Historia
del Cine
I.
Introducción
Ah,
el cine… Ese gran arte, nuestra educación sentimental,
el espejo de nuestra vida, esa ilusión a 24 fotogramas por
segundo que habla de nuestros sueños, anhelos, ilusiones
y esperanzas. Esas salas que, cuando se oscurecen, dan paso a un
crisol de vivencias. Quién no recuerda a Humphrey Bogart
ligando con Lauren Bacall. O al séptimo de caballería
acudiendo al ataque contra los indios. O las películas de
gladiadores y circos romanos, con todo su esplendor. El cine. Momentos
de nuestra infancia, cuando de niños jugábamos en
la calle y nos quedábamos con las vueltas que nos habían
sobrado del dinero de nuestra madre al comprar ese jarro de miel
para ir a la siguiente sesión. Y ese…
Bueno, así empezaría cualquier cinéfilo estilo
Garci su repaso por la historia del cine. Y llenaría páginas,
no se crean, hablando de su infancia, de su despertar sexual, de
su colegio, de sus canicas y de un montón de cosas más.
Y el cine siempre de por medio. Esa nostalgia en que se repiten
siempre los mismos recuerdos para decir que, al fin y al cabo, todas
las películas son buenas y todos nosotros éramos entonces
más jóvenes, más guapos y más fuertes.
Como si al resto de mortales nos importara.
Lo
que da cuenta de la caterva de mediocres opinadores que ha dado
el cine. El cine y el fútbol se han convertido en los temas
más recurrentes de cualquier conversación entre amigos
y conocidos: todo el mundo puede hablar de ello. Que si tal película,
que si aquella banda sonora, que si este actor que dicen que es
gay,… hasta tal punto llega la ridiculez que hay revistas
que dedican páginas enteras todos los meses a cotillear sobre
el mundo del cine. Y atrévase Vd. a editar una revista en
su barrio sin que haya una sección de cine: fracaso garantizado.
Este
éxito del cine viene de su aceptación popular. Porque
si algo ocurre realmente a caballo entre los siglos XIX y XX es
la aparición de formas de entretenimiento que vienen a sustituir,
de una vez por todas, ese tedioso ejercicio que es el de la lectura.
A partir de finales del siglo XIX, se podrá destacar entre
la jet sin leer ni un solo libro. Algo que se había convertido
en una necesidad, ante los movimientos de población que había
generado la Revolución Industrial. Porque antes la cosa estaba
muy mal: no había nada que sustituyera la lectura como fuente
de primacía cultural. Veamos:
-
La música. Antes del siglo XX, no existía el rock.
No existía Britney Spears, ni las Spice Girls, ni Michael
Jackson, ni Los Planetas, ni Los Fresones Rebeldes. Sólo
existía gente como Bach, Mozart, Beethoven, Vivaldi. Es decir,
que la música era aburridísima. Porque no había
cantantes. Y cuando había, se convertía en ópera.
Además, no existía el LSD, ni el éxtasis, ni
las drogas de diseño. Vistos los antecedentes, casi es un
milagro que estemos hoy aquí y que nuestros antepasados no
se murieran de aburrimiento. Así que nadie se tomaba la música
demasiado en serio, más que los reyes y príncipes
que vaciaban sus arcas en contratar a los mejores músicos
para demostrar que eran más chulos que los reyes y príncipes
vecinos. Por otra parte, no es que no existiera el CD, es que no
existía ni el LP. Con lo que acceder a la música era
muy pero que muy difícil. Vamos, como si existiera una SGAE
mundial.
-
La pintura. ¿Para qué interesarse en dibujos de paisajitos
con mujeres con paraguas en un columpio? La pintura no se podía
tomar en serio como alta cultura: ¡si no había contaminación!
¡no había automóviles ni fábricas! Con
lo que los paisajes eran tan esplendorosos como los cuadros. No
tiene sentido ver un cuadro cuando vivíamos en un país
lleno de bosques y ardillas.
-
La escultura. Tampoco tiene sentido interesarse por la escultura
porque se sabe que, independientemente de dónde o cuándo
se realice, acabará en el Museo Británico. La escultura
es grande y de materiales pesados, con lo que no es algo que sea
bonito poseer. Además, siempre refleja a tíos cachas
que lanzan discos, musculaturas perfectas, arios y ninfas que quitan
el hipo. Para generar envidia, que se la quede el artista.
