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Das deutsche Europa, de Ulrich Beck (o, más bien, «El carajal del euro»)

Mientras se sucedían estos días las noticias sobre el penúltimo drama europeo asociado a la famosa crisis chipriota [1] con sus corralitos, las quitas a depósitos y propuestas directamente míticas como la del gobierno de Chipre de usar los fondos de pensiones para pagar su parte del rescate bancario, he estado leyendo el libro que Ulrich Beck ha publicado como manifiesto de europtimismo de raíz ilustrada y germánica con el título de Das deutsche Europa [2] (hay traducción al español [3], pero curiosamente, según creo, no al francés, por ejemplo, lo que da una idea más o menos nítida de que en España estamos más obsesivamente preocupados que otros europeos de lo que piensan los alemanes sobre Europa, algo que en este caso demuestra que tenemos más interiorizado que ellos de qué va esto, la verdad).

El libro, que es breve y se lee rápido, resulta interesante, pero sólo hasta cierto punto. Porque no deja de reflejar una visión muy optimista y acrítica sobre lo que debería ser la Unión Europea (algo más federal, más de los ciudadanos, más poderosa, más unida, más cohesionada, más bonita), sin que se atisbe apenas una objeción estructural a esta idea de fondo, por mucho que se detenga por menudo en las dificultades a las que en la actualidad se enfrenta el proceso de construcción europea. Sí resulta, en cambio, muy atractivo como ejemplo, precisamente, de cómo están viendo y analizando las cosas desde Centroeuropa (sector intelectual demócrata, liberal en sentido cívico pero partidario de acción estatal, pro-Europa). Y tiene, además, el mérito de reflejar de manera clara los enormes problemas estructurales que en estos momentos aquejan a la idea de una Europa unida, sin engañarse sobre la profundidad de las dificultades, que disecciona con gracia analítica, pues Beck es un tipo sin duda muy listo y que entiende las cosas que pasan a su alrededor, tanto las de trazo grueso como las de lluvia fina.

Precisamente por eso maravilla un poco que su análisis, que en lo sustancial es más o menos muy compartible (esto acaba bien con la UE y el euro destrozados o bien con una enorme centralización del poder europeo en una estructura mucho más federal que la que tenemos ahora), trasluzca con tanta claridad, en el fondo, la convicción de que el follón, más o menos, está llamado a ser arreglado. Que puede que así sea y que no resulte tan descabellado pensarlo, pero yo, la verdad, no daría por hecho que la otra alternativa (una UE que ya no sería reconocible, con menos países funcionando de verdad como tales, y con una moneda más selecta que nada tendría que ver con el euro; o incluso una desmembración mayor si cabe) sea enteramente descartable. Será quizás por ser español, dado que desde aquí las dificultades se ven de manera diferente (y quizás como consecuencia de que en muchas de las alternativas que una «geometría variable» puede ofrecer y que quizás desde Alemania podrían llegar a ser vividas como un «éxito de la UE» en este flanco mediterráneo pudieran significar todo lo contrario). Para Beck, en cambio, la clave reside en que, citando a Hölderlin «Wo aber Gefahr ist, wächst das Rettende auch«. Y sin negar que es cierto que en la historia de la Unión Europea no pocas veces esa idea de que los grandes riesgos, los peligros que pueden hacer descarrilar el sueño europeo, son justamente los que impelen al avance y obligan al compromiso sobre compromiso que es la historia de la construcción europea, todo tiene en esta vida (o puede tenerlo) un final. En todo caso, los análisis de Beck en esta línea también forman parte del credo oficial de los europeístas conscientes. En España, por ejemplo, alguien informado y que sabe de esto como Nacho Torreblanca publicaba ayer mismo un comentario [4] que va en esta misma línea.

En todo caso, el libro de Beck merece ser leído, porque más allá de esa parte más tópica donde habla de que justamente lo que puede destruir Europa es lo que la acabará teniendo que unir, o de la un poco forzada pretensión de aplicar a esta cuestión política algunas de sus enseñanzas sobre cómo funciona la sociedad moderna (que él considera esencialmente categorizada a partir de su relación con los riesgos y de cómo reacciona ante ellos), ofrece una descripción realista de la situación en la que estamos, de la desconexión entre elites y ciudadanos, de las diferencias entre países que generan tensiones cuyo origen estructural y económico no puede ser obviado. Y lo hace con realismo, a diferencia de lo que es demasiado habitual por ahí. Asumiendo, además, que más allá de lo económico la crisis del proyecto europeo es una crisis que no es esencial ni fundamentalmente de deuda o de dinero, sino política y social. Porque decidir sobre cómo se reparten costes, trabajo y cargas, con qué objeto se reparten y afrontan conjuntamente y quién toma estas decisiones no es, en contra de lo que pueda parecer a algunos, algo que tenga que ver con la economía sino con la política. Es más, pocas cuestiones son tan intrísecamente políticas como ésta. O ninguna.

