Actualidad cinefílica
Cine Club
Séptimo Arte
POLÍTICA
BOLSA
MASS MEDIA
DEPORTES
CINE
HISTORIA
TEOLOGIA
LITERATURA
CULTURA POPULAR
LA RED
MUSICA
CIENCIA
LIBROS
SEXO

 

Karate Kid

 

En la maravillosa década de los ochenta las pantallas y los videoclubs de medio mundo se llenaron de películas que ensalzaban el espíritu de superación personal: Rocky era capaz de vencer a todos sus contrincantes gracias a la fe en sí mismo y nuestro chico karateka vencía en los torneos y en la vida gracias a los sabios consejos de su maestro mentor el señol Miyagi (Pat Morita, ya saben el de "Dal sela, pulil sela") y a un tesón digno de aparecer en el récord Guinness.

De esta manera un chaval enclenque y acomplejado se convertía en un super karateka capaz de ganar en ese gran torneo que es la vida a sus más terribles adversarios (eso sí, todos ellos perfectos, rubios y de un pijerío un tanto desatado). Para no va más de contrarierades, nuestro héroe se enamora de una chica perfecta (Elisabeth Shue, la que muchos años después deslumbrara con su interpretación en Leaving las Vegas), tan perfecta que tiene mucha más pasta que él, con lo cual nuestro joven aprendiz tiene que dar patadas al aire también contra los prejuicios sociales de una adinerada burguesía que no lo acepta.

Sin embargo el gran hallazgo de la película es el señor Miyagi, el gran maestro de nuestro protagonista. Él será quien le de las lecciones más importantes: la primera clase sin ir más lejos es toda una lección de cómo hacer que el chaval le limpie sus coches y la casa entera, vendiéndole la moto de que en realidad le está enseñando karate. Entre sus lecciones tampoco podemos olvidar cómo cazar moscas con palillos chinos o cómo sostenerse en un palo en la playa haciendo todo tipo de posturas extravagantes sin perder el equilibrio.

Pero sin duda la gran frase que pasará a la posteridad, esa ontológica reflexión sobre las artes marciales: "La vida es como una carretera, vas por la izquierda bien, vas por la derecha, bien; pero lo que no puedes nunca es ir por el medio" . ¡Y qué gran verdad! Así lo entiende también el protagonista que llega hasta el final asumiendo todas las consecuencias, con esa patada aprendida en el palo de la playa que le da la victoria final y que le redime de su condición de mediocre para pasar a formar parte del selecto grupo de los elegidos.