con la democracia. Ahora bien, existiendo un amplio consenso sobre la execrabilidad del Presidente de Venezuela, extensible en los medios de comunicación españoles a los que le votan, la cuestión es si la mejor política para afrontar estas realidades es la de Su Ansaridad o, por el contrario, alguna alternativa más, por emplear la terminología del gurú, “simpática”. Pero miren, sobre esto no nos vamos a pronunciar. Ustedes mismos.

Por otra parte, sobre nuestro Jefe del Estado y su exhibición del sábado, a la vista de cómo se las gasta la Fiscalía, también nos da algo de miedo hacer una valoración sincera. En cualquier caso, podemos constatar la unanimidad con la que los medios de comunicación españoles han jaleado su tabernaria (¡y tan hermosamente española!) intervención en la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (que, por cierto, por mucho que se empeñen, ni los mismos sudamericanos pueden evitar que supure españolidad por todos sus poros, con esas tertulias con gente interrumpiéndose, pegando gritos, faltándose socarronamente y, si se ponen las cosas bien, llevándose el Scatergoris). Las loas que ha recibido desde todas partes (siempre y cuando no crucemos los Pirineos) ensalzan la virilidad del Monarca, la oportunidad de su gesto, los beneficios que para la imagen y los intereses de nuestro país conllevará y, muy especialmente, realzan la competencia y tino que nuestro Jefe del Estado ha demostrado una vez más en el ejercicio de sus funciones.

Como esta unánime valoración interna se combina con un absoluto rechazo, mezclado con perplejidad, por parte de toda la prensa iberoamericana, así como con una visión de nuestro Jefe del Estado en los medios europeos cada día más parecida a la que se tenía de Borís Yeltsin y sus pellizcos a toda secretaria que se pusiera a tiro, podemos extraer ya dos explicaciones alternativas:

- En España andamos todos acojonados ante la perspectiva de que la Fiscalía nos pille en un renuncio osando expresar alguna crítica a Su Campechanidad.
- La valoración que nuestra opinión publicada tiene de lo que es una actuación diplomática sensata difiere sustancialmente de lo que opinan los sudamericanos (lo que tiene cierta importancia, dado que son ellos los afortunados receptores de nuestros desvelos), pero también de lo que es común en las naciones desarrolladas de nuestro entorno, supuestamente neutrales en todo este asunto.

Ahora bien, eso de que son “neutrales” es generoso. Lo que son, sobre todo, es extranjeros y, por definición, envidiosos de España y de su grandeza. Desde este fin de semana, también, de nuestro Jefe del Estado. Así que, cómo no, en homenaje a nuestro Fiscal General del Estado, LPD quiere unirse entusiásticamente a las alabanzas a la actuación de nuestro Señor Rey. Dios lo guarde muchos años y nosotros que lo veamos.