Beck asume con naturalidad, como debe ser, que la vida es como es, que este invento está conformado como está conformado y que las cosas avanzan o no a partir de una composición compleja de voluntades nacionales donde hay una tendencia natural al egoísmo, ya sea provechando burbujas de ladrillo, agujeros para montar una banca em>off-shore, desajustes fiscales o mercados para tus productos. Pero también desde ese punto de vista egoísta, cree, hay un momento en que la gestión de riegos obligará a dar ciertos pasos. Porque, como dice Beck, o eso o el cataclismo. O Nietszche o Hegel. Y nos quedamos con Hegel. Una explicación más técnica y hermosa que la que yo en su día traté de dar, hace ya tiempo, sin dibujar la historia como una ridícula aventura de buenos conta malos, de alemanes imperialistas contra los pobres sureños, o de ahorradores probos contra manirrotos irresponsables, cuando hablaba de que, en el fondo, esto se resolverá (o no) y se resolverá de un modo u otro dependiendo de cómo la sociedad, y sobre todo las elites, alemanas den respuesta al «dilema alemán» que la actual situación les ha puesto sobre la mesa [5]. Porque sí es cierto, como también cuenta Beck, que esta crisis, de manera paulatina y casi involuntaria, ha enfrentado a los alemanes a una situación de liderazgo en Europa que incluso lingüísticamente tienen dificultades para expresar (por eso de que los liderazgos, en alemán, han devenido impronunciables).

Beck explica muy bien cómo esta situación, de la misma manera que ha dado más poder a algunos, está restándoselo a otros. Algo muy importante, tanto dentro de la Unión Europea como del euro. No es lo mismo ser acreedor que deudor y, previsiblemente, ya no volverá a serlo nunca (lo que, por otra parte, no deja de ser lógico y la restauración de una situación hasta cierto punto anómala). Pero tampoco es lo mismo estar dentro del euro o fuera, como ha empezado a descubrir (con mucho desagrado) el Reino Unido. Estar fuera del euro es no participar a día de hoy en cosas como la de Chipre, pero eso en realidad implica que ya no estás participando en la toma de las decisiones esenciales. La dinámica, en estos términos, está lanzada hacia una disyuntiva donde los ingleses tendrán que decidir si les compensa o no estar en esas condiciones en la Unión, que puede que sí. Pero mientras no estén también en el euro lo que está claro es que pintarán cada vez menos. Algo que no sólo perciben ellos, como las sucesivas y aparentemente increíbles entradas de nuevos países en la moneda única que están sucediéndose y están por venir (¿Polonia?) parecen indicar.

En todo este contexto, Beck ha definido la política de Merkel y de Alemania como «merkevélica», en lo que ha sido la parte de su libro más comentada, exponiendo que las dudas, los titubeos, los dos pasos para adelante y uno para atrás, el aparentar no saber qué hacer… cumplen su función como nuevo modelo de liderazgo en este contexto complejo, antes de que sea posible la maduración de un nuevo pacto social, de matriz, cómo no, rousseauniana que dotara de nueva identidad a una Unión Europa donde fuera posible más justicia social, más democracia, más participación, más Europa de los ciudadanos… En el ínterin, explica, sólo un liderazgo así es capaz de vencer los obstáculos, aunque sea siempre in extremis y al borde del precipicio, porque otra cosa no sería aceptada por muchos, por la mayoría, de los socios europeos. En todo caso, estas dudas responden también a la propia perplejidad de una Alemania que no tiene nada claro qué papel jugar y cómo querer jugarlo, lo que abundaría en esa idea de que tarde o temprano veremos una «primavera europea» que nos llevará a un nuevo estadio de integración. Y es que nadie, y menos que nadie Alemania, desea una Europa dónde al fin haya un teléfono al que llamar para resolver un problema pero que ese problema sea siempre el de un canciller alemán al que eligen sólo sus conciudadanos y por suestiones, lógicamente, más internas que externas.

Obviamente, no parece que ese «merkevialismo» sea una táctica seguida voluntariamente por Merkel, el gobierno alemán y las instituciones financieras y elites políticas de centroeuropa (aunque tampoco tengo claro que Beck así lo vea), sino más bien, a mi juicio, el resultado de una sucesión de causas y circunstancias que, y en eso coincido plenamente con él, tampoco dejan mucho más margen de actuación. Ese merkevialismo, que como digo es más consecuencia inevitable de las condiciones en que se mueve a día de hoy la realidad de ejercicio del poder en Europa (que la crisis chipriota simboliza muy bien, porque ni Merkel ni la UE pueden contener o impedir una lavadora de dinero en un país del euro salvo, más o menos, si el chiringuito de viene abajo y amenaza con llevarse muchas cosas por delante) puede ser un ejemplo de hacer de la necesidad virtud, pero no debemos olvidar que en el fondo es eso: pura y simple necesidad.