-
La arquitectura. Esto suena ya a risa. La gente muerta de asco en
sistemas feudales o similares, y la iglesia y los reyes edificando
palacios, catedrales y templos. ¿Es eso arte? Además,
no queda serio decir: “soy muy cool porque he visitado la
catedral de Santiago”. No. No funciona, en absoluto, como
manifestación cultural de la que presumir.
Así,
dado que la literatura es el arte elevado que distingue a los cultos
de las bestias (¿qué mejor prueba de finura que recitar
graciosamente unos versos de Garcilaso aprendidos de memoria?),
todo el boom demográfico del siglo XIX tenía que verse
satisfecho con nuevas muestras de cultura que diversificaran la
oferta, ya que había que cultivar el intelecto sin necesidad
de recurrir al engorro de la letra impresa. Y así nacieron,
con muy pocos años de diferencia, gloriosas artes:
-
Primero llegó en 1895 el Séptimo Arte, el Cine. Ver
a unos tipos salir de una fábrica, a un bebé escupiendo
papilla o a un jardinero regado por su propia manguera hizo las
delicias de multitudes. Y tanta era la gente que se lo pasaba bien,
que, con el tiempo, se le tuvo que dar un estatus de seriedad al
pasatiempo. Así, al catalogarlo como arte, nos curamos en
salud y todos nos sentimos como personas de bien que no malgastan
el tiempo con tonterías, sino que invierten en formación
cultural.
-
Al año siguiente, 1896, Outcault dibuja “Yellow Kid”,
y nace, así, de repente, el cómic. Es maravilloso,
porque se trata de leer sin leer. No tardará en consolidarse
el público de lectores y en crearse la catalogación
de Noveno Arte para el invento. Con los años, los dibujantes
se multiplicarán como rosquillas y con hablar del arte de
Will Eisner, George Herriman o Cliff Sterrett, nos quitamos de encima
a los Cervantes, Shakespeare o Goethe.
-
En los años 10 y 20 nace la radio. No pregunten el porqué,
pero el hecho es que, misteriosamente, es el Octavo Arte, a pesar
de nacer años después que el cómic. No obstante,
tras el uso que realizara Hitler de la radio, ésta pierde
credibilidad como medio artístico, y ya nadie la llama Octavo
Arte (hasta tal punto, que hay quien, hoy en día, usa lo
de Octavo Arte para referirse a los videojuegos). Pero no se crean
que no había auténticos enfermos de la radio en los
años 20: multitud de radioaficionados ponían a prueba
sus habilidades y las excelencias del medio, y había foros
mundiales de científicos y amantes de la radio, lo que hacía
pensar en su futuro como instrumento de cultura. Para ver en qué
han quedado estas expectativas, basta con escuchar a Federico Jiménez
Losantos.
-
Paralelamente, se consolidarán inventos como la prensa o
el telégrafo que no recibirán la etiqueta de “arte”,
pero que servirán de apoyo a las tres nuevas artes que, en
menos de veinte años, aparecen, tras los más de veinte
siglos que habían tardado en consolidarse las anteriores.
Es decir, que de haber seguido este ritmo, hoy hablaríamos
de artes como la gastronomía, el piercing o el cubo de Rubik.
Satisfecha
ya la necesidad vital, se irán creando las articulaciones
necesarias alrededor del cine: una industria (bueno, en el caso
del cine español esta pata flojearía un poco), un
público (la verdad es que el cine español también
falla un poquito aquí) y una distribución que abrirá
mercados más allá del país de producción
de la película (vale, el cine español…). Y,
cómo no, la crítica. Una crítica competente,
con estudiosos, historiadores y teóricos que descubrirán
los valores propios del cine como medio expresivo singular (la crítica
española también estaría un pelín, sólo
un pelín, por debajo de esta afirmación). Con lo que
se reivindicará el cine y su consideración como arte.
Se defenderán distintas tendencias de hacer cine, y políticas
audiovisuales. Pero, bueno, empezaremos por el principio e iremos
paso a paso. No sea que hagamos como cualquier cinéfilo,
comenzando por el final e ir dando palos de ciego.
Manuel
de la Fuente
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