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Pesadilla en Elm Street

 

La década de los 80 sí fue una buena época y a ellos me remonto tanto sentimental como cinematográficamente con tanta frecuencia como puedo. Entre mis recuerdos de adolescencia destaca un personaje con un espantoso suéter a rayas negras y rojas que era el terror de los que en aquella época coleccionábamos impúdicamente discos de los Hombres G (por cierto he oído que David Summers ha vuelto a lo de la canción, ese sí es un muerto viviente), pósters a tamaño natural de Samantha Fox y revistas Super Pop en las que se informaba puntualmente sobre los pormenores del nuevo peinado de Madonna.

En esta maravillosa década de laca, tejanos y zapatillas nike un tal Freddy Kruger era el rey indiscutible del cine de terror, copaba los estantes de los videoclubs con su saga de pesadillas que tenía visos de merecer el título de otra película -antes novela- emblemática de la década: La historia interminable. La idea era tan buena que no sé cómo no se le ocurrió a la Iglesia unos siglos atrás: un personaje que asesina a sus víctimas colándose en sus sueños, para luego proporcionarles una muerte muy real. Para ello, el bueno de Freddy sólo necesitaba unas garras de apenas metro y medio de largo, con las que conseguir los mejores desgarros cutáneos que se recuerdan en el celuloide, una cara lo suficientemente espantosa como para asustar al más valeroso de los adolescentes y la suficiente mala baba para, además de matar a alguien, hacerlo con ironía y humor, de manera que el espectador no era sino cómplice de este asesino del más allá, disfrutando de las sucesivas muertes con la misma acritud que el deforme monstruo.

Como ocurre con buena parte de las películas destacables de los ochenta, la saga se hizo excesivamente larga y los clones de Freddy acabaron por convertir al personaje en poco menos que un guiñol. Además el delirio adolescente que provocaba (¡ni que fuera Enrique Iglesias!) no acabó de beneficiar su imagen de despiadado asesino venido de la muerte para vengar no sé qué trifulca. Si éramos pocos, la televisión quiso también parte del pastel, e hizo una serie donde acababa de explotar al personaje hasta unos límites excesivos incluso para sus más confesos fans. Como ocurre casi siempre, la televisión convirtió al chispeante muerto viviente en un maravilloso cadáver para la posteridad.