Por esta razón es tan difícil de desentrañar la compleja madeja política y económica en que está Europa. Porque no es que quienes más poder tienen, que son los alemanes, quieran gestionar esto así y lo estén llevando por ese hegeliano camino de ir uniendo a base de sustos, de dudas y de intervenciones de última hora que salvan los muebles in extremis. Es que, salvo que decidan poner sobre la mesa un cheque casi sin fondos que pagarían, claro, los ciudadanos alemanes y su entorno casi en exclusiva, y además gustosos, a cambio de esa gran hegemonía europea (y a ningún actor racional se le puede pedir algo así) no tienen otra alternativa. Y así vamos, y así va esta Unión Europea, con riesgos y peligros que, por muy germen de la solución que puedan ser, no dejan de ser riesgos y peligros. Con todo lo que ello implica. Entre otras cosas que cualquier día el invento descarrila. Porque todos los grandes batacazos llegan cuando llegan, con independencia de que muchas veces previamente te hayas salvado en el borde del precipicio varias veces. Haberte librado antes no garantiza que siempre sea así. Y claro, estar en el borde del precipicio demasiadas veces como que no ayuda mucho a minimizar los riesgo de un batacazo colosal.

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Comments Disabled To "Das deutsche Europa, de Ulrich Beck (o, más bien, «El carajal del euro»)"

#1 Comment By Guerau On 25 marzo 2013 @ 1:01 pm

Casualmente hace unas semanas que he comprado la versión original del libro pero sólo lo he hojeado. Voy a a aprovechar esta semana santa para leerlo con detenimiento.

#2 Comment By Johnnie On 27 marzo 2013 @ 3:07 pm

Hola Andrés,

La verdad eso de que lo que no te mata te hace más fuerte tiene un punto de épico y otro de fatalista que se refuerzan y hacen pensar que quizás un día nos levantemos y digamos «pues sólo queda la solución» y la tomemos y santas pascuas. Como si Hari Seldon hubiera trazado un plan psicohistórico hace un par de milenios y estuviéramos siguiendolo hasta la última coma.

Por otra parte las otras opciones se parecen tanto a tirarse al vacío que difícilmente creemos que alguien las pueda tomar, cosas como salir del euro o cerrar un gobierno por impago.

El peligro es que cada vez que nos acercamos al abismo y tomamos una nueva decisión salvadora no sabemos si nos estamos acercando más a la mítica solución o a tirarnos definitivamente. Porque el quid es si uno puede salir de la moneda única «como quien no quiere la cosa», sin dramas, sin reuniones de El Supergrupo (perdón, eurogrupo) hasta las 8 de la tarde del día siguiente y sin masas de manifestantes reclamando sus derechos.

Bueno, lo de las masas de manifestantes quizás sí que sea inevitable. Lo otro, no:

[6]

Saludos,

PD: a todo esto yo venía a pedirte que nos ilustraras sobre el nuevo tomo de Juego de Tronos: Choque de Jueces.

#3 Comment By Andrés Boix Palop On 27 marzo 2013 @ 5:05 pm

1. Pues si.
2. El choque de jueces se explica por sí mismo, dado que esto es España. Lo hablaba con T. Yoldi por Twitter el otro día y ambos mas ó menos coincidíamos en una cuestión esencial: va a dar bastante igual quién de los dos se quede, a la postre, el caso porque ambos son jueces suficientemente competentes y suficientemente independientes como para hacer un buen trabajo (a pesar de los alaridos y obsesiones de uno y otro bando). Por lo demás, sobre el fondo del conflicto jurídico, Yoldi lo ha analizado en su blog (El último recurso). En cuanto a cómo tomarnos desde fuera el tema, pues con española filosofía ante cómo es este país, un lugar donde los que más han defendido que esto demostraba financiación irregular y conexión con cosas como Gurtel han sido los que ahora clamaban por la inexistencia de conexión a efectos de competencia judicial y, a su vez, los que decían que los papeles no eran nada ni estaban relacionados con nada turbio ahora, de repente, tienen claro que con Gürtel si´esta´n íntimamente relacionados. País.

#4 Comment By asertus On 28 marzo 2013 @ 9:16 pm

Es curioso que desde el punto de vista Europeo el federalismo (como en USA), y significa más centralización del poder en lo que llamamos «Bruselas», donde mandan los alemanes a través de portavoces franceses, y que es «lo bueno», mientras que en España federalismo se utiliza para hablar de la descentralización y y quitarle el poder a lo que se llama «Madrid» (donde mandan políticos andaluces, gallegos, de Valladolid-León), etc.., y que es Mordor…

#5 Comment By Andrés Boix Palop On 29 marzo 2013 @ 7:36 am

De hecho, asertus, la función ordinaria de crear estructuras federales es justamente ésa, unir.

#6 Pingback By La devaluación interna mola, ¿verdad? « La Página Definitiva On 16 mayo 2013 @ 10:43 am

[…] euro, con sus pasitos atrás y adelante, con sus dudas, titubeos y acciones de última hora, vamos, lo que Ulrich Beck ha llamado el “merkievalismo”, está funcionando increíblemente bien. Que a estas alturas no haya habido ninguna baja en la zona […]