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Curso Definitivo de Economía Política

1. La acción humana

 

La acción humana es el título de la obra magna de Ludwig von Mises, uno de los padres del pensamiento liberal. Mil y pico páginas de densa teoría económica (una lectura ligerita para el verano, como ven) que sin embargo atesora una importancia capital para comprender adecuadamente los procesos sociales que son objeto de estudio por la ciencia económica. Nosotros no solamente nos la hemos leído de cabo a rabo (después de esta hazaña casi estamos por atrevernos con cualquier novela de Antonio Gala, del que jamás hemos conseguido leer más de diez páginas seguidas), sino que además, por su importancia teórica y relativa sencillez, nos va a servir de base para ir avanzando en nuestro breve curso de economía política.

El ser humano, amigos, posee una facultad innata que le permite actuar subjetivamente para alcanzar determinados fines u objetivos, usando para ello los medios que, también subjetivamente, considera apropiados para ello. Estos objetivos tienen para el actor un valor determinado, que a él particularmente le parece superior al coste en el que piensa incurrir (el coste es, a nuestros efectos, el valor de los objetivos a los que se renuncia por seguir un curso de acción dado). El actor espera, de esta forma, obtener un beneficio empresarial con su acción. Y quede claro que no estamos hablando de beneficio económico (todavía). Por ejemplo, si me pongo a leer el libro de Mises y renuncio a ver el episodio semanal de Hotel Glam, es porque la lectura del libro de Mises tiene un valor para mí superior al visionado de las apasionantes aventuras del elenco de retrasados que aparecen en ese programa en concreto, con lo que obtengo en consecuencia el beneficio empresarial correspondiente.

Pero la "empresarialidad" no se reduce a la puesta en práctica de conductas individuales que afectan unicamente al propio actor, sino que permite al ser humano descubrir y aprovechar oportunidades de ganancia que constantemente aparecen en su entorno. Veamos otro ejemplo:

- Gayola tiene un determinado recurso en exceso que no utiliza para nada y que por tanto acabará desechando.
- Pocholo necesitaría precisamente ese recurso para alcanzar sus fines.
- Jesús se da cuenta de la descoordinación existente, así que compra a Gayola su exceso de recurso por 10 (la tía da saltos de alegría aún a riesgo de dañar sus prótesis, puesto que le pagan por algo que no pensaba aprovechar) y después lo entrega a Pocholo por 15, quien le abona su importe (en dinero o especie) con lágrimas de agradecimiento puesto que no tenía forma de alcanzar un determinado objetivo y ahora sí. Por tanto, el ejercicio de la función empresarial por parte de Jesús le ha reportado un beneficio de 5. Hablamos por tanto de un beneficio que en realidad surge de la nada. De hecho Jesús no disponía de recurso alguno, habiendo obtenido su ganancia sólo por ejercer correctamente la función empresarial y tener la perspicacia suficiente para detectar esa descoordinación social concreta.

Lo mismo sucede cuando un trabajador decide cambiar de trabajo, o un empresario lanzar un nuevo producto. Si se equivocan tendrán pérdidas. Si por el contrario han interpretado correctamente las señales del entorno obtendrán el consiguiente beneficio.

En realidad ambos ejemplos son muy elementales, pero lo que intentamos señalar con ellos es que la función empresarial es una cualidad innata del ser humano, y que la misma surge y se perfecciona únicamente en contextos en los que los actores se ven libres de trabas insitucionales que impidan el ejercicio de esa facultad. Por eso seremos a partir de ahora extraordinariamente críticos con el dogma socialista, que penaliza institucionalmente el ejercicio de esta facultad humana sustituyéndola por una autoridad central que es infinitamente menos eficiente para satisfacer necesidades individuales que el mercado, entendido éste como proceso a través del cual actúa la función empresarial. Y ello es así porque cada hombre tiene unicamente una fracción infinitesimal del volumen global de información sobre fines y medios que constantemente emite un grupo humano, aunque paradójicamente ese "bit" de información sólo lo tiene él. Por tanto, la información sobre las necesidades y anhelos de los seres humanos no está "dada", como presumen los modelos estáticos o de equilibro en los que encuentran su origen las doctrinas próximas al socialismo, sino que se encuentra diseminada en la mente de todos y cada uno de los seres humanos que intervienen en los procesos sociales. En definitiva, vemos que la función empresarial no consiste en la utilización de medios escasos susceptibles de usos alternativos para la satisfacción de necesidades como torpemente afirma Robbins, presuponiendo que tanto los medios como los fines son conocidos y que por tanto el problema económico se reduce a una mera cuestión técnica de maximización o de equilibro matemático. Por el contrario, más que asignar medios dados a fines también dados, lo que hace el ser humano es buscar constantemente nuevos fines, usando su imaginación y su propia experiencia para crear paso a paso un futuro que no existe y que por tanto no puede ser conocido. Todo ello, naturalmente, siempre que el intervencionismo estatal y el entusiasmo de los políticos por el uso de la coacción institucional se lo permita, de todo lo cual hablaremos en el próximo capítulo de nuestro curso.

Pablo

Capítulo dos: Socialismo, el opio del pueblo