|
Curso
Definitivo de Economía Política
2.
Socialismo: el opio del pueblo
El
principal objetivo de los políticos es, como todos ustedes
saben, alcanzar el poder y una vez allí mantenerse en el
mismo. Para ello resulta muy útil el uso sistemático
del socialismo en sus distintos grados, de forma que su influencia
en la cosmovisión de los ciudadanos les haga admitir que
la mayoría de políticas llevadas a cabo por el Estado
con los impuestos que religiosamente les son extraídos, son
absolutamente necesarias para su bienestar y aun para su supervivencia.
Ello hace que después de más de un siglo de intervencionismo
público "en vena", el Estado sea considerado en
general como un ente magnánimo y omniscente, y no como un
elemento sospechoso de provocar severos desequilibrios e injusticias
debido a sus excesos habituales, con mayor motivo si tenemos en
cuenta que la intervención estatal es llevada a cabo por
una de las subespecies seguramente más limitadas del género
humano: el político.
Desaparecido
por el sumidero de la Historia el llamado socialismo real, el socialismo
democrático (gracias, Lasalle, gracias Alemania) abandonó
el objetivo de socializar los medios de producción pasando
a centrar sus esfuerzos en el ejercicio de la agresión sistemática,
especialmente en el área fiscal, con el deseo de igualar
los resultados del proceso social, injusto a todas luces. La diferencia
entre el estado socialdemócrata, es decir, los estados democráticos
de corte occidental, con el socialismo real es por tanto meramente
una cuestión de grado. De hecho, la amplitud e intensidad
de la coacción institucional del estado socialdemócrata
es muy elevada, tanto en lo que se refiere al número de áreas
afectadas como al grado de coacción empleado. Sin embargo,
dado que los fines que se pretenden con esta coacción son
esencialmente nobles y la estructura política que los ampara
es de carácter democrático, todos tendemos a creer
la ficción de que cualquier grado de intervención
estatal está plenamente justificada. Además, el hecho
de que al margen de los útimos reductos del paraíso
marxista no exista otro modelo social comparativo, aumenta el efecto
narcótico del modelo socialdemócrata, impidiendo de
raiz las corrientes que, en otras circunstancias, insistirían
en su reforma y aún su desmantelamiento.
Verán
ustedes que no hemos hablado en lo que llevamos de curso de los
conceptos de izquierda y derecha para diseccionar el corpus de la
economía política dado que nuestro plano de estudio,
como ya habrán notado, trasciende el terreno de la política,
llamémosla, cotidiana, en el que se imbrican ambas denominaciones.
De hecho, si agudizamos nuestra visión del intervencionismo
estatal podemos encontrar sin dificultad un socialismo de derechas,
que podríamos definir como aquél que utiliza la agresión
institucional para mantener los privilegios alcanzados por determinados
grupos de personas, impidiendo que el libre ejercicio de la función
empresarial trastoque ese esquema social preestablecido. Su Excelencia
el anterior Jefe del Estado sabía mucho de esto, aunque somos
tan exquisitos que no caeremos en la fácil tentación
de hablar mal de él, sobre todo porque podrían molestarse
sus miles de herederos políticos que son los que ahora dirigen
nuestro sistema económico desde los consejos de administración
de las mayores empresas del país.
Hemos
visto el poder narcotizante de la diabólica doctrina socialdemócrata
(¿no?), pero es que además, como cualquier opiáceo,
el socialismo produce adicción haciendo que sus víctimas
no sólo admitan un nivel cada vez más elevado de dosis
intervencionista como medio para corregir las desviaciones sociales
(producidas en su mayor parte por el propio sistema) e imposibilitando,
con esta dependencia, que vuelvan a imponerse hábitos y comportamientos
pautados basados en la libre acción humana, sino que incluso,
en sus últimos estadios consiguen convencer a los ciudadanos
de la existencia real de conceptos absurdos como, por ejemplo, la
inflación. Que no salga de aquí, pero deben ir sabiendo
que la inflación, tal y como la define el político
no existe. Esperen a nuestro próximo capítulo y se
lo demostraremos (con dos cojones).
Pablo
Capítulo
tres: la inflación, o cómo mentir a muchos durante
mucho tiempo
|