Lost
in translation
From
lost to the river
El
clan de los Coppola se parece cada vez más a una diputación
provincial. Es un auténtico galimatías intentar dibujar
un árbol genealógico de todos los parientes que ha
enchufado El Padrino Francis Ford Coppola en Hollywood: hay un Roman
Coppola, un Marc Coppola, un Christopher Coppola, un Anton Coppola,
una Alicia Coppola, una Talia Coppola, una Eleanor Coppola, un Carmine
Coppola. Todos ellos han trabajado en Hollywood, siempre se han
visto inmersos en algún proyecto del patriarca y desarrollando
diferentes cometidos según su saber hacer (actores, músicos,
técnicos, etc.). Sin olvidar a gente relacionada muy directamente
con este entorno (como Nicolas Cage o Spike Jonze) aunque a veces
camuflen su apellido. Lo dicho, que si Coppola decide tener un hijo
ya no le quedan demasiados nombres con que bautizarlo.
Esta
capacidad de enchufar a todo su entorno familiar (algo nunca visto
desde Chaplin) es digna de respeto, y hace que consideremos si “El
padrino” no es en realidad una película con voluntad
autobiográfica, en que Francis Ford soñaba con verse
algún día convertido en un Corleone que concediera
favores, empleara a su gente, y diera besos por doquier. Desde España,
nuestra industria del cine tiene que mirar a Coppola con una cierta
envidia, pensando en cómo habrá conseguido enchufar
a tantos de los suyos. El caso es que hay apellido Coppola para
rato.
Así, es normal que de vez en cuando salga un nuevo Coppola
y deslumbre a todos los mortales con su genio. Presión demográfica
obliga y, claro, Papá es un señor muy poderoso, y
a ver quién es el guapo que osa decir que un Coppola es un
mediocre: se echa a media industria en contra. El turno le llega
ahora a Sofia Coppola, hija de Francis. Papá intentó
que desde muy jovencita fuera actriz, y la metió en los Padrinos,
en “Cotton Club” y en “Peggy Sue se casó”.
Pero la niña se hizo mujer y Hollywood no comparte los finos
cánones de belleza de nuestro cine patrio (Rossy de Palma
y Loles León dan fe de ello), por lo que se recicló
en cineasta original e intimista. Que llegara el éxito y
el reconocimiento no era más que cuestión de tiempo,
como se suele decir en estos casos, ya que, después de algún
ejercicio de entrenamiento, Papá y Hollywood ya se han encargado
de que todo el mundo asuma que “Lost in Translation”
es una obra de arte. La estrategia es insuperable. Como al cine
de consumo de Hollywood se la suele traer bastante al fresco si
una película es buena o no (y dado que la pequeña
Sofia no incluye matanzas ni disparos en sus historias), pues qué
mejor que inscribir la obra en los circuitos de cine americano “de
calidad” para que guste también en Europa. Pues nada,
todos a descubrir a una gran directora, a una cineasta sensible
que consigue retratar las emociones humanas. Todo eso, como no podía
ser de otro modo, hecho a la manera “made in Hollywood”
para estas situaciones: hacer una película de sensibilidad
de feminista de salón, llena de tópicos y personajes
estereotipados. “Thelma y Louise” marcó el camino;
sólo hay que seguirlo.
El
argumento es sencillo. Un actor famoso (Bill Murray) llega a Japón
a rodar un anuncio de una marca de whisky. El tío cobra dos
millones de dólares por una semana de trabajo, viaja sin
la familia, le pagan putas, jacuzzis y una suite de lujo, pero,
claro, el pobre hombre sufre la crisis de los cincuenta. En realidad,
es un pobre desgraciado que se siente solo en este perro mundo,
este mundo tan dado al aislamiento y la soledad, donde dos millones
de dólares no representan absolutamente nada. El espectador
en seguida se identifica con el protagonista, porque reconoce esa
existencia como propia, y participa de sus traumas, miedos e inseguridades.
Pero la cosa no acaba aquí, porque el tipo conoce a una joven
recién casada con la que intima y con la que se va un par
de noches de fiesta. Pero no piensen nada malo, que no follan, que
se trata de algo espiritual. Ambos comparten experiencias, hablan,
se ríen y exponen sus puntos de vista sobre la vida, el amor
y el matrimonio.
