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Curso
Definitivo de Economía Política
3.
La inflación, o cómo mentir a muchos durante mucho
tiempo
Una
de las tradiciones más fielmente observada por la clase política
de cualquier país que se precie (excepto en los comunistas,
donde sus dirigentes no están obligados a rendir cuentas
a los siervos de la gleba), es atribuir el demonio llamado inflación
a la perversa costumbre de los empresarios de encarecer los productos
que ponen en el mercado, para esquilmar con más ahínco
los bolsillos de los consumidores. Por supuesto esta afirmación
-como muchas otras cosas que los políticos profesionales
nos cuentan- es falsa de principio a fin. Veamos por qué.
El
dinero, amigos liberales, es un bien de consumo exactamente igual
que las berenjenas, los condones o los reproductores de DVD. La
única diferencia con el resto de bienes es que, además,
sirve como medio de intercambio comúnmente aceptado. Así
pues, las leyes de la oferta y la demanda afectan al dinero exactamente
igual que a al resto de bienes y servicios de un país. Si
se aumenta la oferta monetaria, es decir, si aumenta el dinero en
circulación, su valor disminuirá, y viceversa. Por
tanto, el fenómeno inflacionario no consiste en un aumento
injustificado de los precios de bienes y servicios, sino en una
disminución del valor adquisitivo de la moneda (ese es, en
último análisis, el precio del bien "dinero")
que hace que los ciudadanos puedan comprar menos cantidades cada
vez, lo que les provoca la ilusión de que son los precios
los que aumentan, cuando en realidad es el valor de su moneda el
que disminuye.
Aunque
el fenómeno de la inflación era ya conocido desde
la época de la
antigua Roma, hace su aparición reagravado en nuestra reciente
Historia
cuando los gobiernos abandonan el patrón oro y lo sustituyen
por papel
moneda. Desde que los políticos se apropiaron de la máquina
de hacer dinero son capaces de modificar a propia voluntad la oferta
monetaria del país, y por tanto de variar a voluntad el precio/valor
adquisitivo del dinero para financiar sus aventuras económicas
deficitarias. Esta es, amigos, la piedra filosofal que buscaban
los Príncipes de la Edad Media para poder fabricar oro a
partir de metales groseros, y que finalmente ha sido encontrada
por sus sucesores contemporáneos.
Porque
cuando la moneda se basaba en el patrón oro, la oferta monetaria
era imposible de modificar. Tan sólo el descubrimiento de
un inmenso filón de este metal hubiera podido tener algún
efecto apreciable en la moneda de los países, y eso aún
de forma limitada. Tan sólo les diré que el descubrimiento
de América y de sus yacimientos auríferos, que conmocionaron
los mercados europeos, provocó que la oferta monetaria subiera
un 30% a lo largo de 50 años. Actualmente, gracias a la manivela
de fabricar pasta, en cincuenta años la oferta aumenta en
más de 100 veces con total tranquilidad.
Pero
estamos hablando genéricamente de "la máquina
de hacer dinero" por seguir el tópico, cuando lo cierto
es que los mecanismos para incrementar la oferta de dinero son un
poco más complicados. De hecho, existen basicamente tres
sistemas para aumentar el dinero circulante, a saber:
a)
Fabricar nuevo papel moneda para financiar el déficit público,
colocándolo el propio Estado en el mercado al pagar a sus
acreedores.
b) Realización de compras de deuda pública en bolsa
con dinero fabricado al efecto. (¿No les llamaba a ustedes
la atención que durante la crisis de los 90 la bolsa iba
sin embargo como un cohete?. Pues eso.).
c) Expansión crediticia, esto es, la creación de nuevo
dinero por las entidades bancarias concediendo préstamos
gracias al llamado "coeficiente de caja".
Los
dos primeros sistemas para expansionar la oferta monetaria son bastante
burdos, y de hecho apenas si se utilizan sobre todo tras la entrada
en el Euro que ha puesto límites severos a estas políticas,
centralizando de paso las decisiones al respecto en un Banco Central
Europeo. Sin embargo, la expansión crediticia sigue viento
en popa, y nuestros bancos y cajas de ahorro siguen fabricando dinero
de la nada como si tal cosa. Veamos cómo lo hacen.
Cuando
usted abre una cuenta en un banco y deposita una cantidad, está
suscribiendo un contrato irregular de depósito. Esto es,
usted entrega para su custodia un determinado bien y el depositario
está obligado a devolverle, no ese bien preciso que usted
entregó (es decir, exactamente los billetes que físicamente
usted le dio), sino la misma cantidad de ese bien aunque sea en
unidades distintas. Sigamos con nuestro ejemplo, y consideremos
que un buen día se levanta usted emprendedor, coge la bolsa
del Pryca en la que la bruja de su suegra guarda la pasta de la
pensión y se planta en su oficina del Banco Roldán
y Cía. para abrir una flamante cuenta bancaria. Supongamos
que deposita usted 10.000 euros, por lo que en virtud de las normas
que regulan el contrato irregular de depósito usted confía
en que el Banco mete su dinero en la caja fuerte y espera pacientemente
sus instrucciones para realizar pagos por su cuenta o a que necesite
cualquier cantidad para hacerle entrega de ella y seguir guardando
el resto. Por supuesto, esto no es así. De sus 10.000 euros,
el Banco realmente sólo mete en la caja fuerte apenas un
10%. Los otros 9.000 euros los emplea para prestarlos a sus clientes
cobrándoles el correspondiente interés, creando por
lo tanto la misma cantidad de dinero "ex nihilo". Tan
cierto es que usted tiene 10.000 euros que son suyos y sólo
suyos, como que el prestatario tiene ahora 9.000 en su cuenta para
poder gastarlos en bienes de consumo o en inversiones. Es decir,
el banco convierte su depósito de 10.000 euros en 19.000,
como quien dice, por toda la jeta.
Este
aumento de la oferta monetaria que no tiene como origen un aumento
igual del ahorro privado es lo que crea información errónea
para los actores económicos que inician proyectos e inversiones
más o menos arriesgados hasta que la situación se
torna irreversible y se ven obligados a cancelarlos iniciándose
la conocida espiral de crisis económica, depresión
y paro.
Nuestros
escolásticos del Siglo de Oro ya advertían a los Príncipes
del enorme pecado que constituia prostituir la moneda, justificando
incluso el regicidio en esos casos pues consideraban que ningún
otro delito real era tan grave como esquilmar la riqueza de los
pobres por esa vía infame. Pero sus opiniones acerca de la
injustificable temeridad de los coeficientes de caja (periódicamente,
"banqueros emprendedores" de Sevilla en la época
del descubrimiento se suicidaban al fracasar sus negocios ultramarinos
realizados con depósitos de los clientes y no poder devolvérselos)
y sobre el comercio en general son pecata minuta si los comparamos
con la novísima doctrina económica de los defensores
de los pobres en su batalla doctrinal contra la globalización
criminal que asola el planeta.
Pero
este desafío teórico exige un tratamiento "in
extenso", así que no se pierdan nuestro próximo
capítulo: "La globalización y Chiquito de la
Calzada, dos grandes incomprendidos."
Pablo
Capítulo
cuatro: la globalización y Chiquito de la Calzada |