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París, Tombuctú

La democracia trajo el sexo a nuestro cine (pero nada más)

 

Dicho sea con el debido respeto, pues el director valenciano es, sin duda, el mejor director español vivo (aunque ya esté un poco mojama el pobre, la película en cuestión no es ni mucho menos la obra maestra de Berlanga como predicaba la publicidad (claro, qué te va a decir la publicidad si no), pero tampoco es el truño que muchos otros vociferan a los cuatro vientos. No recuerdo qué intelectual orgánica se dedicaba a calificarla como un engendro de película salido de una mente obscena y demencial. La verdad es que la cosa no es para tanto, pero sí que es cierto que a la película —que con todos sus defectos es mucho más crítica y demoledora que cualquiera de las que realizan los enfants terribles con ayuda o no de los popes del posmodernismo urbano Mañas, Etxebarría, Loriga y demás— le sobran unas cuantas escenas muy marca de la casa. Pase lo de la paella, inevitable en una película subvencionada en parte por la Generalitat Valenciana, ídem con la fiestecita de moros y cristianos, pase incluso el culo de la bombi que sale en todo su esplendor en un plano que haría las delicias del pornófilo italiano Tinto Brass, incluso es bastante gracioso ver al escuálido Juan Diego toda la película en pelota picada enseñando su colgajillo apenas disimulado por un triste muchoir; pero lo que ya es excesivo y sobra se mire por donde se mire es la escena en la que Michel Piccoli se ahorca, no consiguiendo morir, pero sí una fenomenal erección que el viejo verdete nos muestra con todo lujo de detalles para recreación suya, porque no creo que haya habido otro solo espectador que haya disfrutado con tal reacción fisionómica. En el cine hay una norma que dice que siempre es más rico sugerir que mostrar, esto lo debe saber bien Berlanga, quien durante años hizo crítica activa contra el régimen de Franco en el que le tocó vivir a través de películas que parecían una cosa para luego ser otra. Parece mentira que con los años se pierdan las buenas costumbres y todo lo bueno que se ha aprendido durante una larga y meritoria carrera. A la vejez, viruelas.