Película
que llega a lo más hondo del corazón, que te toca
la fibra. Todo partiendo de unos clichés propios de un cine
femenino que ha creado Hollywood y que ha sabido vender como cine
independiente y de calidad. No se trata de que Sofia Coppola sea
mujer o no, sino de la serie de tonterías reaccionarias de
la mujer-mujer norteamericana que aparecen, una vez más,
mostradas en un film que de independiente tiene lo mismo que Ramoncín
de cantante:
-
Bill Murray encarna al hombre ideal: alto, maduro, interesante,
buen bebedor (porque sabe beber y no se emborracha), fiel a su esposa
pero al que alguna vez se le escapa y echa alguna inocente cana
al aire, dialogante, que escucha a todo el mundo (incluso a las
mujeres) y simpático. En definitiva, que no es un capullo.
Es el hombre ideal con el que sueña toda mujer, la encarnación
de la figura paterna perfecta por la que siente una admiración
freudiana cualquier hija, y, además, sensible. Sufre la crisis
de los cincuenta porque tiene esa edad. Si tuviera cuarenta años,
atravesaría por la crisis de los cuarenta. No se crean que
es un hombre que busca sexo. Qué va. Prefiere la caricia
al magreo, el susurro al grito, un suave beso a un sucio lengüetazo.
- La chica ha ido a la universidad, a una universidad cara para
más señas (Yale), pero no vive de lo que ha estudiado,
sino de su marido. Se limita a acompañarle en sus viajes
alrededor del mundo (él trabaja de fotógrafo). La
mujer feminista de Hollywood no trabaja, sino que vive del marido
o ex-marido, o bien de una herencia o de la recaudación de
un atraco. Pero trabajar, nunca, oiga. Que la mujer puede ir a la
universidad, pero tiene que tener claro que, cuando se licencie,
a casa a guardar su título entre las páginas de cualquier
libro de cocina.
-
Los japoneses son idiotas. Aunque podamos estar de acuerdo en este
extremo, ¿se imaginan que en una película de Van Damme
se hicieran chistes en que las dianas de las risas son los japoneses
y su manera de expresarse? La que se montaría: que si Hollywood
y su visión cerrada, que si son idiotas, etc. Sin embargo,
aquí, por el simple de hecho de ser una película dirigida
por una mujer y por ser una película independiente y sensible,
no se trata de burla hacia el pueblo japonés, sino de una
metáfora sobre la incomunicación entre distintas culturas.
Por
no hablar de que es una película aburrida, sosa y filmada
de una manera rutinaria. Se ha destacado mucho el plano de la despedida
entre los protagonistas como ejemplo de sensibilidad y de buen hacer.
Si hay algo especial y sensible es la interpretación de Bill
Murray, un veterano actor que sabe lo que hace. En realidad, ése
es el secreto de “Lost in Translation”: contratar a
Bill Murray y darle una historia contenida. Si en vez de plantarle
una película para que dé rienda suelta a su comicidad,
ésta se dosifica y se ofrece no como un repertorio de situaciones,
sino conteniendo su vertiente cómica, entonces tenemos película
intimista. Esto suele pasar con muchos cómicos norteamericanos.
No hay nada como darles papeles serios a gente como Jerry Lewis
o Jim Carrey para que los descubramos como grandes actores. Y esta
fascinación se lleva hasta la película en cuestión,
en este caso, hasta el film de Sofia Coppola.
Pues
nada, a ver la película. A reír, llorar, disfrutar
de la sensibilidad y negar que sea algo aburrido e insulso, sino
un milagro cinematográfico. Una auténtica joya, un
prodigio de saber del Séptimo Arte. Ahora seguirá
la exitosa carrera de Sofia Coppola, la niña sensible de
la familia, la feminista, la que aporta una vertiente distinta de
la que da el brutote de su padre, ése que sólo filma
a mafiosos, vampiros y soldados del Vietnam. La Familia tiene un
nuevo miembro: un miembro exquisito, filoeuropeo, sensible. Acorde
con los tiempos modernos.
Manuel
de la Fuente |