Historia
del Cine
II.
Edison
Desde
que el principio del cine ha existido un enfrentamiento que se mantiene
hasta nuestros días. Se trata de la eterna lucha entre el
Bien y el Mal: en este caso, entre el cine americano y el cine europeo.
Porque el enfrentamiento siempre se ha llevado a cabo entre estos
dos modelos. No nos engañemos, a nadie le importa lo más
mínimo el cine oriental, indio y no digamos ya el africano.
Sucede que para dar muestras de sensibilidad hacia esas exquisitas
y lejanas culturas, se llevan a cabo dos estrategias:
- Descubrir de repente a un director de cine de estos países
y resaltar sus excelencias en todo momento. De este modo, evitamos
tener que estudiar al resto de directores de ese país (con
el consiguiente tostón que supone tener que tragarse horas
y horas de esas películas) y así, además, nos
damos cuenta de que no somos tan cerrados de miras que sólo
nos interesa el cine americano o el europeo: ahí están
los casos del indio Satyajit Ray o del iraní Abbas Kiarostami,
los nombres más citados como ejemplares más exóticos
en cualquier buena y elevada conversación sobre cine.
-
Asimilar a los directores o a sus modos de representación
dentro de los valores del cine americano o europeo: así,
Kurosawa es fascinante porque parece americano y porque, sin él,
Peckinpah no habría hecho películas y, en el otro
lado, Ozu tiene una sensibilidad y una planificación sencilla
como sólo sabe hacer el buen cine europeo.
Este
enfrentamiento no está resuelto, y, de hecho, la naturaleza
de los contrincantes varía según el contexto. Es decir:
si nos vamos con los amigos al cine antes de ir de copas, ni tenemos
que insinuar ir a ver cine europeo, a no ser que queramos que nuestros
amigos empiecen a plantearse nuestras tendencias sexuales; y si,
por el contrario, vamos con una chica, la primera opción
que plantearemos siempre será cine europeo, para dar así
rienda suelta al ser sensible que todo varón lleva dentro.
En el caso de las mujeres se da una circunstancia que se aleja de
la hipocresía y sentido de la adaptabilidad de los machos:
si una mujer es sensible y cinéfila, siempre optará
por el cine europeo; por su parte, si apenas tiene estudios o una
cultura de HJV (Heducación Jeneral Vásica), irá
con su novio a ver la última de Jean-Claude Van Damme. El
cine español supone una excepción a esto; no conoce
ni de sexo ni de nivel cultural, ya que tiene un público
indiscriminado: nadie va a verlo.
Una
buena estrategia para demostrar nuestra sensibilidad en una elevada
discusión sobre cine es instar a nuestros contertulios a
que reflexionen sobre el carácter ladrón y oportunista
de la sociedad norteamericana. Y lo ejemplificaremos diciendo: “Son
tan ladrones que opinan que ellos inventaron el cine, a pesar de
que fuimos nosotros los franceses” (este toque francófilo
en el comentario nos quedará muy “chic”). Después
de provocar miradas de extrañeza (puesto que, seguramente,
nuestros cinéfilos contertulios apenas sabrán nada
del cine de antes de Griffith), pasaremos a razonarles con hechos:
- Los americanos sostienen que el cine lo inventó Edison,
cuando todo el mundo civilizado sabe que fueron los hermanos Lumière
quienes, allá por 1895, hicieron las primeras exhibiciones
públicas de películas.
-
Esta convicción de los americanos surge de su afán
por otorgarse todos los inventos de los últimos siglos: la
democracia (“¡a eso que tienen lo llaman democracia!”,
podemos apostillar con risa sarcástica), el capitalismo (“¡con
lo perverso que es, al generar todas las desigualdades que vemos
hoy a diario!”) y ahora, para más inri, el Arte de
las Artes, el cine.
-
Pues no, el cine es un invento nuestro, es decir, francés,
y ningún ladrón del otro lado del océano nos
va a quitar este orgullo.
Porque
Edison era, ante todo, un ladrón. Este yanqui nacido en 1847,
después de ser expulsado del colegio por burro y de vagar
algunos años por ahí muriéndose de hambre,
decide hacerse inventor y crea su primera patente: una máquina
para el recuento de votos. Como no podía ser de otra manera,
el cacharro fue un fracaso. Unos ciento cincuenta años después,
las elecciones que dieron el triunfo a George W. Bush demostraron
que, dado el poco interés de los americanos por contar los
votos de manera eficiente, lo de Edison no fue más que una
inocencia de juventud. Así que Thomas Alva decidió
optar por cosillas menores como la bombilla, el fonógrafo,
las pilas alcalinas y el kinetoscopio. En este último, un
tipo cualquiera podía ver imágenes en movimiento durante
20 segundos si echaba una moneda al aparato. Era una experiencia
individual, eso sí, pero Edison solicitó la patente
en 1891, le fue concedida en 1893, y en 1894 las máquinas
ya habían iniciado su comercialización. Y existen
algunas películas que pueden datarse en 1889. Recordemos
que el invento de los Lumière es de 1895… Con todo,
después de expresar estas dudas, diremos:
-
Que Edison era un tipo que patentaba las ideas de sus trabajadores,
con lo que muchos de sus inventos seguro que no eran suyos.
-
Que esta práctica vil siempre la han explotado esos pérfidos
norteamericanos. Ese capitalismo atroz y ladrón ha llegado
desde Edison hasta nuestros días (no olvidemos a Bill Gates).
-
Que lo que cuenta es la educación que nos ha dado el cine,
el poder compartir experiencias comunes en una sala oscura, la atmósfera
única de un momento inenarrable: eso sólo es posible
gracias que los Lumière inventaron el cine como proyección
social, no como el invento individualista de Edison, tan egoísta
como su propia sociedad.
Con
estos argumentos tan trabajados, desmontamos cualquier teoría
que intente dar siquiera una leve primacía en la historia
del cine a los americanos: el cine es un invento francés,
y la culminación ya vendrá cuando hablemos de la “nouvelle
vague”, del “Cahiers du cinéma” y de Antoine
Doinel. Y así conseguimos ofrecer un punto de vista que va
más allá de la discusión entre cine americano
actual-cine europeo actual al demostrar que el cine europeo no es
sólo mejor en la actualidad, sino que ha sido siempre así.
Y podemos acabar sentando cátedra en la conversación
y no dando ninguna solución de continuidad a nuestros contertulios
mediante el empleo de alguna frase como: “el cine será
europeo o no será”. Ante frases lapidarias así,
¿quién puede osar llevarnos la contraria?
Manuel
de la Fuente
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